LAS MUJERES Y LOS SUEÑOS (MICRORRELATOS)

(Copyright Andrés Fornells)
Estuvo a su lado un brevísimo instante.
Algo fugaz como la caída de una estrella.
Sin embargo, con su sola presencia,
El brillo de sus ojos claros y limpios,
La infinita ternura con que lo miraron,
El dulce pliegue de sus labios risueños,
Y el perfume de su cuerpo vestido de flores
Bastaron para prenderle la chispa mágica
Que encendió la hoguera de su amor eterno.
Mujer, sin tu existencia, los hombres soñadores
Perderíamos lo más hermoso con que soñar.

EL NIÑO QUE LLORABA Y EL ADULTO QUE FILOSOFABA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Una mañana de domingo por un céntrico parque de la ciudad un hombre que paseaba mostrando su cara una expresión de tristeza, descubrió la presencia de un niño que sentado en un banco lloraba en silencio. Compadeciéndose inmediatamente de él, se le acercó y, solicito, le hizo la pregunta que más adecuada le pareció:
—¿Por qué lloras, pequeño?
Los ojos empapados en llanto del niño lo miraron, e inspirándole confianza el hombre le respondió con otra pregunta:
—¿Es necesaria la tristeza, señor?
Dirigiéndole una mirada de lástima le respondió el adulto:
—La tristeza es necesaria, porque quién no conoce la tristeza no está capacitado para apreciar el inmenso valor que tiene la alegría.
—Yo prefiero la alegría, señor —manifestó con candidez el niño.
—Y yo también —coincidió el hombre—. Vamos a comernos un helado. Te invito yo.
Y mientras se lo comían, el niño dejó de llorar, y él y el hombre mostraron en sus caras sendas sonrisas. Habían cambiado la tristeza por alegría.

SE LO HABÍA DICHO EL DESTINO (MICRORRELATO)

—FANTASÍA—
(Copyright Andrés Fornells)
Las personas normales, que somos la gran mayoría de cuantas habitamos este superpoblado planeta, mostramos incredulidad cuando conocemos que algún congénere nuestro consigue prodigios que solo están a su alcance.
Marujita Pérez pertenecía a este pequeño grupo de seres especiales, hecho que descubrí cuando ella me contó cómo había encontrado al gran amor de su vida.
Marujita Pérez me desveló su gran secreto, una mañana que vino a mi consulta mientras yo la trataba de un uñero en el dedo meñique de su pie, que la estaba castigando con terribles dolores cada vez que se ponía un zapato. Para los menos sagaces, les pasaré el interesado informe de que soy callista y tengo mi consulta en la calle del Callo Doliente sin número.
Bien, el extraordinario don que Marujita Pérez poseía y que nos esta vedado a los seres humanos “normales” era que ella podía hablar con el destino, igual que si de un amigo de su confianza se tratara, y el destino, telepáticamente, le aconsejaba si ella se había dirigido a él en demanda de ayuda.
Marujita Pérez tenía ganas de vivir un gran amor. Era muy romántica y esta cualidad muy en alza en otras épocas, en la época actual, como que está pasada de moda. Como en su vida cotidiana no aparecía ningún hombre que se fijase en ella con intenciones decentes, un día le pidió a su destino:
—Querido consejero mío, ¿qué debo hacer para encontrar a un hombre romántico adecuado para hacer feliz a una chica romántica como yo?
El señor Destino soltó una risita pícara y dijo:
—Me encanta ayudarte. Eres tan dulcemente ingenua, que me conmueves. Vas a hacer lo siguiente: Todos los martes, a las cinco de la tarde te sentarás en la terraza del bar Tropezón y pedirás al camarero que, por su forma de andar repararás enseguida que tiene los pies planos, un té con limón. Durante el tiempo que estarás sentada allí más de un hombre te mirara. A todo el que te mire tu tienes que preguntarle: ¿Eres David? Si él te contesta cualquier tontería con la intención de ligar contigo, te lo quitas de encima diciéndole haga el favor de marcharse pues estoy esperando a un comisario de policía. Cuando digas esto, los posibles ligones se alejarán inmediatamente.
Marujita Pérez siguió al pie de la letra estas indicaciones. Llevaba tres martes realizando la misma maniobra y comenzaba a considerar muy posible que el Destino se hubiese equivocado en su consejo cuando se detuvo un joven de sonrisa candorosa, amable y dulce que, a su pregunta de si era David respondió:
—Soy David. ¿Eres tú Marujita?
—Sí, yo soy —ilusionadísima ella.
—Por fin te he encontrado —ilusionadísimo él.
Y a partir de este encuentro David y Marujita forman una pareja inmensamente feliz.
Influido por esta historia, yo que también conservo en mi corazón una buena dosis de romanticismo, cuando la soledad me atenaza las entrañas me encuentro diciendo:
—Señor Destino, quiere aparecer de una puñetera vez que necesito hablarle.
Y la respuesta que obtengo es una explosión de risas burlonas, las de mis vecinos que han escuchado mi apremiante súplica piensan de mí que estoy loco.

