PROPUESTA DE ASOCIACIÓN (RELATO)

james-stewart-con-kim-novak-en-vertigo(Copyright Andrés Fornells)

Mike Warner hizo girar la manivela de la puerta acristalada llena de pegatinas publicitarias, y entró en el Bar Sparow. En su interior no pasaban de media docena los clientes que había. Mike, joven atractivo y atlético vestía una chaqueta gris claro, una camiseta blanca, pantalones vaqueros y zapatillas de tenis bastante usadas. Al llegar al mostrador pidió al camarero, un hombre de mediana edad y acusados rasgos latinos que, con aire aburrido lo miraba expectante, acodado de brazos en la barra:

–Un Jack Daniel´s con mucho hielo.

—Inmediatamente, señor —indolente el empleado.

Mike esperó a que le sirviera la bebida, la pagó inmediatamente y fue, llevando en su mano izquierda el vaso largo, a sentarse a una mesa al fondo del salón, cerca de la cual no había nadie. Para lo que se proponía realizar no quería curiosos cerca. Echó un trago de la bebida “on the rocks” y a continuación sacó del bolsillo derecho exterior de su chaqueta tres cosas: un bolígrafo, una pequeña libreta y la cartera que acababa de robar a un turista australiano en la parada del autobús.
De su contenido escogió la tarjeta de crédito y empezó a imitar la firma de un tal Jaques Thomson. Era muy bueno falsificando firmas, y a los diez minutos de practicar copiaba ya tan bien la rúbrica del perjudicado, que seguro conseguiría engañar al empleado del primer banco en el que entrase. Obrar con rapidez era primordial en su delictiva profesión. El individuo robado tardaría poco en darse cuenta del hurto y pedir la anulación de su tarjeta. Se terminó de un solo trago el contenido de su vaso y marchó a la calle.
Tuvo que andar únicamente dos manzanas para encontrar una entidad bancaria. El empleado que le atendió, amable y risueño, tras comprobar que coincidía su firma con la de la visa de oro que acababa de presentarle, le  entregó el dinero requerido. Mike lo metió en su propia cartera, la pasó al bolsillo interior de su chaqueta y se dirigió a la puerta.
Al salir Mike del establecimiento bancario, tropezó  una bonita  joven con él y  le pidió perdón por su torpeza ,acompañándose de una sonrisa encantadora.
Mike le devolvió la sonrisa y la siguió con ojos apreciativos. Ella parecía tener prisa. Caminaba presurosa. Su cuerpo esbelto, de movimientos vivos, deliciosamente femeninos, llamaba la atención de la gente que la dirigía miradas de agrado. El carterista la perdió de vista entre el gentío. “Un exquisito bombón”, juzgó.
Caminados una veintena de pasos entró en un estanco a comprar tabaco. Y entonces se dio cuenta de que le faltaba la cartera en la que había metido el dinero recién sacado del banco.
