LE CAMBIARON EL NOMBRE AL GENERAL (MICRORRELATO)
Durante una revolución, el bando rebelde consiguió apresar al general Amadeo Lugones. El general Amadeo Lugones, todo el mundo conocía que era un empedernido fumador de cigarros puros. Cuando sus enemigos lograron cogerlo preso, le hicieron, para que pareciera un acto civilizado, un juicio severísimo en el que lo condenaron a muerte sin haberle permitido defenderse.
El mismo juez, que presumía de poseer una excelente voz de barítono anunció bien alto para que todo el que tuviese oídos pudiera enterarse:
—General Amadeo Lugones, por todos los crímenes de guerra cometidos, los Justicieros le condenamos a ser fusilado al amanecer. En el caso de que los disparos del pelotón no le mataran del todo, el capitán Aniceto Cordones le pegará el tiro de gracia del que, hasta el día de hoy, nadie en el mundo ha sido capaz de sobrevivir.
Al amanecer colocaron al general Amadeo Lugones en el paredón. Este gran hombre, dando muestras de un extraordinario valor el cual demostraba en el hecho de no temblarle ni tan siquiera la papada, pidió:
—No pido clemencia, porque tampoco la quiero, pero desde que se inventó la pena de muerte, a todos los reos se les ha concedido un último deseo. El último deseo mío es que me permitan fumarme un cigarro puro y, cuando yo deje caer la colilla al suelo me fusilen entonces.
El capitán Aniceto Cordones que se había ganado merecidamente el sobrenombre de “el Carnicero” por la extraordinaria crueldad que siempre les había demostrado a sus enemigos, pensó que si cedía a la pretensión de este prestigioso enemigo de tan alta graduación, en adelante podrían llamarle “el Magnánimo”, que le gustaba más, que «el Carnicero».
Así que cedió, y al general Amadeo Lugones le entregaron un cigarro puro. Y éste comenzó a fumarlo con verdadera fruición y parsimonia. Los soldados ejecutores esperaron con sus fusiles cargados a que él tirase la colilla y les diesen la orden de fusilarlo.
Pero cuando iba por la mitad del cigarro el general Amadeo Lugones realizó un rápido giro y lanzó el medio cigarro que todavía le quedaba hacia donde se encontraba el polvorín.
El medio cigarro entró por una ventana medio abierta y, al segundo siguiente, se produjo una extraordinaria explosión que lanzó por los aires, hechos pedazos, a todos cuantos se encontraban en el campamento, incluido el general Amadeo Lugones que, en su juventud había sido plusmarquista olímpico en lanzamiento de disco.
Pero no fue por este mérito que pasó a la posteridad este astuto militar, sino porque en adelante le dieron el sonoro nombre de: «el General Pum».
Nombre que pusieron sobre la tumba suya sus soldados después de recoger los pedazos de su cuerpo diseminados por el suelo y que fueron reconociendo por los restos de su uniforme y que seguramente no eran todos suyos, pues cogieron otros trozos que no llevaban pedazo alguno de tela.
(Copyright Andrés Fornells)