UN PÁJARO, UN NIÑO, UN HOMBRE Y UNOS CARAMELOS (MICRORRELATO)


UN PÁJARO, UN NIÑO, UN HOMBRE Y UNOS CARAMELOS
(Copyright Andrés Fornells)
Había un pájaro que le gustaba mucho cantar. Había un niño que le gustaba mucho escucharlo cantar. Había un hombre que le gustaba mucho dormir. El niño y el hombre eran vecinos y se llevaban muy bien. El hombre no era padre, sentía cariño hacia el niño y continuamente le regalaba caramelos.
El pájaro cantaba muy fuerte desde lo alto de un árbol cuyas ramas alcanzaban las ventanas de la vivienda que habitaba el niño y de la vivienda que habitaba el hombre. El hombre, cansado de que el pájaro interrumpiera su sueño con sus fuertes trinos, le tiró una piedra y lo mató.
El niño presenció este hecho, lo consideró imperdonable y en adelante odio al hombre y odio los caramelos demostrando que el odio no solo alcanza al que lo despierta sino también a inocentes que no lo merecen, en este caso los caramelos.
Moraleja: ¡Qué ricos estaban los caramelos antes de que se descubriese que el azúcar produce caries!

¡GOL! (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
El estadio se hallaba lleno hasta la bandera. Los enfebrecidos seguidores de los dos equipos agitaban en el aire, con gran entusiasmo, sus banderas, sus bufandas y los ensordecedores gritos de ánimo al equipo de sus amores.
Todos estaban predispuestos para ver un extraordinario partido. Los árbitros llevaban buenos cronómetros, pitos nuevos, tarjetas nuevas, uniformes bien planchados y botas bien lustradas.
Hacía una tarde agradable. El cielo se hallaba despejado, sin una sola nube que manchase su hermosa armonía azul. El viento, como más convenía a este evento, no había asistido al mismo. Las líneas que delimitaban el campo y marcaban las diferentes áreas se encontraban inmaculadamente blancas y tan rectas como la conciencia de un político recién salido de la fábrica del Buen Dios.
Sonaron los himnos. La algarabía de los seguidores de ambos conjuntos alcanzó sus máximos decibelios. Los capitanes intercambiaron banderines. El arbitró tiró una moneda al aire y después de que se viese había salido cruz, la recuperó porque era su doblón de la buena suerte y además de oro.
El líder que había dicho cruz escogió la parte del campo por el preferida. Los jugadores se situaron en sus puestos. El árbitro los contó, vio que todos estaban allí, puso en marcha su cronómetro, pitó y comenzó el encuentro.
Y pronto jugadores y espectadores no podían creer lo que sus ojos estaban viento. Los delanteros llegaban delante de la portería chutaban una y otra vez, y la pelota no entraba en ninguna de las dos porterías.
La desesperación se apoderó de las dos aficiones, de los jugadores, de los árbitros y hasta de los palos de las porterías. No se explicaban lo que estaba ocurriendo, aunque tenía una explicación muy sencilla. La explicación era que el balón con el que estaban jugando odiaba el ensordecedor grito de ¡gol! Y sabía muy bien cómo podía evitar oírlo.

