UN NIÑO Y UN ARBOLITO DE NAVIDAD (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)

—Arbolito lindo de Navidad, ¿qué me va a traer ese anciano, Papá Noel, que viene montado en untrineo tirado por ciervos desde ese país tan lejano donde nace la nieve?

El arbolito lindo de Navidad sacó su voz de viento silbante y le preguntó:

—¿Qué quieres tú, niño, que te traiga el viejo Papá Noel?

—Sor Ángela me ha dicho que este año está muy pobre el viejo Papá Noel y solo podrá regalar una cosa a cada niño.

—Así es, niño. ¿Qué cosa vas a pedir tú? Sé que te hace mucha ilusión una PlayStation.

—Sí, me hace mucha ilusión una PlayStation, pero si solo puedo pedir una cosa renunciaré a la PlayStation y pediré poder ver de nuevo un momento a mi madre querida. Hace tanto tiempo que no está mas conmigo que casi ni me acuerdo de su dulce cara.

Aquella noche aquel huerfanito vio, en sueños a su madre, recibió sus abrazos, sus besos y sus tiernas palabras:

—Hijo de mi alma, aunque tú no puedes verme, yo estoy todo el tiempo a tu lado vigilando no te pase nada malo.

A la mañana siguiente el niño huérfano recibió también la PlayStation que había pedido. Y por primera vez en su vida guardó un secreto: No reveló a nadie que el viejo Papá Noel a todos los niños del orfanato les había hecho un solo regalo, mientras que a él le había dado dos.

PODERES PSÍQUICOS ( RELATO )

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(Copyright Andrés Fornells)

Inocencio Pérez poseía poderes psíquicos y, debido al sueño que había tenido la noche anterior se encontraba aquella mañana sentado en un mojón kilométrico junto a la carretera. Paciente veía pasar vehículos en ambas direcciones sin demostrar interés por ellos. Él estaba esperando un coche que, según había soñado, se detendría delante de él.
Cerca del mediodía, cuando el hambre y la sed comenzaban a molestarle, por fin se paró un coche pequeño y baqueteado delante de él. Lo conducía una chica con grandes y brillantes ojos negros y blanca y luminosa sonrisa, que le saludó con estas palabras:
—Hola, ¿llevas mucho tiempo esperando?
—¡Ja, ja, ja! Veintitrés años.
—¡Ja, ja, ja! Bueno, uno más que yo.
—¿Por qué tardaste tanto en llegar?
—Verás, quise darme tanta prisa en reunirme contigo que me detuvo un policía de tráfico por exceso de velocidad, y me entretuvo.
—Eres igual a como te vi en mi sueño —embelesado él.
—También tú eres igual a como te vi en mi sueño —fascinada ella.
—Estupendo. Vamos a ver a mi madre. Le hablé de ti y muere de ganas de conocerte.
—Y yo muero de ganas de conocerla a ella. Vamos.
Se olvidaron del automóvil y cogidos de la cintura, presas sus miradas enamoradas, iniciaron el camino de una eterna felicidad.
(Al que no se haya dado cuenta todavía, le revelaré que esto es un cuento de hadas)

HUMILDE HOMENAJE AL EXTRAORDINARIO WALT DISNEY (ACTUALIDAD)

a-homenaje-a-walt-disney-animate-disney-4(Copyright Andrés Fornells)

Este extraordinario genio que inundó el mundo con sus películas de dibujos animados y consiguió sembrar ilusión, fantasía y sueños a varias generaciones de niños, murió un 15 de diciembre de 1966. El culpable fue un cáncer de pulmón provocado por esa ingente cantidad de cigarrillos que se fumó a lo largo de su vida, vicio por el que más de un amigo decía de él:
—Es un mago pegado a un cigarrillo desde que se levanta hasta que se acuesta.
Se ha alimentado durante años la leyenda urbana de que fue criogenizado, pero la verdad es que dos días después de su muerte fue incinerado y trasladado al panteón que tienen sus familiares en el cementerio Forest Lawn Memorial Park.
Gracias a sus dibujos animados muchos niños creímos en la existencia de mundos mágicos en donde los buenos salían triunfadores, los malos castigados, los animales hablaban incluso mejor que muchos humanos; humanos que algunos volaban con un paraguas, con alfombras; enanos alegres y muy trabajadores que cantaba y silbaban, príncipes y princesas bellísimos, otros vivían dentro del mar como las sirenitas, otros eran piratas malos, brujas malísimas, perros con manchas, elefantes con orejas tan grandes que les permitían volar, niños que conseguían seguir siéndolo eternamente, o les crecía la nariz cuando mentían, y muerte de animales como la madre de Bambi o Mufasa, el padre del rey León que, con su muerte, te rompían el corazón y llenaban tus ojos de lágrimas.
Y todo lo anterior acompañado de la música más maravillosa que crearon los músicos de este mundo. Yo recuerdo que, después de ver alguna de estas películas me sentía capaz de volar, veía el mundo en tecnicolor y por la noche, en sueños, me convertía en alguno de los personajes que más me habían impresionado.
Javi, un primo mío me confesaba que él odiaba las películas de Walt Disney en las que moría alguien, porque él se hinchaba de llorar, y que prefería ver películas en las que los protagonistas se daban besos en la boca.
—Oye primo debe ser muy emocionante eso de besarse en la boca porque cuando lo hacen cierran los ojos igual que yo cuando en la feria me subo en el tren veloz que, a cada instante parece que vamos a saltar por los aires o salir disparados en las curvas.
No sé sí le influyeron a mi primo Javi esas películas de besos, pues ya se ha casado tres veces y sospecho que lo hará alguna otra vez más. Walt Disney fue el mayor creador de fantasía e ilusiones que hemos conocido muchos de los que hemos crecido viendo sus fantásticas películas. Q.E.P.D.

