EL IRRESISTIBLE ENCANTO DE JULITA (RECUERDOS DIVERTIDOS) -MICRORRELATOS-

(Copyright Andrés Fornells)
Julita Minerva gozaba de un extraordinario éxito entre los chicos de nuestro instituto. Físicamente había allí varias muchachas más hermosas que ella. Pero Julita tenía una cosa maravillosa de la que sus compañeras carecían.
Julita tenía un padre pastelero y acceso a la llave de la pastelería con la que ella podía abrir este establecimiento, una vez cerrado para el público, e invitarte a comer dulces hasta que tu cuerpo te decía: basta que vas a reventar, goloso.
Julita era, además de generosa, romántica. En mi vida he escrito mayor número de poesías ni robado más flores de los jardines de los parques, ni comido más dulces, que durante esa época estudiantil.
Julita posee en la actualidad una próspera cadena de pastelerías, está hermosamente gordita, de vez en cuando nos tomamos un café juntos y nos reímos recordando aquellos añorados tiempos en los que yo le recitaba:
—“Julita, julita, por ti mi corazón palpita como una patata frita”.

“SONRISAS” ERA UN BURRO INTELIGENTE (MICRORRELATO)

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Armando Ciruelo era un campesino joven, apocado y muy trabajador. Poseía, a las afueras del pueblo un terrenito desagradecido que le exigía enorme esfuerzo sacarle algún provecho. Colaboraba con él en esta ardua tarea, un burro de pelaje gris, exageradas orejas y dientes del tamaño de fichas de dominó que, por la afición suya a enseñarlas todo el tiempo, Armando lo había bautizado con un chorro de agua de botijo, y dado el nombre de “Sonrisas”. Esta ceremonia pagana la celebraron los dos con grandes carcajadas. Hecho sacrílego que, llegado a oídos de don Ramón, el párroco, éste condenó indignado:
—¡A saber cual de esos dos es más asno!
Todos los días, cuando el sol despertaba, amo y jumento se encontraban ya faenando. Y cuando el sol se acostaba del otro lado de la serranía, rucio y dueño regresaban a casa. Como Armando tenía mucha confianza con el animal le hacía confidencias que a ningún humano le habría hecho:
—Todas las noches me siento muy solo a partir del momento que te he dejado en la cuadra. Necesito meter una hembra en mi vida. La cabeza y todo el cuerpo me lo piden desesperadamente. Pero soy tan corto y tan torpe, que jamás tendré el valor suficiente para decírselo a ninguna.
“Sonrisas”, como si le entendiese, movía gravemente la cabeza al tiempo que sus grandes ojos inteligentes le dirigían miradas compasivas.
Todos los días, estos dos colaboradores, volviendo a casa, pasaban por delante de la granja de los Calderas. Los propietarios de esta prospera hacienda habían tenido cinco hijas. Cuatro de ellas las tenían casadas. La hija que permanecía aún soltera se llamaba Carmelita. Carmelita era una joven de carnes opulentas, con dos melocotones por mejillas y un par de ojos vivos, pícaros y siempre chispeantes de alegría.
Cuando Armando y “Sonrisas” se la encontraban recogiendo el ganado, dando ella varazos a las reses que se hacían las remolonas, el joven labriego le pedía a su asno, acariciándole el lomo:
—Despacito, “Sonrisas”, despacito. Que esa moza me gusta tanto que con su cercanía me suelta truenos el corazón. Dame el máximo de tiempo para poder gozar contemplándola.
El animal soltaba un cantarín rebuzno para que la joven granjera se enterase de su presencia. Habitualmente ella se volvía a mirarlos y agitaba amistosamente un brazo. Ademán que el rústico le devolvía también con el brazo y su pollino enseñando la notable dentadura.
Y cuando la perdían a la chica de vista, el campesino le decía al jumento:
—Si no fuera yo tan torpe y vergonzoso, un día le pediría a esa moza relaciones. Hay noches en las que no puedo dormir pensando en ella y, a veces me figuro que es ella mi almohada y la cubro de besos.
—¡Hiaaa, hiaaa! —le respondía el cuadrúpedo.
Un atardecer, Armando caminaba llevando a su burro cogido del ronzal pues cargaba éste con dos enormes sacos de patatas. Al pasar por delante del cortijo de los Calderas encontraron a Carmelita al pie del camino gritando a una vaca entrada en rebeldía:
—¡Tira para adelante, vaca loca, que se nos viene la noche encima!
Armando y su burro se hallaba a menos de cuatro metros de donde Carmelita se hallaba. Y entonces “Sonrisas” le dio con la cabeza un fuerte empellón a su dueño. Éste no pudo evitar dar un traspiés y precipitarse encima de la joven. Los dos cayeron al suelo, él encima de ella que contestó a las disculpas de él, sin hacer caso de las mismas:
—Bueno, ya era hora de que decidieras demostrarme que yo te gusto.
Armando estuvo a punto de meter la pata continuando con sus disculpas, cuando escuchó el furioso rebuznar de “Sonrisas” y mirando con embeleso a la moza le dijo:
—Carmelita, me gustas una burrada.
—Demuéstramelo —picarona ella.
—¿Cómo? —aturrullado él.
—Pues dándome un beso bien apretado.
Engolosinado, él no le dio un solo sino ciento.
Hubo boda entre ellos dos, y “Sonrisas” pasó de tener un amo a tener dos, lo cual le alegró mucho porque ambos lo mimaban por haber hecho de casamentero sin conocer el habla de los humanos, pero sí sus sentimientos.

