UN ANCIANO PRESCINDIBLE GOZA UNOS MOMENTOS DE FELICIDAD (MICRORRELATO)

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UN ANCIANO PRESCINDIBLE GOZA UNOS MOMENTOS DE FELICIDAD (MICRORRELATO)

Es por la mañana. En un cielo sin nubes reina un sol primaveral. En un parque céntrico de una populosa ciudad la mayoría de la gente que pasea por allí luce ya ropas de verano. Dos varones adolescentes que pertenecen a una minoría en vías de extinción, miran con descaro a las chicas y sueltan algún que otro piropo aprendido de sus ancestros:

—Tía, mueves las caderas como la caña de azúcar mecida por el viento.

 La piropeada los ignora, aunque lamentando que, con la buena pinta que esos chicos tienen, si se hubiesen dirigido a ella de otro modo más civilizado posiblemente le habría gustado charlar con ellos, conocerlos.
De pronto, uno de dos jóvenes se fija en un anciano tumbado en uno de los bancos del parque.

—Oye, ¿no es ese hombre de ahí tu abuelo Paco?

—¡Vaya, sí es él! Ya se ha vuelto a escapar del asilo donde le llevaron mis padres.

—¿Y por qué se escapa?

—Por rebeldía. Porque no le gusta estar allí. Lo hace a menudo eso de escaparse de allí. Vamos a despertarle y a invitarle a desayunar. Verás qué contento se pone. Es una persona muy agradable y simpática —afirma el muchacho con voz cargada de afecto.

Los dos jovenzuelos despiertan al anciano que, tras unos momentos de desconcierto, de rápido parpadeo de sus ojos cansados y rodeados de numerosas arrugas les reconoce. Les sonríe encantado mostrando su amarillenta prótesis dental.

Escucha, ilusionado, la propuesta de su nieto, y les acompaña de muy buen grado a un bar cercano donde ocupan una de sus mesas.

Inmediatamente, el manantial de palabras forzadamente constreñido en el hogar de los ancianos, fluye abundante, incontenible, torrencial. Se desborda su imaginación. Cuenta aventuras suyas, de joven, que nunca existieron más allá de la fantasía con que las está inventando. Queriendo agradarles, impresionarles, inventa lances con mujeres, tan extraordinarios, que dejan en simples insignificancias las azañas del mismo Casanova, aunque él no conoció a lo largo de su dilatada existencia más mujer que aquella que lo dejó en la más triste viudedad algunos años atrás y a la que fue siempre absolutamente fiel.

Su nieto sabe todo esto y, escuchándole se ríe encantado, especialmente viendo a su amigo, boquiabierto de admiración, pendiente de sus prodigiosas historias.

En sus aventuras el abuelo escalaba fachadas, alcanzaba balcones y entraba en alcobas donde mujeres muy hermosas, vestidas con camisones de seda transparente se le entregaban con ciega, enardecida pasión.

Mientras cuenta todo esto, el viejo rejuvenecido, va mojando churros en el chocolate. Es inmensamente feliz, se reconcilia con una sociedad deshumanizada y egoísta que considerándolo un estorbo, una máquina improductiva, prescindible por su nulo rendimiento económico lo quitó de la circulación.

—¿Qué vas a hacer ahora, abuelo? —le pregunta el buen nieto cuando se ha terminado el delicioso desayuno.

—Pues seguiré siendo libre hasta que me cojan y me encierren de nuevo.

—Abuelo, ser viejo es una mierda, ¿verdad? —interviene el amigo de su nieto.

—Eso no es lo peor —dice el anciano soltando dentro de la taza la servilleta con que se ha limpiado la boca—. Lo peor es que los que mandan están consiguiendo que la vida de los jóvenes sea también una mierda.

Sus inmaduros oyentes sonríen desconcertados. Todavía conservan una buena dosis de inocencia.

(Copyright Andrés Fornells)