UN HOMBRE Y UN CERDO MATEMÁTICO (RELATO)

UN HOMBRE Y UN CERDO MATEMÁTICO (RELATO)

Mi vecina la señora Encarna estaba resfriada y me pidió que sacara su perrita Lucrecia a pasear. Lucrecia es una perrita muy inteligente. Cuando quiere hacer caca se detiene, te mira con ojos pedigüeños y espera a que le digas donde puede hacer sus necesidades. La llevas donde te parece mejor para que no moleste a nadie y le dices:

—Aquí y hora puedes aliviarte.

Lucrecia hace lo suyo. Cuando soy yo el que está con ella y me indica tiene necesidad de evacuar, le indico donde puede y luego recojo con un guante su deposición, la pongo dentro de una bolsa y con pulcritud ciudadana lo tiro todo dentro de un contenedor de basura. Luego, Lucrecia y yo continuamos nuestro paseo, ella moviendo contenta su rabo, yo moviendo la lengua dentro de mi boca por si encuentro algún granito de la rica mermelada de fresa de mi desayuno.

Esta mañana en mi paseo por el parque descubrí a un hombre que llevaba un cerdo con él. Un cerdo blanco amarrado y tirando de él lo mismo que Lucrecia tiraba de mí. Yo miré a ese hombre, él me miró a mí, nos detuvimos, cambiamos sonrisas, y yo le dije:

—No es la cosa más normal del mundo tener un cerdo de mascota.

Él puso cara de sabio Salomón y reconoció:

—Cierto, y eso es debido a que la gran mayoría de la gente solo piensa en los cerdos para comérselos, y desconoce lo muy inteligentes y sensibles que son, el afecto tan sincero que le tienen a su dueño y lo bien dotados que están para resolver problemas matemáticos. Por ejemplo, este compañero mío que he sacado a pasear, sabe sumar perfectamente

—Oiga, está usted de broma, ¿no? —pensando yo, que era así.

—No me cree, ¿eh?

—Bueno, perdone usted, pero es que me resulta difícil creerlo.

—Pues voy a maravillarlo ahora mismo. Présteme usted su atención.

Se la presté por completo.

Estábamos en una zona en que el suelo era de tierra. Él cogió un palo, hizo dos rayas, las separó con el signo de sumar y dirigiéndose a su cerdo que, con el hocico levantado para oler mejor, él sabría qué estaba oliendo, y nos observaba con ojos de aburrimiento, y le preguntó:

Sócrates, ¿cuánto son dos y dos?

Inmediatamente, el cerdo con sus pezuñas realizado cuatro líneas. Cuando el asombro le devolvió la movilidad a mi boca, le pregunté yo a aquel hombre ufano, para molestarlo, pues yo los mejores tratos que he tenido con cerdos han sido siempre, comerme sus jamones, le pregunté:

—¿Cuánto quiere usted por él, por su cerdo matemático? Podría interesarme comprárselo para exhibir su talento en un circo.

Él me dirigió una mirada de auténtico enfado y respondió tajante:

—Yo no se lo vendería ni por todo el oro del mundo. Quiero a Sócrates como si él fuese un hijo mío.

Y se marchó extraordinariamente enojado conmigo. Les seguí con mirada socarrona, al hombre y a su acompañante que me mostraba su trasero adornado con un rabo en forma de círculo, y me eché una risa yo solo.

Una risa malvada porque acababa de ocurrírseme que existía, rabo aparte, un gran parecido entre aquel hombre y su cochino.

(Copyright Andrés Fornells)