UNA CAMA LLORABA (MICRORRELATO)

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UNA CAMA LLORABA (MICRORRELATO)

Tomasito Molina era un joven, a partes iguales, juicioso y timorato. Se había enamorado perdidamente de Lucía Arriate y ella le correspondía. En los placeres de cama, a ambos les iba de maravilla. Pero mantenían absoluta discrepancia en un deseo ineluctable por parte de ella. Lucía Arriate quería que ellos dos se casaran por la iglesia (como Dios manda apuntillaba ella, aunque llevaba lo de la religión con bastante descuido), celebrar un banquete por todo lo alto con un gran número de invitados (pues ambos contaban con una numerosa familia) y, como le gustaban muchísimo los niños tener como mínimo tres de ellos y, si lo encontraban asumible, quizás sumar alguno más.

Y en una discusión que mantuvieron por este desacuerdo, más violenta e irreconciliable que las anteriores, él decidió que su relación terminaba allí, que ella se buscara a otro que se sometiera a sus exigencias, inaceptables para él.  
A partir de aquella rotura que los dos consideraron inevitable, Tomasito se mantuvo lejos de Lucía aunque sufriendo más que Sísifo (el castigado a empujar una enorme piedra cuesta arriba por una ladera empinada y antes de alcanzar la cima de la colina la piedra resbalaba hacia abajo y él tenía que empezar de nuevo desde el principio aquel espantoso suplicio).

Lucía sufría, con la pérdida del amor de Tomasito, el infrahumano suplicio de Tántalo, que era como estar metida dentro de un lago y no poder beber ni un sorbo de líquido con el que paliar su insoportable sed porque el agua huía cuando ella le acercaba su boca.

Transcurrió un tiempo.

Tomasito echaba tanto de menos a Lucía, y Lucía echaba tanto de menos a Tomasito que la vida había perdido para ambos todo el valor de ser vivida.

Algunos psicólogos aseguran que el orgullo y la tozudez suelen ser mayores en los varones que en las hembras. Quizás eso motivo que una noche, Lucía llamase al teléfono de Tomasito y entre lágrimas y dolorosos suspiros le suplicara:
—Vuelve conmigo, cariño. Vuelve conmigo que nos quedan todavía miles de locuras por cometer. Mi cama llora de tristeza sin ti. Y me es imposible consolarla.
Tomasito, tan anhelante como ella respondió sin perder un segundo:
—No podemos consentir una crueldad tan grande como esa de hacer llorar a una cama tan acogedora, consentidora y amable. No te muevas de ahí que vengo volando y entre los dos consolamos enseguida a esa bendita cama que tanto nos añora.
MIRALEJA: Aquí tienen una lección que debieran aprender todos aquellos que todavía no se han dado cuenta de que sabiendo ceder en algunas cosas y llegar a un acuerdo en otras, infinidad de camas acogedoras y consentidoras evitarían derramar sus tristes lágrimas.

(Copyright Andrés Fornells)

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