¡NADAL LO HA VUELTO A HACER HOY: GANAR EL ROLAND GARROS!


–FOTOGRAFÍA DEL MUNDO DEPORTIVO–
(Copyright Andrés Fornells)
Rafa Nadal esta tarde realizó una nueva heroicidad: ganar otra vez más el Roland Garros (suma ya 11). Y le vimos vibrar de emoción mientras izaban la bandera de España y se escuchaba el himno que representa a todos los que nos sentimos españoles.
Y Rafa Nadal ganó este nuevo trofeo con extraordinaria valentía, sacrificio, lucha y pundonor, cualidades éstas que desde tiempo inmemorial han caracterizado a tantas personas nacidas dentro de esta piel de toro poblada por gentes diversas, diferentes en costumbres y, en algunos casos, en lenguajes también.
Hoy, unos cuantos millones de españoles (a los que debieron sumarse muchísimos más millones de impresionados extranjeros) admiramos y ensalzamos las especiales, soberbias, inmejorables cualidades humanas y deportivas que atesora este tenista extraordinario y vibramos de emoción con él.
Y yo, personalmente, que tantas veces he admirado a esos deportistas de países extranjeros, que con la mano en el corazón luchan en eventos deportivos por el honor y la exaltación a su país, no sentí más envidia de ellos porque uno de los nuestros, Rafa Nadal, nos representaba a los que sin pasar por el estúpido temor de que, los ciegos fanatizados de turno nos llamen fachas, sentimos amor por la que consideramos nuestra gran patria.
Este modesto escrito lo dedico a los que conservan todavía los sentimientos de tolerancia y el amor a su historia y a su tierra, y se sienten orgullosos de que les representen héroes deportivos de la inigualable talla de Rafa Nadal.
Sé que con lo que acabo de escribir me ganaré algunas enemistades, pero no me importa, porque todo aquel que se rinde a la voluntad de los demás renunciando a sus propios principios y creencias es un cobarde que no merece haber nacido donde nació y nacieron sus ancestros.

NO SIEMPRE ES MALA LA TORPEZA (MICRORRELATO)

—FANTASIA—.
(Copyright Andrés Fornells)
Rosendo Cuesta había demostrado su notable torpeza mucho antes de nacer. A su madre habían tenido que hacerle una cesárea porque siendo todavía un feto Rosendo cambio la posición que le convenía a la buena mujer que lo llevaba en sus entrañas, y en lugar de venir de cabeza, que habría sido lo favorable, él vino de nalgas.
Una vez nacido, Rosendo, desde un principio, procuró a sus familiares con unas explosivas muestras de hilaridad tan exageradas el temor de que pudiera asfixiarse, pues se quedaba exhausto, sin aliento, al borde del colapso.
De quienes lo criticaban por aquellos desmesurados ataques de risa, su madre lo defendía:
—No le regañemos. Es bueno que sea tan alegre mi niño.
Rosendo tardó casi dos años en aprender a gatear, y cuatro en ser capaz de andar. Y cuando por fin caminó, eran tan torpes sus pasos que tropezaba continuamente, causándose hematomas, rasguños y hasta algunas heridas.
Todo el mundo le pronosticó que sería muy desdichado. Todo el mundo menos su madre que llena de fe lo defendía siempre:
—Mi niño es muy bueno. Tendrá suerte en la vida, ya lo veréis.
Quienes la escuchaban no la contradecían, se limitaban a mirarla con lástima y a mover la cabeza en sentido negativo, evidenciando que no compartían su optimista parecer.
Pero ocurrió que un día, mientras caminaba con su torpeza habitual, Rosendo tropezó nada menos que con la felicidad, se abrazó a ella con todas sus fuerzas y nunca más la ha soltado.

