UN VAGABUNDO, MI PERRO TROYANO, Y YO (VIVENCIAS MÍAS)

UN VAGABUNDO, MI PERRO TROYANO, Y YO (VIVENCIAS MÍAS)

UN VAGABUNDO, MI PERRO TROYANO, Y YO

(Copyright Andrés Fornells)

En verano, algunos domingos por la mañana, mi perro Troyano y yo nos damos un paseo por la orilla del río Culebrín. Cuando nos cansamos de andar buscamos la sombra de alguno de los varios pinos que crecen cerca del agua. Allí, sentado yo, tumbado él con la lengua fuera y los ojos somnolientos se sume en reflexiones que me gustaría ser capaz de conocer.

Yo abro el libro que, cuando salgo de paseo siempre llevo conmigo metido en un bolsillo, y me sumerjo en su lectura. Es muy agradable sentir en la cara la cálida caricia del sol ascendente, la suave y aromática brisa, y el relajante murmullo del agua que suele correr mansa y, si no ha llovido recientemente, bastante clara.

De pronto, Troyano, mi perro, comenzó a gruñir advirtiéndome con ello de que alguien se acercaba a nosotros. Había abierto los ojos y elevado sus puntiagudas orejas. Dirigí la mirada en la dirección que apuntaba la mirada suya y descubrí a un hombre que, dentro del río nadaba en dirección al lugar donde nos hallábamos nosotros dos. No poseía un buen estilo y esto motivaba que su avance fuese lento y un tanto penoso. Pero no me dio en ningún momento la impresión de que tuviese dificultad en llegar a la margen donde nos hallábamos nosotros.

Pasados unos pocos minutos aquel individuo alcanzó tierra y salió del agua. Entonces reparé en que iba vestido. Llevaba un polo, unos pantalones largos e iba descalzo. Su pelo, largo y como apelmazado, le tapaba la frente y le entorpecía la mirada. Enseguida por el estado de sus ropas y su desaliño, entendí se trataba de un marginado.

Él pasó por delante de nosotros sin mirarnos, a pesar de que Troyano gruñó advirtiéndole que en caso de llevar malas intenciones, él tenía dispuestos sus fuertes dientes para su defensa y la mía.

El desconocido, demostrando cierta agilidad se subió a la copa del pino vecino al que estaba yo y quedó sentado en una de sus ramas. Solo entonces me mostró interés. Yo, que se lo había mostrado todo el tiempo, le mantuve la fijeza de la mirada y le dije amistoso, en tono humorístico:

—¿Siempre se baña usted vestido?

—A ver, no tengo casa ni lavadora. De ningún otro modo puedo lavarme la ropa que con el agua y la corriente del río —explicó mostrando cierta acritud.

—Entiendo. La ropa, si se la quita, se le secará antes.

—Ya. Pero es que no llevo calzoncillos y yo soy un hombre que conserva todavía vigente la virtud del pudor.

—¿Y se le seca la ropa más rápido subido en el árbol, que estando de pie en el suelo? —quise saber, pues yo pertenezco al grupo de los convencidos de que venimos a este mundo a aprender de los demás y el mejor sistema inventado hasta ahora, para saber, es preguntar.

—Tengo comprobado que sí —aseguró él.

Se abrió un silencio entre los dos. Yo no regresé a la lectura porque, después de haber conversado con él, me pareció un gesto de mala educación. Troyano había dejado de gruñirle. El hecho de haber hablado yo amistosamente con el desconocido, le daba a entender que yo no consideraba enemigo a aquel desconocido.

Yo había tenido tiempo en nuestro corto intercambio de palabras de darme cuenta de que aparentaba unos cincuenta años. Se hallaba muy flaco y en su boca existía un buen número de ausencias molares.

—Oiga —de nuevo me dirigió él la palabra—, ¿no tiene usted por ahí un bocadillo que le sobre? Se lo pregunto porque no he comido nada desde anoche y tengo mucha hambre, a lo mejor más hambre que usted.

Volví a prestarle atención. Me di cuenta de que su cara mostraba vergüenza. Parecía haberle costado mucho hablarme como me había hablado. Me compadecí de él. Las maldades humanas que he presenciado y sufrido también en mi persona todavía no han conseguido quitarme los buenos sentimientos.

—Mire, puedo darle 20 euros para que, en cuanto se le seque un poco más la ropa pueda usted ir a comer algo en una tasca modesta.

—¿Está dispuesto a darme ese dinero sin pedirme nada a cambio? —desconfiado, como si no acabase de creérselo.

—Pues claro. Somos seres humanos los dos y ante la necesidad de nuestro prójimo tenemos la obligación de ayudarnos los unos a los otros

—¡Vaya! Es usted uno de esos tipos raros que poseen todavía buenos sentimientos, y de los que cada vez quedan menos —se admiró él—. Gracias.

Descendió del árbol, alargó la mano y se hizo con el billete que yo le ofrecía. Una vez lo tuvo en su poder, inclinó su cabeza significando con ello agradecimiento, realizó medio giro y con prisa se separó de mí, quizás temiendo pudiera yo arrepentirme de mi buena acción y rectificarla.

Descubrí entonces que tenía rotos los pantalones por la parte de atrás y enseñaba su trasero. Si hubiese tenido más dinero conmigo, le habría llamado para dárselo. Confié en que su pudor le aconsejase comprarse, con parte del dinero que yo le había entregado, unos calzoncillos baratos made in China.

Como si hubiese leído mis pensamientos, Troyano lanzó al aire uno de sus ladridos que suenan como carcajadas. Me volví hacia él y no permití que se riera solo.

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