LA PRACTICA DE LA COUVADE (SUPERSTICIONES, MISTERIOS Y MAGIA)


LA PRÁCTICA DE LA COUVADE
Marco Polo, primero, y más tarde el investigador etnólogo y psiquiatra Karl von der Steinen, descubrieron que las tribus indias mahuhua, mahinaky y muchas otras, eran unos salvajes pacíficos con costumbres muy originales como la llamada couvade, ritual consistente en permanecer el marido en su hamaca después del parto de su mujer obligado a cuidar del bebé durante un periodo de 4o días. Transcurrido este tiempo lo sometían a lo que ellos llamaban prueba de la paternidad. La prueba de la paternidad disponía que los parientes más cercanos le hicieran cortes en la piel al que tenía que pasar por esta prueba y, encima, para hacerle sufrir más, le restregaran pimienta dentro de las heridas. El así torturado tenía que soportar el sufrimiento sin emitir queja alguna, pues de lo contrario se le consideraba indigno de ser el padre de la criatura traída al mundo por su mujer. Si superaba esta prueba con valentía, se celebraba una alegre fiesta y quedaba establecida la familia compuesta de padre, madre e hijo. Esta terrible cuarentena servía para que el padre en cierta medida igualara el sufrimiento que la madre había padecido durante el parto. Si este ancestral rito se estableciera entre nosotros seguramente serían muchos los hombres que no superarían la prueba de paternidad y dejarían a infinidad de niños huérfanos por su parte.

EL MISTERIO COLETTE (relato)