ESTRATEGIA AJEDRECISTA (MICRORRELATO)

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Cierta mañana jugaba una partida de ajedrez (ese extraordinario juego que sirve para hacerte pensar y quitarte telarañas en todas esas zonas del cerebro que te pasas temporadas largas sin usar), con el joven hijo de un buen amigo, cuando teniéndole yo acorralado y, considerando él seguramente la posibilidad de conseguir, distrayéndome, cometiese yo un error que le permitiese escapar de la peligrosa encerrona en que yo le tenía, me preguntó mirándome a los ojos para atraer mi mirada y lograr con ello la quitase yo, por unos momentos, del tablero y de las piezas repartidas sobre el mismo:
—Oiga, usted que, según mi padre, sabe mucho sobre las mujeres, ¿qué debo yo hacer para conseguir a una hermosa princesa?
Sonreí socarronamente y le contesté:
—Pues mira, lo primero que debes hacer es convertirte tú, antes, en un hermoso príncipe —y volviendo mi atención al juego, moví la reina en la jugada que yo tenía pensada, y por él temida, y dije conteniendo a duras penas la divertida risa que me estaba entrando—: Jaque mate, muchacho.
Enfurecido mascullo él:
—No creo que sepa usted mucho sobre mujeres.
—Cierto —acepté riendo ya abiertamente—. Se mucho menos sobre mujeres que sobre jugar al ajedrez.

FUE UNA NOCHE CON ESTRELLAS (microrrelato)