Dejó a la estanquera con el cartón de Winston en su mano y salió corriendo. Mike poseía una buena constitución física y su carrera fue veloz. Tropezó con algunas personas, pero no perdió el tiempo disculpándose. Le urgía dar con la chica que un momento antes, chocando con él, le había robado. Cada segundo que transcurría lo alejaba de la posibilidad de atraparla. Su esfuerzo y su velocidad obtuvieron recompensa. La descubrió bajando por la escalera del metro. Iba confiada pues, aunque llevaba el paso rápido, no miraba atrás por estar convencida de que nadie la seguía.
Al llegar junto a ella Mike la cogió fuertemente del brazo justo delante de la barrera de control obligándola a detenerse. La joven se asustó al reconocerle. Sus grandes ojos verdes lo demostraron, al tiempo que forcejeaba intentando escapar de él. Mike la mantuvo firmemente presa, convencido de que a la menor oportunidad que le diera ella intentaría escapársele.
—No te voy a hacer nada, preciosa —le advirtió sonriendo para inspirarle confianza—. Devuélveme lo mío y te invitaré a un refresco. No estoy enfadado contigo. Los dos nos dedicamos a lo mismo.
Ella le registró la mirada. Se tranquilizó algo. Su cuerpo perdió cierta tensión. Los ojos de Mike mantenían todo el tiempo un brillo amistoso. La joven metió la mano que él le dejó libre dentro del bolso que colgaba de su hombro y sacando una cartera se la entregó.
—Esta no es la mía —él con un ronroneo divertido en su garganta.
Ella la devolvió al interior del bolso y sacó otra.
—Ésta sí es la mía. Vamos a la cafetería de la estación —Mike amistoso todo  el tiempo, y tirando del brazo de ella.
—Por favor… déjame ir. Te quité la cartera por necesidad. Tengo que mantener a mi madre enferma y estoy sin trabajo —intentando despertarle lástima.
—Tranquila, de eso hablaremos mientras tomamos algo.
Entraron en el establecimiento elegido por Mike. Cuando la obligó a sentarse a una silla de la mesa por él escogida, le repitió que era, al igual que ella, un carterista. Para convencerla de que estaba diciéndole la verdad, Mike le enseñó la cartera robada un rato antes al turista australiano y un par de carnets de conducir pertenecientes a personas diferentes.
Ahora sí se tranquilizó la joven y a la pregunta de él, sobre cómo se llamaba, respondió dedicándole un esbozo de sonrisa seductora:
—Camille.
Tenían el camarero a su lado.
—¿Tiene champán? —le pidió Mike.
El empleado, un jovenzuelo con el rostro sembrado de acné les observó sorprendido. Nunca nadie le había pedido champán a media mañana. Camille, encontrando divertida su reacción, intervino:
—¿Tenéis champán, o debemos irnos a otro sitio a tomarlo?
—Tenemos. Lo traeré enseguida —reaccionando torpemente el camarero y dirigiéndose acto seguido al mostrador, derribando por el camino una silla contra la que tropezó.
Los dos carteristas rieron de buena gana su cómico atolondramiento. Una hora más tarde habían terminado de beberse el champán acompañado de unos pastelitos y acabado convertidos en socios. Ninguno de los dos tenía ataduras. Mike estaba divorciado y Camille era soltera, huérfana, y criada en un orfanato.

