Hubo una vez un hombre que se burlaba de las cosas que eran primordiales para muchos otros de sus semejantes, por considerar que él podía prescindir de ellas. Entre las cosas que él consideraba prescindibles estaba el amor. El amor lo consideraba un tipo de esclavitud, a la que se
Florencio Izquierdo estaba enamorado. No era la mejor época del año para estarlo, especialmente porque según las estadísticas estaban sufriendo el invierno más frío de los últimos veinte años. La joven de la que Florentino se había enamorado se llamaba Almudena Lomas, que además de ser dueña de un cuerpo
Iba ya para once años que su esposo la había abandonado e ido a vivir con un primo suyo. La mortificación por la que ella tuvo que pasar cuando familiares, amigos y conocidos supieron de este humillante hecho, hizo tan desgraciada a Leocadia, que muchas noches, en sus sueños, se
Quédate conmigo. No te vayas. Por favor. Te lo suplico… Dales un poco más de tiempo a mis cansados sentimientos para que reparen los deterioros que pudieron hacerle a la casa de la dicha que un día, exultantes de ilusión, de pasión, de amor, construimos entre los dos. Quédate conmigo.