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Era noche cerrada. La primavera se hallaba en todo su apogeo. El aire olía deliciosamente. Hacía una temperatura agradable. Hasta nosotros llegaba el rumor un tanto apagado, por la distancia, del tráfico que circulaba por la carretera cercana. El cielo aparecía totalmente despejado. Tenía un color extraño, entre azul y violeta. Nosotros dos nos hallábamos en lo alto de la terraza de un elevado edificio. Con la cabeza levantada observábamos el infinito, misterioso, parpadeante firmamento.
Conocíamos los nombres de un par de constelaciones y las dijimos con énfasis. Los dos éramos muy jóvenes, románticos y faltos de experiencia. Nos habíamos conocido tres días antes. Nos gustábamos. Nos gustábamos mucho. Dábamos muestras de nerviosismo, timidez e inseguridad, tanto en los movimientos de nuestros cuerpos, como de nuestras manos inquietas. Deseábamos que ocurriera algo especial entre nosotros, pero no sabíamos cómo provocarlo.
Pasado un rato ella exhaló un hondo suspiro y dijo en un tono de ensoñación:
—Mi mayor deseo sería poder alcanzar las estrellas.
La poderosa fuerza del deseo me animó a tomar finalmente la iniciativa. Cogiéndola de una mano forcé que se girase hacia mí y entonces le dije, con temblores de emoción en la voz:
—Mi mayor deseo sería poder alcanzar tu corazón.
Su atractivo rostro adquirió una notoria seriedad. Me miró muy fijo como si acaba de descubrirme.
—No lo tienes muy lejos mi corazón —replicó ella su cara encendida en rubores.
Supe entonces que ella estaba deseando lo mismo que yo. Busqué su boca y nos dimos un beso de enamorados novicios: torpe y apasionado, nuestros pechos emitiendo ruidosa emoción. Y yo sentí algo extraordinario. Algo nunca sentido antes. Acababa de cruzar la barrera mágica de la ternura sensual. Y a partir de aquel momento dejé de ser el que era antes. Entré en el complicado mundo de los adultos donde la ilusión y la desilusión, el amor y el desamor, habitan juntos.

MI HERMANO ALEJANDRO LAS ENAMORABA EN LA OSCURIDAD (MICRORRELATO)

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Teníamos nuestra tele estropeada y conseguí permiso materno para permanecer en casa de mi amigo Gustavito hasta las once de la noche viendo la televisión de sus padres que, al contrario de la nuestra sí funcionaba.
A las once y cinco, con mi llegada, le di un buen susto a la chica que intercambiaba besos con mi hermano Alejando en la oscuridad del portal de casa. Ella me descubrió su cara al separarse de él emitiendo un oh sobresaltado.
La reconocí al instante y me llevé una enorme sorpresa. Entré en nuestra vivienda manteniendo todavía desmesuradamente abiertos los ojos y la boca. Sentada en nuestro destartalado sofá encontré a madre leyendo una revista atrasada de esas que llaman del corazón.
Todo escandalizado, le comuniqué lo que acababa de presenciar:
—Mamá, el loco de Alejando está en el portal dándose el pico con la hija del alcalde. En la cárcel va a dar con sus huesos ese descerebrado.
En contra de lo esperado por mí, madre no solo reaccionó con mucha calma, sino que además me reconvino diciendo:
—No digas ni media palabra en contra de tu hermano, que él sabe muy bien lo que se hace.
Tuve que darle la razón a este respecto, pues semanas más tarde madre ensalzaba, para dar envidia a las vecinas, lo hermoso y elegante que estaba su hijo Alejandro con el traje nuevo de municipal del ayuntamiento y su gorra de plato por debajo de la que asomaban sus bellos rizos negros.
Ese día me di cuenta de lo poco que yo sabía sobre el funcionamiento del mundo de los adultos, especialmente cuando me enteré de que Elvirita, la hija de nuestro primer edil, estaba prometido a un abogado de la capital y, sin embargo, continuaba reuniéndose con mi hermano Alejandro en el oscuro portal de nuestra casa.

OLVIDOS CRUELES (OPINIÓN)

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Seamos generosos y en estas fiestas entrañables tengamos la honrosa generosidad de, mientras las celebramos con nuestros familiares presentes, concederles un recuerdo a los familiares ausentes, ausentes porque un día cruzaron esa frontera que separa a los vivos de los muertos. Olvidarles es una crueldad que no merecen. No renunciemos en fechas que tradicionalmente se destinan a la alegría, dedicarle un momento a la tristeza añorando a esos seres queridos que tanto hicieron por nosotros y no les tenemos más. No los borremos de la memoria porque recordarles nos entristezca. Eso sería una excusa mezquina. Posiblemente nadie nos lo afeará si no los recordamos ni mencionamos, pero si lo hará nuestra conciencia en el caso de que hayamos sido capaces de mantenerla limpia y honesta hasta el día de hoy.

