MATEMATICAS Y CHICAS DESCARADAS (MICRORRELATO)
Mi hermano Fermín siempre fue un chico muy tímido e introvertido. Nunca nos comunicaba sus pensamientos, ni sus aspiraciones, ni sus planes futuros. A nuestro modo de entender, entre sus rarezas estaba una especial pasión suya por las matemáticas.
Gracias a él, yo conocí la existencia de la conjetura de Collatz y de Thwaites, el algoritmo de Hasse y el problema de Siracusa.
Fermín llevaba siempre en el bolsillo de su arrugada chaqueta, un pequeño bloc y un bolígrafo y, en cualquier momento lo llenaba de números, ecuaciones y símbolos matemáticos. Un día me mostró diez páginas llenas de cifras y me dijo:
—¿Ves todo esto? Pues todo esto es un helicóptero de cuatro plazas.
Yo, que en matemáticas había aprobado mis estudios únicamente con su ayuda, me quedé mudo de admiración.
Pero no voy a hablar de momento nada más sobre su dominio de las ciencias exactas sino del verano en que Fermín sufrió un enorme bajón en su estado físico, pues, aunque madre lo forzaba a comer y él comía, cada día que pasaba estaba más delgado, más demacrado y más ojeroso.
Madre, preocupada por él, lo mismo que lo estábamos el resto de la familia, una noche me encargó seguirle y averiguar si asistía a las clases de inglés o se iba a algún otro sitio.
Lo seguí evitando que me descubriera y averigüé que no iba a que le enseñasen la lengua de Shakespeare, sino que se metía en una casa de chicas descaradas.
Lógicamente, oculto en un portal esperé a que saliera, de allí y cuando salió le eché una buena bronca. Yo nunca le había gritado ni reprendido, así que le afectó en tal medida mi reprimenda, que Fermín rompió a llorar. Compadecido de él le di un pañuelo para que secara sus lágrimas. Echamos a andar, pasamos por delante de una heladería y le compré un helado de chocolate y turrón, sus sabores favoritos.
—Y ahora prométeme que nunca volverás a entrar en esa casa de chicas descaradas —le exigí.
—Ya no me hará falta entrar más ahí —respondió él y mostrándome varias páginas de su bloc llenas de cifras me dijo:
—Esto es una chica desnuda, puedo materializarla cuando quiera.
Me dejó sin habla, sin saber si mi hermano estaba loco, me había tomado el pelo o era un genio extraordinario.
Mi hermano Fermín es, sin la menor duda, un genio extraordinario. Lleva varios meses trabajando para una compañía norteamericana que fabrica aviones. Y está inventando un avión que, para volar, no necesitará combustible, pues se alimentará del aire igual que los avioncitos de papel que creábamos y hacíamos volar cuando éramos niños.
Mamá sigue enviándole comida, pues un espía del FBI le ha comunicado que cerca de la fábrica donde está empleado mi hermano Fermín existe un club de chicas descaradas que lo seducen continuamente y él se olvida de alimentarse. O sea, que le fracasó el invento de la chica desnuda que creo, o que no le basta.
Fermín me ha invitado varias veces a reunirme con él. Quiere que le ayude visitando yo el club de chicas descaradas los días que, por estar él excesivamente atareado, no puede hacerlo, y eso es lo que yo estoy haciendo, con mucho agrado, debo confesar.
Lo malo de estas visitas a la casa de las chicas descaradas es que estoy rompiendo mi voto de castidad y que como a todo buen cristiano me preocupa lo que pueda ocurrirle a mi alma pecadora el día, espero que muy lejano en que me pidan cuentas por mis pecados.
Creo que terminaré como mi hermano Fermín convirtiéndome en mormón.
En fin, que es de tontos no preocuparse por el futuro.
Cuando mi hermano Fermín termine con éxito ese avión que se alimenta de aire, vamos a tener tanto dinero que podremos montarnos un harén de mujeres descaradas, y no tendremos que visitar a otras situadas fuera de nuestra mansión.
La pena que nos asiste a mi hermano el genio, y a mí, es lo mucho que con nuestro proceder disgustamos a nuestros púdicos y católicos progenitores.
(Copyright Andrés Fornells)