UN FUTURO PADRASTRO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Rosenda tenía treinta y cinco años. Era agraciada de cara, esbelta de cuerpo y, desde hacía casi un lustro, viuda, por haber fallecido su esposo de una enfermedad incurable. Trabajaba de dependienta en una farmacia donde era muy apreciada debido a la diligencia, eficacia y simpatía conque trataba a los dueños y a los clientes. Aparte de esta ocupación laboral, Rosenda cuidaba de sus dos hijos, David de 9 años y Elenita de 7.
En su lugar de trabajo, Rosenda conoció a Alejo, 10 años mayor que ella, divorciado, repartidor farmacéutico de una prestigiosa y poderosa firma internacional. Con el frecuente trato surgió entre ambos un sentimiento que paso del inicial agrado al enamoramiento. Siempre tan atareada ella, comenzaron a salir algunos fines de semana, siempre incluyendo Rosana la presencia de sus hijos. Éstos demostraron desde el primer momento de conocerle rechazo hacia el hombre que su madre deseaba convertir en su padrastro. Alejo, por amor a la madre de ellos dos soportaba con paciencia los continuos desaires que le prodigaban los chiquillos.
Rosenda, exasperada por su conducta reconocía, cuando se hallaba a solas con el hombre que había despertado en ella un segundo amor de pareja:
—Lo siento, cariño. Me entristece profundamente el calvario que te hacen pasar mis hijos. Son tan pequeños para comprender que muerto su padre, al que adoraban, yo pueda traer a su vida a otro hombre.
—Bueno, tengamos calma —recomendaba Alejo, paciente, esperanzado—. Estoy seguro de que cuando me conozcan mejor, terminaran aceptándome y queriéndome. Yo les he cogido cariño y el cariño estoy convencido de que es contagioso.
—Eres una persona maravillosa —elogiaba ella, conmovida y agradecida—. Ojalá estés en lo cierto. Sois tan importantes para mí vosotros tres.
Una mañana Alejo se llevó a los dos pequeños al zoo. Se esforzó en demostrarles su conocimiento sobre los animales allí existentes. Les compró chucherías, pero no logró con todas sus amabilidades despertarles el reconocimiento y el agradecimiento que perseguía.
Llegaron finalmente delante del lugar donde tenían presos a una pareja de elefantes. Uno de ellos, al ver a Alejo, comenzó a dar notables muestras de alegría. El enorme animal se acercó rápido a la barrera de madera que lo separaba de la gente y dirigió su trompa a Alejo que, mientras se la acariciaba le hablaba en un idioma que los grandemente asombrados hijos de Rosana no entendieron.
De pronto, el paquidermo cogió con su tropa a Alejo por la cintura, lo elevó en el aire y lo montó encima de su lomo, muy cerco de su grueso cuello. Inmediatamente se formó una multitud de curiosos. Y acudieron, alarmados, una pareja de vigilantes.
Alejos les advirtió enseguida:
—¡Tranquilos! Manténganse a prudente distancia. Este elefante se llama Shamma, y yo cuidé de él durante más de diez años. Nos conocemos muy bien y nos queremos. Podría atacarles si interpretara que pretenden hacerme daño.
Los empleados quedaron parados, perplejos, observando lo mismo que la multitud que ya se había formado. Alejo le dio una orden y el enorme animal elevó sus patas delanteras manteniéndose vertical apoyado únicamente en sus dos enormes patas traseras, y de este modo paseó por el interior del recinto recibiendo los admirados aplausos del público, y lo mismo de los entusiasmados hijos de Rosana.
Cuando terminó su exhibición Alejo, acariciando a Shamma cuyos ojos lo miraron con un brillo de hondo afecto les prometió venir a menudo a verlo.
—La próxima visita que le hagamos a Shamma podríamos traerle manzanas, que le gustan muchísimo. ¿Qué os parece? —propuso Alejo a los niños.
David y Elenita dieron saltos de entusiasmo y ofrecieron el dinero de sus huchas para comprarlas.
Alejo reía feliz escuchándolos.
A partir de aquel día los pequeños no solo le aceptaron, sino que lo admiraron escuchándole, fascinados, las historias que él les contaba de cuando fue domador de elefantes y trabajó en un circo antes de ser despedido, lo mismo que sus otros compañeros circenses, cuando el empresario que los tenía contratados tuvo que cerrar su circo, arruinado, y vender los animales que tenía a diferentes zoos.
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TE LLAMO PORQUE NO PUEDO DORMIR (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Las cortinas de la ventana corridas a ambos lados permitían penetrase en la estancia un amplio chorro de lechosa luz lunar. El joven sentado a su escritorio dejó de contemplar, fascinado, el esférico, plateado círculo suspendido en el cielo y rodeado de un mar de titilantes estrellas. Sacó del cajón superior del mueble una fotografía. Era de una joven morena con grandes ojos claros, cuyo delicado rostro enmarcaba una abundante melena azabache.
—Perversa —le acusó atormentado por los celos—. Hace cuarenta y ocho horas rompiste conmigo sin importarte hacerme añicos el corazón. Y en este momento yo estoy aquí destrozado, muerto de tristeza y tú a saber con quién estarás ahora regalándole esos besos tuyos que juraste eran exclusivamente míos. ¡Te aborrezco!
El joven se llevó una mano a la boca y ahogó un sollozo de los que tanto dolor suelen causar dentro de un pecho herido de amor.
En aquel momento sonó su teléfono móvil. No reconoció el numero aparecido en la pantallita, pero sí reconoció la voz femenina que le pidió suplicante:
—¿Puedo ir a tu casa? Te llamo porque me es imposible dormir —pidió ella entre temerosa y ansiosa.
Al escuchar estas palabras el joven enamorado experimentó una explosión de júbilo y respondió impulsivo, sincero, loco de felicidad:
—¡Ven rápido, mi amor! También a mí me es imposible dormir.
Él cortó la comunicación. Y le dio un beso a la fotografía entrenándose para los muchos que pensaba darle, dentro de unos pocos minutos, a la fotografiada.