LA HERMOSA NOVIA DE MI HERMANO ALEJANDRO (MICRORRELATO)

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El día que Alejandro, mi hermano mayor, trajo a Elena a casa y dijo con cierta cómica solemnidad:
—Os presento a Elena, mi chica.
Ella se ruborizó y nos regaló su sonrisa, la sonrisa más hermosa del mundo para mis embelesados ojos. Mis padres sonrieron también, mientras yo me quedé muy serio. No era para menos: acababa de enamorarme de ella. Lo supe por lo alteradísimo que se me puso el lado izquierdo de mi pecho.
A partir de aquel momento se me planteó un terrible problema en forma de dilema: Morir de amor por ella a mis trece años (lo cual podría sucederme de un modo natural por lo muchísimo que me dolía la parte del pecho que ya mencioné con anterioridad), o seguir viviendo y sufriendo terriblemente porque ella amaba a mi hermano mayor y no a mí.
Pasaron por mi mente dramáticas ideas. Una de ellas, la que más me tentaba, envenenarme con un tubo de aspirinas y caer muerto a sus pies mientras le entregaba una carta en la que le confesaba mi desesperado amor por ella.
Finalmente, al pasar por delante de una tienda que vendía animales de compañía encontré la salida a mi extraordinario dilema: rompí la hucha y, el dinero guardado en ella (todo él en monedas) me alcanzó para comprarme un perro. Y a partir de aquel momento tuve en mi vida a un ser vivo, que no era de mi familia, al que yo quería y me correspondía queriéndome más que a nadie.
Mi hermano tardó poco tiempo en romper con Elena. Ella había quedado libre, pero yo estaba, para entonces, demasiado ocupado enseñándole a “Tristán” a saltar vallas y devolverme las pelotas que yo le tiraba, para hacerle caso al lado izquierdo de mi pecho que se hallaba ya muy tranquilizado.

CHIQUITO DE LA CALZADA: LOS HUMILDES CON GRANDEZA (ACTUALIDAD)

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Hay personas que, desde su bondad, su talento y su excelente comicidad nos ayudan a que nos pesen menos las privaciones y las penas que la vida reparte entre todos nosotros, a unos con una carga mayor y, a otros, con una carga menor.
Entre estos genios del humor que tanto nos ayudó a que aflorara en nuestros labios la sonrisa, cuando no la carcajada, consiguiendo con ello hacernos olvidar durante algunos minutos penas, preocupaciones y desdichas, estuvo “Chiquito de la Calzada”, este buen hombre que dedico varios años de su vida a divertirnos con sus chistes desternillantes y su graciosísima mímica que tantos imitadores ha tenido.
La muerte que nunca falla a la hora de cumplir su macabra misión se lo ha llevado con ella cuando él contaba 85 años y tenía todavía enormes ganas de hacernos pasar estupendos ratos con sus extraordinarias actuaciones.
Descanse en paz este enorme y genial artista del humor: Don Gregorio Esteban Sánchez Fernández y nuestro compungido pésame a toda su familia y multitudinarios amigos.

NOCHES DE TELEVISIÓN (microrrelato)


