DIA DEL NIÑO: LA INOLVIDABLE VOZ DE MI MADRE (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)

Remontándome muy atrás en mi niñez, una de las
principales maravillas que yo disfruté entonces fue la voz
de mi madre cantándome. Su voz era para mí, música,
embeleso, fascinación. Al arrullo de su voz yo me dormía todas las noches.
Al principio de ese tiempo que me parece tan lejano, mi madre estaba enferma ya.
Alrededor de sus ojos tenía formados unos círculos morados
que yo no veía en otras personas y pensaba que ella era,
por eso y, por su extraordinaria voz, y su ternura alguien muy especial.
Y muy especial fue siempre para mí.
El ser más especial de toda mi vida.
Y lo sigue siendo en el recuerdo.

UN POBRE Y UN RICO (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)
Un pobre llamó a la puerta de una lujosa mansión. Le abrió un estirado mayordomo y le preguntó qué quería.
Con una mirada pedigüeña en sus pitarrosos ojos, el desventurado manifestó con voz debilitada por las calamidades que llevaba sufridas:
—Por favor. Piedad. Llevo tres días sin comer. Me estoy muriendo de hambre. ¿Podrían darme aunque fuese un pequeño mendrugo de pan?
—Aquí no alimentamos a hambrientos. Así que lárgate antes de que te eche a patadas —amenazó el criado con la altivez que los soberbios bien cebados demuestran a los humildes indefensos.
—Dígale a su amo que si no me dan algo de comida le echaré una maldición y a partir de mañana su amo se encontrará en la misma situación de necesidad en la que me encuentro yo ahora.
Los ojos del vagabundo habían adquirido de pronto un brillo tan amenazador, que lograron impresionar al sirviente que, al momento fue a contarle a su acaudalado amo lo que estaba ocurriendo con un andrajoso mendigo.
El ricachón que acababa de recibir una estupenda noticia: habían encontrado una riquísima bolsa de petróleo en la prospección que su firma financiera estaba realizando, decidió:
—Conduce a ese mendigo hasta la cocina, que ahora iré yo a hablar con él.
El mayordomo recibió muy contrariado esta orden, regresó a la puerta donde había dejado esperando al mendigo y, de muy mala gana lo condujo a la cocina.
—¿Qué mierdas hace este desgraciado aquí, ensuciando con su mísera presencia mis dominios? —protestó el orondo cocinero vestido con un impoluto traje blanco rematado con un almidonado gorro del mismo color.
—El señor me ha dicho que lo trajera aquí —el mayordomo empezando a rascarse la cabeza imaginando que el pobre acababa de traspasarle algunos piojos suyos.
Un par de minutos más tarde apareció el millonario en la cocina, le echó un crítico vistazo al mendigo y comentó:
—¡Vaya! Estás hecho un asco, ¿sabes?
—Lo sé —humildemente el indigente — Es que soy paupérrimo, llevo tres días sin comer y estoy que me caigo de debilidad.
—No deberías cometeré ese tipo de privaciones pues, a la larga, la salud se resiente —reprobó el ricachón.
—Si sabré yo eso, que cada vez me queda menos salud —el mísero, al borde del llanto apoyándose en una silla pues sus piernas mostraban notoria intención de dejar de sostenerle.
—Siéntate, que te hace falta —compadecido el magnate que, a continuación, una vez se hubo sentado a la mesa de la cocina el mendigo, volviéndose hacia el gordo cocinero le ordenó—: Dale a este hombre hambriento lo mejor que tenemos, y que coma has-ta que él diga que no es capaz de tragar un bocado más. Y cuando esto ocurra me avisas. Estaré en mi despacho.
El grasiento cocinero necesitó varios minutos para reponerse de la sorpresa que acababa de llevarse. El vagabundo temiendo que aquél fuera a negarle el festín prometido, se envalentonó un poco y reclamó perdiéndole todo respeto:
—¡Venga, aligera, que ya no puedo aguantarme más el hambre y empezaré a mor-discos contigo!
El cocinero, muy contrariado, comenzó a cocinar platos, que el inesperado comensal devoraba a toda velocidad pensando en que si todo aquello lo estaba soñando atiborrar-se bien antes de que despertara.
Y comió y comió dando la impresión de que era insaciable. Pero no lo era. Llegó un momento en que confesó no era capaz de engullir ni un gramo más de comida. Entonces, tal como le había pedido su amo, el cocinero fue a comunicarle que su invitado ya no quería comer más. El ricachón dejó de consultar la pantalla de su ordenador, se puso de pie y precedido del cocinero entró en la cocina. Con una amabilidad que conmovió al pordiosero y casi noqueo de sorpresa al cocinero dijo:
—¿De veras no quieres comer nada más?
—No muchísimas gracias. Estoy a punto de reventar. Que Dios le pague sus bondades para conmigo.
—Perfecto. Ahora voy a buscar un cigarro para que te lo fumes. Lo que más apetece después de una buena comilona es fumar.
—Yo es que no fumo —expuso a modo de disculpa el pobre.
—No importa. Hazlo por complacerme.
Y un par de minutos más tarde su anfitrión regresaba con un gran cigarro puro.
—Póngaselo en la boca que voy a encendérselo —Dijo entregándoselo al menesteroso. Éste, sometiéndose a su capricho, colocó el cigarro entre sus labios llenos de postillas y el millonario le ofreció la llama de un encendedor de oro—. Fume, fume con ganas. Huele bien, ¿eh?
Su obediente invitado asintió con la cabeza. Llevaba media docena de caladas cuando el puro explotó tiznando la cara del fumador a la fuerza cuya expresión de perplejidad no podía resultar más cómica.
El hombre acaudalado se tronchaba de risa. El cocinero mostraba una forzada sonrisa para congraciarse con él. Cuando el millonario superó el ataque de hilaridad le preguntó a la víctima de su chanza:
—No te ha molestado mi broma, ¿verdad?
—No. La gente como usted nunca da nada gratis. Me ha invitado a comer para poder reírse a mi costa. Ya se ha reído y con ello queda compensado el generoso detalle que ha tenido conmigo. Detalle que se ha cobrado, por lo tanto no tengo que darle las gracias. Es usted más desgraciado que yo.
Y caminando con enorme dignidad, el pobre se marchó subido en sus destrozados zapatos, habiendo conseguido lo que otros muy poderosos no había conseguido nunca: ofender al potentado.

