UNA HISTORIA CASI ENCANTADORA DEL TODO (RELATO)

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UNA HISTORIA CASI ENCANTADORA DEL TODO (RELATO)

Me hallaba perezosamente tumbado en el gimiente y destartalado sofá del salón leyendo un libro tan divertido que sus personajes principales vivían en un país donde no se pagaban impuestos y que además, sus gobernantes dejaban caer desde un helicóptero billetes de curso legal para que los fines de semana los felices ciudadanos de un país ficticio pudieran comprarse el divertimento que desearan.

¡Ring-ring!

De pronto el timbre de la puerta que daba a la calle sonó.

Me encontraba tan a gusto allí tumbado pasándomelo muy bien con aquella cómica, fantasiosa lectura, que cedí a la tentación de ignorar esa llamada y hacer creer al inoportuno, que yo no estaba en casa.

¡Ring-ring! ¡Ring-ring! —insistió el pesado que llamaba.

Me atacó el inoportuno temor de que pudiese tratarse de algo importante y tuviese malas consecuencias para mí negarme a saberlo. Dejé el libro entreabierto boca abajo sobre la mesa baja encima de la cual, como único adorno había un jarrón con comodísimas flores artificiales que no necesitan ni agua ni cuidado alguno y encima tienen la maravillosa cualidad de no ajarse nunca.

Abrí la puerta de bisagras alegremente chirriantes, y cuando vi al hermoso ser humano con minifalda y un top muy sensualmente abultado me alegré muchísimo de haber atendido aquella llamada.

—¿Puedo hacer algo por favorecerte, guapísima? —dije poniendo cara de seductor copiada de Brat Pitt.
—Oye, ¿es tuyo este gatito? Es que lo he visto sentado junto a la puerta —explicó ella.

Yo no los había visto en mi vida, ni a ella ni al felino que traía en sus manos bonitas de uñas moradas y que este último me estaba mirando con ojos interrogantes.

El animal y ella poseían dos preciosos ojos verdes. Pero ella además de los ojos tenía un cuerpo de esos que no necesitan, los hombres que merecen ese nombre, más de dos segundos para despertarles una desenfrenada excitación y asaltarlos todos esos ardientes deseos que tanto temen las mamás que tienen hijas solteras, y también hijas casadas con yernos desatentos y malos vigilantes.
—Claro que es mío el gatito —afirmé mintiendo con aplomo—. El corazón se me rompió cuando creí que lo había perdido. Gracias a Dios doy por haberlo encontrado tú, una chica honesta y cariñosa. Mira cómo se ha encariñado contigo que está apoyando, con total confianza su cabecita sobre tus generosos y turgentes senos. No me lo des todavía. Alárgale el placer que experimenta en tu compañía. Sentémonos juntos en el sofá —le invité.

A ella le encantó mi amable conducta. Cuando la tuve sentada a mi lado acaricié la cabeza del ronroneante animal que, en efecto, se mostraba muy complacido encima de su regazo.

Acaricié la cabeza de ese bicho peludo mientras manteniendo elevados los dorsos de mis manos, conseguía con ello frotar los prietos y muy bien proporcionados senos femeninos. Esta acción mía, los tipos cachondos que no siempre se reprimen y la practican conocen el recíproco placer que proporcionan.

Ella empezando a parpadear con fuerza, dejó escapar unos leves suspiros que denotaban le complacía mi descarada conducta.

Pero que aquella situación no podía eternizarse me lo demostró ella devolviéndome el gato y diciendo:

—Bueno, me alegra mucho haber podido entregarte a tu adorable gatito antes de que pudiese cogerlo alguien y llevárselo.

—Infinitas gracias por el favor tan inmenso que me has hecho —cogiendo al animal de sus manos—. ¿Cómo te llamas?

—Conchi.

—Yo, Valerio. ¿Vendrás a verlo todos los días, preciosa? Mi gatito te quiere ya tanto, como me quiere a mí. Habrás escuchado la musicalidad con que te ronronea todo el tiempo.

—Ciertamente, es un gatito precioso y ronronea deliciosamente —reconoció ella sin bajarse la falsa que habían mantenido algo subida todo el tiempo—. Vendré a verlo todas las noches, si tú me lo permites, a la salida de la oficina donde trabajo. ¿Cómo se llama tu gato?

Sorpresa —improvisé.

—Es un nombre muy original. Se nota que tienes imaginación.