(HISTORIAS DEL SIGLO PASADO)
(Copyright Andrés Fornells)
Algunos cómicos antiguos solían decir:
—Querido público: Lo nuevo hoy, viejo mañana. Los tiempos cambian que es una barbaridad.
Hoy día apenas si nadie dice esto, aunque los tiempos están cambiando extraordinarias barbaridades. También han cambiado los cómicos que, en lugar de hacernos gracia con picardías ingeniosas, pretenden hacernos reír soltando un taco soez cada dos palabras.
Bueno, ya que comencé, seguiré hablando de cosas antiguas.
Iniciada la segunda mitad del siglo pasado, las personas pertenecientes a la clase obrera carecían de tantas cosas que, cuando conseguían alguna considerada por ellos extra, por pequeñita y baratija que ésta fuera, les producía una enorme felicidad. Me refiero a la felicidad de los humildes que, generalmente, posee ese valor maravilloso que los pudientes, los favorecidos por la fortuna, los que pueden tenerlo todo sin el menor esfuerzo, jamás conocerán. Pues el goce verdadero se encuentra en la dificultad de obtener algo que ilusiona, y no en la facilidad.
Las familias humildes de esa época tenían un televisor que pagaban a plazos (con enormes apuros) junto a la póliza del entierro para los viejos y, por las noches se reunía toda la familia delante del aparato a ver el mismo programa y, reían, se conmovían y hasta lloraban juntos. El día siguiente solían comentar, animadamente, con pasión y entusiasmo, cuanto habían visto la velada anterior, disfrutando de una hermosa convivencia que los mantenía unidos en afectuosa armonía.
Esto no ocurre más en numerosos hogares actuales en donde se tienen varias televisiones, cada miembro de la familia ve programas distintos o sigue juegos en el celular, y apenas se hablan, conviven ni se mantienen unidos.
Y a mí me surge la siguiente pregunta, sin que signifique por mi parte rechazo alguno al notable, generalizado progreso y bienestar económico actual:
—¿Ha servido ese progreso y la notoria mejora tecnológica y social que ha traído, para unir a las familias, o para todo lo contrario?

UN NIÑO PIDIÓ MANZANAS A UN MANZANO (MICRORRELATO)

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Un joven pueblerino ambicionó para él una mejor y más próspera existencia que la que tenía al lado de su padre cultivando un pedazo de terreno que poseían en un pequeño y humilde municipio mayoritariamente agrícola. Terreno del que sacaban para ir viviendo, y poco más. Así que decidió un día marchar a una gran ciudad y trabajar en alguna industria donde poder ganar más dinero con, posiblemente, menor esfuerzo al que exige la tierra a quienes se dedican a sacar provecho de ella.
Este hombre joven, transcurridos algunos años en la industriosa urbe consiguió un empleo fijo, un sueldo decente, una esposa y con la ayuda de ella tener un niño.
Demostró este hombre joven que era un buen hijo, cuando al jubilarse su padre, para que no viviese solo, le pidió viniese a vivir a su casa con su familia.
El nieto de este anciano ex campesino encontró en él, un mundo de paciencia y conocimientos sobre la naturaleza. Un ejemplo de esto último lo tuvo en el manzano, bastante crecido, en el que su abuelo invirtió parte de sus humildes ahorros. Árbol que plantó en la parcelita de veinte metros que poseía la vivienda adosada donde moraban.
—Abuelo, ¿esto es de verdad un manzano? —quiso el niño le reafirmase, luego de haber seguido la faena de su abuelo con enorme curiosidad.
—Si, esto es de verdad un manzano —afirmó el anciano complacido con el brillo ilusionado que mostraban los ojos del pequeño.
—Pero no tiene manzanas, abuelo.
—Cierto, no tiene manzanas. ¿Tú quieres que las tenga?
—¡Sí, sí! —dando saltos de entusiasmo el chiquillo.
—Pues pídeselo.
El niño le miró desconcertado.
—¿Cómo se lo pido, abuelo? —quiso saber.
—Muy fácil. Repite conmigo: Manzano, antes de transcurrido un año, por favor, dame manzanas que me gustan mucho.
El pequeño repitió estas palabras y, cuando transcurridos muchos meses el manzano dio cuatro manzanas, una para cada miembro de la familia, experimentó el chiquillo una extraordinaria admiración por su abuelo.
Este niño tardó todavía un par de años más en descubrir que su abuelo no era un mago, como él había creído durante un breve periodo de tiempo, sino un maravilloso hombre del campo que conocía cosas sobre las plantas y la climatología, que la gran mayoría de los engreídos habitantes de aquella populosa ciudad industrializada ignoraba.