 

LECCIÓN A UN HIJO MÍO SOBRE POLÍTICA FISCAL (MICRORRELATO)

Close up of Cute kid boy eating an ice cream at the park

(Copyright Andrés Fornells)
Los hijos son una bendición de Dios, en especial cuando son pequeños y hacen gala de una curiosidad insaciable, y te hacen preguntas todo el tiempo, como me ocurre con el más chico de mis hijos:
—Papá, ¿por qué hay nubes que traen lluvia y nubles que no la traen?
—Papá, ¿por qué son tan guarros los perros que se huelen el culo?
—Papá, ¿por qué Arturito tiene los ojos azules y yo no?
—Papá, ¿es verdad que los gatos y los perros se odian porque no hablan el mismo idioma?
—Papá, ¿por qué te regaña mamá cuando vuelves a casa después de haberte tomado unas cañas de cerveza con tus amigos?
—Papá, ¿por qué me enviáis a casa de la abuelita Elvira cada vez que mamá y tú os miráis con los ojos muy brillantes y la sonrisa rara?
Ayer, día festivo, acababa de comprarle un enorme helado a mi chiquillo cuando, después de darle el primer goloso lametazo me preguntó:
—Papá, ¿que son los impuestos?
—Te lo demuestro enseguida, hijo. Déjame el helado un momento.
Él, en un gesto de absoluta confianza, me lo entregó.
Yo me comí a continuación el 21 % de su helado y le expliqué que eso eran los impuestos. Desde entonces mi hijo odia con toda su alma, a la política fiscal, a los políticos, se piensa muy bien cada pregunta antes de hacérmela y no me entrega un helado ni que se lo pida yo de rodillas.
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MAGIA (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Un hombre de carácter taciturno y triste se levantó una mañana cantando alegremente, para asombro de todos cuantos lo conocían. El cambio suyo se debió a que durante la noche tuvo un sueño extraordinario. Soñó que él era un pájaro, y contempló con la admiración de uno de ellos la hermosura de la naturaleza y, henchido de agradecimiento su corazón, cantó de felicidad.

ME CANSÉ DE ESPERARLA (RELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Eran las diez de la noche. Llevaba más de una hora esperando a Encarnita junto a la puerta del cine Emporium. La paciencia agotada, y el enfado a tope, me dije: “Ella se lo ha perdido”. Y colocándome al lado de la primera muchacha que pasó por delante de mí inicié su conquista diciéndole que perdonase mi atrevimiento, pero que no podía resistir la necesidad de decirle que era dueña de los ojos más bonitos que yo había visto en mi vida. Ella, que se sabía bizca y debía estar muy acomplejada por esta causa, me deseó:
—¡Ojalá te quedes mudo, sinvergüenza!
Por suerte para mí su maldición no resultó efectiva y eso me permitió ejercer de vocalista, durante una breve temporada en un grupo musical que habíamos creado media docena de amigos. Nuestras más apasionadas fans nos aseguraban que lo hacíamos maravillosamente bien. Nuestras más apasionadas fans eran nuestras madres, nuestras hermanas y algún que otro prójimo que estaba bastante averiado de oído. El único dinero que ganamos tocando fue por actuar en la fiesta de un pueblo. Un montón de desalmados nos silbaron, bautizaron con un diluvio de tomates y gritaron: ¡fuera, fuera! Esto salió en los periódicos y ya nadie más quiso correr el riesgo de contratarnos.
Con el dinero ganado compramos una bicicleta cuyo uso nos repartíamos fraternalmente un día cada uno. Aquel artilugio rodador estaba maldito pues sus ruedas terminaban pinchadas cada vez que hacíamos uso de él.
Al final, hartos de tanto meterles parches a las ruedas, la rifamos, me tocó a mí y la bicicleta, oxidada y criando margaritas, todavía la tengo en el cuarto de los tratos, junto a la jaula del periquito difunto por tragarse una cucaracha, el trabuco de mi tatarabuelo Anselmo (un bandolero de Sierra Morena) y de un cinturón de castidad que nadie de mi familia ha sabido (o querido) decirme a que antepasada nuestra perteneció. Parece ser que este tipo de impedimento se lo colocaban a las señoras con tendencia a la infidelidad.