—Cierto. No puedo quejarme. Tengo mucha. Tengo mucha imaginación.

Ella se fijó entonces en la frase que yo tengo tatuada en mi antebrazo izquierdo y la leyó:

Nadie de este mundo podrá quererte ni la mitad de lo que puedo quererte yo, preciosa. ¿Esto se lo dedicas a tu novia? —mostrando ávida curiosidad.

—No tengo novia. ¿Sabes? Esta frase me gustaría sirviese para ti.

Mis palabras la impresionaron. Se quedó un momento con los ojos muy abiertos al tiempo que con la lengua se humedecía unos labios tan apetecibles como un pastel de fresa. Los pasteles de fresa me gustan con locura. Yo me disponía a probar suerte degustando los tentadores labios suyos, cuando el gato me lo impidió arañándome la camiseta.

Conchi se puso de pie. Se bajó la falda y yo sentí el mismo desencanto que se siente en el cine cuando termina una película maravillosa con la palabra FIN.

El color de sus mejillas y el parpadeo nervioso de sus curvas pestañas mostraban turbación.

Cargado con el inoportuno gato en mis manos la acompañé hasta la puerta. Ella tenía la estatura ideal para mí: era diez centímetros más baja.

—Bueno, he tenido mucho gusto en conocerte, Valerio —dijo como si lamentara separarse de mí.

Entonces empleé un truco que, en otras ocasiones me había salido bien:

—¿Puedo considerarte una buena amiga?

—Por supuesto que sí --respondió enseguida.

—Mis buenas amigas y yo solemos despedirnos con un beso.

Sonrió tan pícara como yo y aceptó:

—De acuerdo. Hagámoslo así. Démonos un beso de amigos.

Yo no busqué ninguna de sus mejillas. Ella tampoco ninguna de las mías y, durante un instante sus labios y los míos se unieron. El instante fue tan breve que ella se separó de mí antes de que mi sedienta lengua pudiera abrirse paso y entrar en contacto con la suya.

Dos noches más tarde Conchi me visitó.  Fue en el momento mismo en que el gato que no era mío y el caniche blanco dejado al cuidado mío por mi madre todo el fin de semana en que ella y mi padre se fueron a pasarlo en Paris, se estaban peleando. Sorpresa plantándole cara a Tanio desde lo alto del respaldo del sofá, y él con sus patas delanteras en la mesa baja ladrándole furiosamente.

Cogí a Conchi de la mano y conduciéndola hacia mi dormitorio le dije con voz convincente, seductora:

—Esos dos están así, enfrentados, todo el día, pero no se hacen nada. Es su modo de divertirse. Vamos a mi dormitorio y allí gozaremos de paz, de tranquilidad, y te contaré la hermosa película que voy a filmar cuando me convierta en director de cine.

—¿Quieres ser director de cine? —Conchi mostrándome admiración.

—Quiero serlo y lo seré. Tengo una fuerza de voluntad invencible. Y cuando sea director de cine, tú serás mi actriz favorita. Y crearé para ti papeles estelares, que otras actrices matarían por conseguirlos.

Logré contagiarle mi ilusión. Conchi empezó a andar contoneándose como una vampiresa. Entramos en el cuarto. Yo cerré la puerta. Ella mostrándose expectante no se quejó de claustrofobia.

—Tranquila. Crearemos con nuestra imaginación un paraíso entero para nosotros dos —le aseguré de lo más convincente.

—¿Sobre qué se basará tu primera película? —Había conseguido tranquilizarla.

—Sobre el más bello de todos los sentimientos: el amor.

—Ciertamente, el amor es el más bello de todos los sentimientos —coincidió conmigo.

Colocados uno delante del otro, muy cercanos nuestros cuerpos la cogí de los hombros y la acerqué hasta que nuestros pechos entraron plenamente en contacto. Mi boca buscó la suya y la encontró a mitad de camino. Juntamos nuestros labios y por el modo tan apasionado en que ambos reaccionamos a continuación, tuve la absoluta certeza de que nuestra película, de momento, fuera de claquetas, iluminación especial, cámaras y ayudantes de dirección iba a ser un rotundo éxito.

Y como las mejores historias son como las monedas y tienen dos caras, la cara buena para nosotros dos era lo maravillosamente que lo pasábamos juntos, y la cara mala, especialmente para mí, los destrozos que causaban en el salón el gato que no era mío, y el perro que era de mi madre. (Copyright Andrés Fornells)

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