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

París es reconocida en el mundo entero como la ciudad de los artistas y del amor. A mí me tenía poderosamente fascinado, mucho tiempo antes de poder visitarla. Por este motivo, cuando por medio de mi tío Alberto, que poseía un pequeño restaurante en la zona de Pigalle, me surgió la posibilidad de ocupar una plaza vacante de profesor de español en una academia de idiomas, la acepté sin siquiera negociar la cuantía de mi salario.
Llevaba un par de semanas viviendo en la capital de Francia cuando, en una fiesta organizada por una multinacional de la comunicación, conocí a Colette. Colette contaba con ese chic que hace irresistibles a un gran número de mujeres parisinas. No era una gran belleza, pero los rasgos exóticos de su rostro y su escultural figura la hacían irresistiblemente atractiva. Surgió una poderosa atracción entre nosotros dos a partir del momento en que ella, para librarse de un pretendiente suyo, pesadísimo (de insupportable lo calificó ella),  me pidió antes de que llegase junto a nosotros:
—Bésame y me ayudarás a librarme de un tipo que me mata de asco.
Nunca me he negado a ayudar a una dame en apuros, y en esta ocasión muchísimo menos. Inmediatamente, Colette y yo nos abrazos y nuestras bocas se unieron en un beso incendiario, devastador, en el que nos sentimos ambos tan a gusto, que lo hicimos durar un par de minutos largos. Cuando nos separamos, su pretendiente, rojo de humillación, se hallaba parado a muy corta distancia de nosotros. Ella muy decidida, le dirigió la palabra con gran naturalidad:
—Hola, Jean Pierre. Permite que te presente a mi prometido…
Aquel individuo la dirigió una mirada de reconcentrado odio y replicó furibundo, odioso:
—¡Putain!
Y a continuación se alejó rápido como si le hubiesen insuflado gasolina en el mismo centro de sus posaderas. Colette y yo nos reímos. Y ya no nos separamos en toda la velada. Nos encontrábamos tan bien juntos, riéndonos, besándonos de vez en cuando (y ya no para espantar a admiradores, sino porque lo gozábamos plenamente). Total, que aquella noche la pasamos en la boardilla que yo tenía alquilada. Y disfrutamos tanto nuestra experiencia de unión corporal, que al día siguiente ella abandonó la pensión de mala muerte donde se alojaba y se vino a vivir conmigo.
Colette no contaba con un empleo fijo. Era bailarina y actuaba esporádicamente en programas de televisión y también en pequeños spots publicitarios.
Nos entendíamos de maravilla los dos y no tardamos en convertirnos en una pareja de inseparables enamorados. Como yo tenía una colocación y un sueldo estable, corría con todos los gastos del arrendamiento y de nuestra manutención. Yo lo aceptaba encantado, convencido de que, de haberse dado el caso contrario, Colette habría hecho lo mismo por mí.
Una noche nos hallábamos cenando en un bistró que frecuentábamos. Conversábamos animadamente, como siempre. Los dos éramos buenos observadores y gozábamos de un excelente buen humor. Nos comimos unos filetes de carne de caballo, alimento favorito de muchos galos y al que comenzaba yo a acostumbrarme, no sin cierta dificultad.
Mientras esperábamos los flanes que habíamos pedido de postre, Colette cogió su bolso y me dijo que iba al servicio.
—Me encanta el carmín de tus labios —le confesé en tono jocoso.
—Ya he notado el placer que experimentas quitándomelo —bromeó también. Gocé siguiéndola con la vista del sensual, elegante movimiento de sus de sus curvilíneas caderas. Era tan extraordinariamente sensual. Pasaron varios minutos y Colette no regresaba. Cuando llevaba un cuarto de hora de duración su ausencia, se apoderó de mí la preocupación. Me asaltó la posibilidad de que le hubiese ocurrido algo. Pensé en una caída o un desvanecimiento.
Abandoné la mesa, me acerqué al camarero y le expuse mis temores. El, servicial, me acompañó inmediatamente a los servicios; primero al de señoras y, por si acaso, también al de caballeros, infructuosamente, pues no encontramos rastro alguno de Colette. Aboné la cuenta y, considerando la posibilidad de que, por alguna razón que yo ignoraba, ella hubiese marchado a nuestra vivienda. Caminé rápido hacia la misma, encontrándome con la inquietante realidad de que ella tampoco se hallaba allí.
Viví una noche de gran angustia y desasosiego tratando de figurarme, inútilmente, qué podía haberle sucedido. Aconsejado por mi tío Alberto, me presenté a la mañana siguiente en la comisaría de policía y denuncié su desaparición. Los agentes se mostraron amables, e intentaron tranquilizarme con los argumentos de que la mayoría de personas que desaparecían de repente, volvían a aparecer sin haber sufrido daño alguno.
Colette nunca regresó ni tan siquiera para recoger sus cosas. Su misteriosa desaparición sembró en mi espíritu una gran zozobra y, cada vez que daba algún medio de comunicación la noticia del hallazgo de una mujer muerta en algún descampado o algún bosque, yo vivía el sufrimiento de que se tratase de ella. Poco a poco fui asimilando aquel inexplicable, tétrico suceso y normalizando mi existencia.
Transcurrieron cinco meses y una mañana recibí con el correo una postal enviada desde Brasil. No llevaba dirección ninguna y solo unas pocas palabras:
“Hola, mon chou. Perdona que me fuese sin decirte adiós. Resulta que me encontré en los servicios del bistró a un antiguo pretendiente mío. Es millonario. Me propuso irme con él a Río de Janeiro, y acepté. Me molan cantidad las limusinas. Creo que te lo mencioné en más de una ocasión. En fin, lo siento. Lo nuestro fue bonito mientras duró. Cuídate. Colette”.
El tiempo es un buen lenitivo. Y contribuyó a que se me pasara el gran disgusto que Colette me había causado. También me ayudó mucho a conseguirlo, Silvia, otra francesa con mucho chic. Estaba encargada de la dirección de una prestigiosa boutique de lujo de la que pude vestirme con ropa de marcas caras, a precio de saldo. Fue la época de toda mi vida en que vestí con mayor elegancia. Y como soy un tipo conformista y optimista, considero siempre ese dicho tan sabio que todos conocemos: “No hay mal que por bien no venga”.
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