CIUDADANOS QUE SACUDEN ÁRBOLES (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Hubo una vez un gran país cuyos gobernantes se esforzaban en hacerlo pequeño. Dentro de él un gran número de sus habitantes, nada realista, se enfadaba cuando algunos críticos, sobrados de razón, lo llamaban País de Pandereta.
En este país al que me estoy refiriendo, los partidos políticos más astutos permanecían agazapados, a la espera de que los más exaltados agitaran el árbol para, cuando terminaran de agitarlos, ellos correr entonces, velozmente, a recoger las nueces.
Los miembros del grupo “N”, que se creían ser tuertos en un país de ciegos, así que vieron sacudir con furibundo ahínco el árbol que poseía el grupo “P”, salieron disparados hacia él, pero cuando quisieron recoger los frutos se encontraron con que otro grupo al que consideraban menos veloz que ellos, los frutos se los habían llevado ya.
El árbol del grupo “P” se quedó sin frutos, frutos que fueron para el grupo más astuto de la clase. Pero lo que éste grupo oportunista desconocía era que los frutos recogidos estaban envenenados.
El final de esta historia queda abierto. Tardaremos más o menos en conocerlo, pero cuando lo conozcamos, los dueños momentáneamente de esos frutos verán como los mismos pasan a otras manos y ellos serán tan criticados y vilipendiados como ellos criticaron y vilipendiaron a otros. Y mientras este juego se mantiene activo, los espectadores seguirán alimentando a cuerpo de rey a los sacudidores y a los recolectores.
Para algunos ingenuos entusiastas que todavía existen en el país del que he hablado desde el principio, me permito comentar un hecho inamovibles, y que lo reconozcan o no dependerá de su credulidad, y es: Que pertenezcan ustedes, señores currantes, al grupo que sacuden el árbol o al grupo que recoge las nueces, en este País de Pandereta, siempre trabajan los mismos y siempre parasitan los mismos, aunque puedan llevar diferentes collares.
Y con esto me despido agitando un pañuelo blanco empapado en llanto y con arrugas de rabia impotente.

EL LLANTO DE LAS MUJERES Y EL LLANTO DE LOS HOMBRES (PÍLDORAS FILOSÓFICAS)

(Copyright Andrés Fornells)
Los hombres lloramos mal. Los hombres lloramos mal porque nos falta práctica, intentará justificar más de uno. Es cierto que practicamos poco el llanto. Pero no está ahí la cuestión. Los hombres lloramos mal porque nos vemos ridículos llorando. Nos vemos ridículos y también feos. Y porque también nos ven así los demás procuramos llorar lo menos posible. Incluso cuando lloramos de felicidad.
Con las mujeres ocurre todo lo contario, en cuanto sueltan un par de lágrimas despiertan compasión y hasta amor. Conozco a muchos hombres que se han enamorado de mujeres en el momento mismo de verlas arrugar la nariz y llenárseles de humedad los ojos; y que al escuchar su primer sollozo les han puesto a sus pies, de felpudo, su encandilado corazón.
Hombres, si la pena os parte el corazón aguantad con los ojos secos, las mandíbulas apretadas y la expresión dura, porque estéticamente es lo único que puede favoreceros.
La naturaleza decidió crear cosas que son exclusivamente femeninas, y una de ellas es el llanto. Hombres, no podéis hacer nada al respecto, no podéis cambiarlo. Únicamente podéis resignaros y aceptarlo con humildad.
Yo me resigné hace mucho tiempo. Por eso cada vez lloro menos y sonrío más a pesar de que no tengo los dientes bonitos. Esto de los dientes podría arreglármelo un buen dentista, pero los dentistas, hasta los muy malos, son muy caros.
Claro que una buena solución sería casarme o emparejarme con una dama-dentista. No crea nadie que no lo he intentado, pero tengo la mala suerte de que siempre se me ha adelantado algún despabilado con dentadura tan fea como la mía.