LLUVIA DE PARAGUAS (MICRORRELATO)

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LLUVIA DE PARAGUAS (MICRORRELATO)

Perico Cortina trabajaba de lavaplatos en la cocina del restaurante Portillo. De la aislada chabola donde vivía, hasta su lugar de trabajo y viceversa le significaban tres cuarto de hora andando a buen paso.

Cierta noche, terminada su jornada laboral caminaba él hacía su mísera morada cundo comenzó a llover torrencialmente. Enrabietado por este hecho y totalmente empapado gritó con todas sus fuerzas:

—¡Dios, si de verdad existes, tírame un paraguas para que yo pueda protegerme de esta salvaje lluvia que has soltado!

Aún flotaba en el aire el eco de la última palabra salida de su boca, que del cielo dejó de caer agua y enseguida cayeron paraguas abiertos.

Saliendo rápidamente de su asombro, Perico los fue cerrando y amontonando. Cuando terminó de cerrar el último de estos artilugios protectores, los contó. La suma total de ellos ascendía a 365.

El humilde lavaplatos elevó la mirada a lo alto y enormemente agradecido dijo:

—Infinitas gracias por tu demostración de piedad, Señor. He entendido tu divino mensaje: me has regalado un paraguas para cada día del año. ¿Puedes ahora hacerme otro inmenso favor y enviármelos a mi casa, pues abultan y pesan tanto que yo no puedo hacerlo?

Inmediatamente, sonó un aterrador trueno y el montón de paraguas desapareció. Perico, consternado, entendió que su demanda había enojado al Todopoderoso y que los paraguas, igual que se los había dado, se los había quitado.

Cabizbajo, apesadumbrado y arrepentido de su evidente actitud abusadora regresó al mísero hogar que él se había construido con algunos palos, maderos y un buen trozo de uralita por tejado, y se llevó la maravillosa sorpresa de encontrar allí todos aquellos paraguas muy bien amontonados.

Perico me contó esta extraordinaria historia una tarde con lluvia en la que ambos tomábamos café en la barra de un bar. Él y yo nos conocíamos de ejercer ambos la labor de friegaplatos en dos restaurantes diferentes.

Cuando terminamos las infusiones, yo decidí quedarme a escuchar las noticias en el televisor que había en aquel local.

—Siempre dicen la misma mierda: Lo bien que lo hace el gobierno actual, lo mal que lo harían otros gobernantes diferentes, desgracias y el tiempo que hace y hará los próximos días.  Hasta mañana —se despidió él.

—Hasta mañana —le respondí yo.

No me extrañó verle coger un bonito paraguas de mujer, pues supuse que la lluvia de ellos que según su relato le había caído encima, los habría para ambos sexos.

Había comenzado la sección de deportes en el televisor cuando escuché exclamar, muy indignada, a una señora parada junto al paragüero:

—¡Maldición, alguien se ha llevado mi paraguas!

—¿Cómo era? —le preguntó un curioso.

—Amarillo y con mariposas azules.  

—Seguro que se lo llevo alguien equivocadamente y pronto lo devolverá —trató de tranquilizarla el camarero

La mujer, que seguramente era religiosa, dijo manteniéndose disgustada:

—Dios te oiga..., si no anda demasiado lejos.

Y la dama se marchó con un caballero de ojos calenturientos que le ofreció cobijo en el paraguas suyo.

El locutor de los deportes había terminado su programa. Afuera del local seguía lloviendo a mares. Cogí un paraguas del paragüero, lo abrí y él me resguardó del terrible aguacero que seguía cayendo.

Fue al llegar a mi chabola que me di cuenta de que el paraguas que me había protegido todo el tiempo de la lluvia no era mío, pues yo ninguno tenía cuando entré en aquel bar a tomar café.

Pasé muy mala noche. Muy mala noche debido a la angustiante preocupación que me embargaba. Preocupación realmente seria de que se me hubiese podido contagiar la cleptomanía de Perico Cortina. (Copyright Andrés Fornells)

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