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EL NIÑO QUE TENÍA UNA ESTRELLA (MICRORRELATO)

BRUNO AMADIO (Pintura de Bruno Amadio)
El niño conocía ya, a sus cortos seis añitos, la  existencia de misterios que escapaban a su comprensión infantil. Entre estos misterios estaba el que su madre le hubiese dicho sobre la ausencia de su padre, que él se había ido al cielo.
—Yo quiero tenerlo conmigo, mama —reclamaba el pequeño llorando amargamente—. Yo le quería mucho, y él me quería mucho. Y quiero tenerlo conmigo.
—A papá lo tienes contigo siempre —le aseguró la afligida viuda—. Si cierras los ojos y piensas en él verás una estrella. Esa estrella es papá que te acompaña siempre.
A partir de esta revelación, el niño aceptó el consuelo que le procuraba aquel inexplicable misterio, pues ciertamente si pensaba en su padre, manteniendo los ojos cerrados, lo veía convertido en una estrella y, con el pensamiento, conversaba con él y este hecho le procuraba un gran consuelo y compañía.

GOTAS MALVADAS (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Siendo todavía adolescente, con acné en mi cara y con todavía bastante inocencia en mi corazón, salí un día al monte a buscar espárragos silvestres, considerados por mí, hechos en tortilla por mi madre, un muy exquisito manjar.

De pronto descubrí la presencia de un anciano de cuerpo encorvado que estaba buscando lo mismo que yo.  El anciano era, por su derrotado aspecto, sin la menor duda un vagabundo.  Iba vestido con ropas muy deterioradas y sucias. Iba barbudo y su apelmazado y enmarañado pelo delataba que llevaba mucho tiempo sin lavarlo ni peinarlo.

Nos saludamos. Me apiadé de él pues solo había recogido cuatro espárragos, por los cuarenta y pico míos, y le entregué mi fajo.  Él se mostró extraordinariamente sorprendido y usando conmigo modales antiguos quiso saber:

—¿No los quiere usted, joven?

Para que no entendiese que le tenía lástima y pudiera parecerle ofensiva tal cosa, encogí los hombros, displicente, y respondí:

—No. No los quiero. Estaba dando un paseo y me entretenía cogiéndolos. Y la verdad es que no pensaba hacer nada con ellos.

—Oiga, pues muchas gracias, yo me los comeré asados sobre una lata, con una chispa de sal. Están buenísimos así —mostrándose ilusionado mientras los encerraba en sus manos temblorosas y muy estropeadas.

De pronto el cielo, muy nublado desde que salí de casa, soltó un par de gotas de esas que se notan bien porque son de tamaño considerable.

El vagabundo me dejó estupefacto al exclamar notándolas también:

—Ya están esas malvadas fastidiando.

—¿Por qué llama malvadas a las gotas de lluvia, porque nos mojan? —quiso saber mi curiosidad despertada.

—No sólo por eso, sino porque no importa donde ponga yo el colchón sobre el que duermo allí en mi chabola, que siempre consiguen por las numerosas goteras caer encima del colchón y de mí con lo perjudicial que es para la salud dormir sobre algo mojado.

Apiadado de él, y creyendo debía felicitar a mi activa inteligencia por lo que acababa de ocurrírseme le dije:

—¿Ha probado usted a protegerse con un paraguas, señor?

—Me protejo con dos paraguas, pero así y todo esas malditas gotas encuentra algún agujero en el techo de uralita y tablas para caer sobre mi colchón y sobre mí, y mojarnos.
No se me ocurrió nada más que decirle, aparte de que lo sentía y, despidiéndome de él eché a correr, pues yo odiaba mojarme por lo fácilmente que me resfriaba.

Regresé un par de veces a aquel mismo sitio con la esperanza de volver a encontrarme al viejo vagabundo aquel. No lo encontré y tuve que traerme de vuelta a casa los dos chubasqueros que con mis ahorros le había comprado.

Mis padres me habían enseñado que quién no practica la caridad, la solidaridad y la empatía, es porque no ha terminado de desarrollarse por completo como ser humano.

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