ÉL HABLABA CON ELLA (MICRORRELATO)

TAZAS

(Copyright Andrés Fornells)

El matrimonio que recientemente había alquilado la casa adosado que Jorge López tenía a su derecha, pensaba que éste hombre, de menos de cuarenta años, bien parecido, excesivamente delgado, y probo empleado de banca, estaba mal de la cabeza porque todas las tardes, a la cinco, en la mesa que tenía en su jardincito colocaba dos tazas de té e iba bebiendo alternativamente de una taza y de la otra taza mientras hablaba solo todo el tiempo, mostrando, generalmente, expresiones de profunda tristeza.
—Pobre hombre, tan joven todavía, y lo majareta que está –criticaban los vecinos, viéndole actuar de aquel modo .
Esta pareja de fácil y despiadado juicio,  desconocía que Jorge López había esparcido por el jardín, sobre el parterre donde tenía plantadas rosas rojas,   las cenizas de su joven esposa, a la que amaba con toda su alma, muerta en un accidente de coche, y que mantenía conversaciones con ella convencido de que ella le acompañaba desde el mundo de lo invisible. Con este acto ilusorio Jorge López la mantenía, desesperadamente, con él.

UN GRAN AMOR SECRETO (MICRORELATO)

rosas 1

(Copyright Andrés Fornells)

Alex Fernández, regresado de una ausencia de varios años pasados viviendo en un país extranjero, una mañana decidió acercarse al cementerio donde se encontraba enterrada su madre,. Llegado allí descubrió, sorprendido, que dentro de un jarrón habían colocado en su nicho una docena de rosas rojas. Las tocó apreciando que eran naturales y estaban frescas. Considerando el hecho de que no contaban en aquella ciudad con familiares que hubieran podido traerlas, llegó a la posible conclusión de que alguien las hubiese dejado allí equivocadamente.
Pero encontrándose con lo mismo una semana más tarde: una docena de rosas rojas, decidió entonces preguntarle al respecto a uno de los sepultureros que tiraba de una carretilla con macetas dentro. Y este empleado del camposanto le informó:
—Todos los lunes por la mañana trae flores a ese nicho un hombre.
Alex le dio las gracias y el lunes de la semana siguiente permaneció vigilante, cerca del nicho de su madre, y finalmente vio a un anciano de cuerpo encorvado, vestido con ropas humildes que depositar las flores que lo tenían intrigado.
Se acercó a él y tras presentarse como el hijo mayor de la difunta, le preguntó el por qué le llevaba flores a su madre. El desconocido le respondió conmovedoramente sincero, sosteniéndole con valentía la mirada:
—Amé a esta mujer con toda mi alma, pero ella estaba casada.
Sorprendido el joven, mirándole con enojo, le hizo una pregunta que le resultó muy embarazosa:
—¿Y ella..? ¿Ella, mi madre, le correspondió?
Una nube de profunda tristeza se extendió por el macilento y avejentado rostro del anciano.
—Ella nunca supo que yo la amaba. Nunca me atreví a decírselo. Ella era tan hermosa y yo tan poca cosa…
Se llenaron de lágrimas los ojos del hombre viejo. El hombre joven, conmovido, se compadeció de él y en un gesto generoso que le honraba le dijo:
—Vamos a tomar un café juntos, y me lo cuenta todo, buen hombre.
—Sí, me hará feliz que alguien conozca este amor que he guardado secreto toda mi vida.
Los dos hombres echaron a andar el uno al lado del otro hacia la salida. El sol, alargando sus sombras, las unió. Tenían en común haber amado con toda su alma a la misma persona.