LE REGALÉ EL MEJOR LIBRO DEL MUNDO (RELATO)

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LE REGALÉ EL MEJOR LIBRO DEL MUNDO (RELATO)

Yo había adquirido merecida fama entre mis familiares de ser un empedernido lector, por llevar mi extraordinaria pasión lectora hasta el extremo de estar leyendo siempre dos o tres libros a la vez (uno puesto en mi mesita de noche, otro colocado sobre el brazo de un sillón de la sala de estar, y, frecuentemente, otro más en el cuarto de baño).

Un tío mío llamado Pascual, era dueño de una pequeña granja cuya explotación daba para vivir él y Encarna, su mujer, sin pasar privaciones. Les habría gustado muchísimo tener hijos, pero aunque aseguraban haberlo intentado con el merecido entusiasmo, no estaba de Dios que los tuvieran, y terminaron aceptándolo resignados.

Encarna era hermana de mi madre y un año mayor que ella. Debido a este cercano parentesco y que a mí siempre me había gustado huir de la gran ciudad en la que vivíamos y disfrutar plenamente de los espacios libres, de la naturaleza, muchos fines de semana visitaba la pequeña granja que mis tíos, Pascual y Encarna, poseían a las afueras de nuesta populosa y contaminada urbe.

Yo me daba una larga caminata por los montes cercanos a su modesta propiedad y luego almorzaba con ellos. Mi tía Encarna era una excelente cocinera y yo gozaba muchísimo con las sabrosas comidas que preparaba.

Durante una de esas comidas, mientras mi tía y yo limpiábamos todos los cachorros utilizados, ella me dijo:

—Tu tío no se atreve a decírtelo, pero le gustaría que le prestases un libro bueno que le permitiese descubrir ese gusto tan grande que tú le encuentras a la lectura de libros.

—Luego hablaré con él, tía, y le prestaré varios libros. Tengo un montón de ellos. Ese es mi gran vicio. Un vicio en el que gasto todo el dinero que cae en mis manos.

Cuando terminamos la tarea abandoné la cocina y me reuní con mi tío que se había sentado debajo de una morera gigante que procuraba un gran redondel de sombra, y estaba ocupado haciendo una cesta de mimbre, pues era un admirable artesano.

—Échate un buen trago del botijo —me dijo señalándolo—. El agua de nuestro pozo es mucho mejor y más sana que esos cubalibres que os tomáis los jóvenes de la ciudad. ¿Sabes para qué empleo yo vuestra famosa Coca-Cola?

—¿Se la das a las gallinas para que pongan huevos negros? —bromeé yo.

—La empleo para quitarle el óxido a alguna herramienta vieja.

—Eso es un sacrilegio, tío —me reí—. Oye, me ha dicho la tía que quieres leer libros. Te traeré varios el sábado que viene. ¿Qué clase de libros quieres: románticos, de aventuras, de policías y ladrones…?

—Tráeme el libro que tú consideres el mejor de todos.
Llevado de mi amor patrio, y arrimando el ascua a mi sardina como suelen hacer los británicos con su William Shakespeare, le dije contundente:
—Tío, sin duda alguna, el mejor libro del mundo es Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. Mira si es bueno ese libro, que es el segundo más vendido en el mundo, solo por detrás de la Santa Biblia. Desgraciadamente, no lo tengo más porque se lo presté a un mal amigo que no me lo devolvió excusando que lo había perdido.
—No importa. Me lo compraré y así podré leerlo todas las veces que quiera. Vamos a la casa que me lo apunte —propuso él, mostrándose muy interesado.
Entramos en el salón-comedor. Su mujer levantó la vista del jersey que estaba haciendo y contestó a su petición:

—En el cajón derecho de la alacena tenemos lápices y papel.
Mi tío sacó del cajón de aquel mueble muy antiguo un bolígrafo y una cuartilla. Tendiéndomelo me pidió:
—Escríbeme bien clarito el nombre de ese libro que me has dicho es tan bueno, que me lo voy a comprar un día de estos y a leerlo.
Se lo escribí. Examiné lo que mi tía tenía ya hecho del jersey que iba a ser para mí, le di las gracias por su cariño y generosidad y me despedí besando sus coloradas y sanas mejillas.

Mi tío no era de besos y me despidió estrujando mi blanda mano de urbanita, con la callosa y dura manaza suya.
Mi tío se compró El Quijote y le llevó un año entero leérselo. Así que tardé yo todo ese tiempo en poderle preguntar, por fin, qué le había parecido. Mi tío esbozó una divertida sonrisa y dijo socarronamente:
—Un hombre muy loco el don Quijote ese. Pero alguno llevo yo conocido, a lo largo de mi vida, que no le iba a la zaga.
—No te ha entusiasmado ese libro, ¿eh? —interpreté, decepcionado.
—La verdad es que no demasiado —reconoció dándome una palmada cariñosa en la espalda.
No quise ofenderle con mi desencanto y me lo guardé en el almacén de las cosas que, deseándolo, uno cree preferible no decir.
Le hice varias visitas antes no decidí preguntarle si quería le prestase algunos libros míos que podrían gustarle más que el recomendado anteriormente por mí.

—Tío, la lectura de libros me ha permitido conocer países lejanos, exóticos, misteriosos que nunca he podido visitar ni visitaré nunca. Y conocer costumbres, creencias y formas de vivir muy diferentes a las nuestras. Todo esto me ha enriquecido notablemente como persona.
Mi tío esperó sin interrumpir en ningún momento a que yo terminase mi entusiasta apología, prosiguiendo todo el tiempo con su labor de aquel momento: confeccionar una alpargata de esparto, pues tenía a orgullo no haber gastado nunca, ni él ni su mujer un céntimo en calzado comprado, para finalmente sorprenderme con una reflexión muy propia de él:
—Querido sobrino, ¿para qué voy a leer más libros si ya he leído el mejor que se ha escrito en el mundo y éste no ha mejorado en nada mi vida? Respeto tu entusiasmo por la lectura, pero no lo comparto. Perdóname.
Un suspiro de derrota escapó de mi pecho. Me desconcertaron y dolieron sus palabras. Sentí en las entrañas la llamarada de la indignación que nos produce no compartan, otros, algunas cosas que nosotros consideramos de la máxima importancia, incluso imprescindibles. Tuve el control suficiente y la sensatez de callar un argumento ofensivo que se me estaba ocurriendo.
Sin reconocerlo en aquel momento, obré con mucha sabiduría. Comprendí algo más tarde que yo no tenía argumentos con los que rebatir su filosofía de la vida. Reconocí que, vivencialmente, mi tío Pascual me superaba con creces. Él llevaba una existencia equilibrada, útil, satisfactoria, porque creaba cosas con sus manos (que infinidad de personas como yo tenemos que comprar) y esto le llenaba la existencia, le hacía feliz. Posiblemente mucho más feliz de lo que yo atiborrando mi mente con conocimientos ajenos, no me sentía ni tan equilibrado, ni tan realizado, ni tan valioso como él.
Y honesto casi siempre, en más de una ocasión les dije a mis queridos tíos que les admiraba muchísimo. Les complacía esta confesión mía, mostraban contento, y dándome lecciones de humildad, me respondían que eran ellos los que me admiraban a mí por lo mucho que yo sabía... gracias a los libros que leía.
La realidad fue, que yo aprendí de mi tío Pascual y de mi tía Angustias cosas que han influido muy positivamente en mi vida, mientras yo no he sido capaz de enseñarles nada, ni siquiera a que leyeran otros libros aparte de “el mejor libro del mundo”.

(Copyright Andrés Fornells)