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PASAR POR EL ARO (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)
Al veterano domador sus leones le habían perdido totalmente el respeto. Continuamente le desobedecían y le hacían burlas sacándole la lengua y haciéndole pedorretas. Finalmente durante una función, uno de los leones le arrebató el látigo y le obligó, a base de darle latigazos en el trasero, a que el peligroso número de saltar a través del aro en llamas fuese realizado por él. El domador, para que no siguiese azotándole, se lanzó hacia el centro del aro, con tan lamentable torpeza que se chamuscó varias partes del cuerpo.
Con este inesperado, sorprendente suceso, el público se partió de risa, se divirtió muchísimo más que con los payasos. En vista del éxito conseguido, el director del circo le propuso al escarnecido domador repetir el número:
—Oye, los espectadores lo han pasado en grande. Con este número podríamos tener un lleno absoluto en todas las sesiones. Te pagaré más por este nuevo número del león obligándote a que saltes tú por el aro, de lo que te estaba pagando hasta ahora por lo contrario.
Considerando que iba a jubilarse dentro de poco tiempo, el veterano domador le puso dos condiciones:
—De acuerdo si me compras un traje de amianto y me das de comer tan bien como comen los leones…
Debo confesar que cuando presencié este desacostumbrado espectáculo me gustó muchísimo. Posiblemente porque siempre me han despertado mayor simpatía los leones que los domadores.

LO QUE EL HOMBRE HACE CON LO QUE NO NECESITA MÁS (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)
Casimiro Huevoduro era un campesino dueño de un terrenito del que iba sacando para vivir él y su burro. A su burro lo tenía trabajando de sol a sol y mal alimentado, y, además de no agradéceselo Casimiro le propinaba alguna que otra patada y chorro de insultos cuando el animal no le labraba la tierra con la rapidez que él le exigía.
La suerte, que por ser igual de ciega que la justicia, a menudo premia a los que menos se lo merecen, tuvo el capricho de premiar con una considerable cantidad de dinero un número de la lotería, número del que Casimiro Huevoduro poseía un décimo.
Con el dinero obtenido, Casimiro Huevoduro se compró un tractor y, como ya no lo necesitaba más, a su burro lo vendió al matadero para que los carniceros del pueblo pudieran vender su carne y sacar provecho económico.
Casimiro Huevoduro hará ahora sus tierras cómodamente sentado y cantando los días que se siente alegre. De su burro, si alguna vez se acuerda, es para pensar que en el matadero debían habérselo pagado mejor.

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FÓRMULA PARA CURARSE EL DESAMOR (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Cuando una hermosa relación termina
es imprescindible dejar que,
lo bueno y lo malo que hubo en ella,
la corriente del río del olvido se lo lleve.
No amargarse recordando canciones
románticas escuchadas juntos,
ni recordando deliciosas veladas íntimas,
ni tampoco apasionadas caricias,
ni perfumes embriagadores,
ni placeres sexuales.
Hay que hacerse muy fuertes,
convencerse de que la vida es sabia
y nos quita siempre todo aquello
que ya no nos sirve.
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CARIÑO Y AGRADECIMIENTO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Hubo una vez un hombre que, nacido en la pobreza más absoluta, gracias a su talento para los negocios consiguió amasar, en pocos años, una considerable fortuna. Un día decidió que todos los bienes logrados debía emplearlos en ayudar a personas necesitadas. Y empezó por sus amigos pobres y continuó con todo aquel que necesitaba ayuda.
Empleó tanta generosidad y entusiasmo en esta misión humanitaria, que terminando pobre y enfermo se encontró necesitado de ayuda él y, entonces tuvo que afrontar la desdicha de que nadie se la prestó. Nadie a excepción de un perro abandonado que permaneció con él por dos de los mayores valores que engrandecen a los seres vivos: el cariño y el agradecimiento.
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AÑORANZA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Un veterano presidente de gobierno formaba parte de una reunión de grandes personajes. Hasta sus oídos llegaban sesudos comentarios sobre política, economía, finanzas, divisas, situación de la bolsa, confrontaciones bélicas, amenazas terroristas, mientras él, con expresión ausente se había alejado de todos ellos para viajar al pasado lejano y recuperar, con dolorosa añoranza, recuerdos de su lejana juventud cuando, despreocupado de todo, ignorado por el mundo entero, abrazaba amorosamente a una muchacha tan llena de ilusión, de anhelos y de ternura como él mismo.