UN RÉCORD NADA ENVIDIABLE (RELATO)

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UN RÉCORD NADA ENVIDIABLE (RELATO)

Mercedes Puerta y Eustaquio ventana se habían enamorado locamente el uno del otro en el instante mismo en que sus ojos se cruzaron, se penetraron y deslumbraron.  Y, al minuto siguiente, se hicieron novios. Las familias de ellos dos estaban encantadas con esta relación, pues no habían conocido jamás a otra pareja que se demostrase y compartiese tan completo y desenfrenado amor.

Mercedes vivía con sus padres en una casa de dos plantas. Eustaquio, en cuanto disponía de un ratito libre iba a buscarla para salir juntos, y nada más entraba él en el vestíbulo de su vivienda, la mamá de Mercedes gritaba:

—¡Nena, baja, acaba de llegar tu enamorado!

Mercedes, que tenía su habitación en la planta de arriba bajaba las escaleras con la misma rapidez que un ratón huye de una escoba, y se lanzaba a los recios brazos de su amado que la recibía, daba un giro completo con ella en el aire y cuando la depositaba en el suelo los dos se premiaban el peligroso ejercicio realizado, con un beso ardiente lleno de pasión, de fuego amoroso, de sonoro chasquido.

La mamá de ella presenciaba esta escena y comentaba plenamente admirada, a familiares y amigos:

—Jamás presencié un amor tan extraordinario como el que existe entre estos dos jóvenes. Estoy asombrada y muy contenta porque él es un gran chico, guapo, trabajador y muy fuerte como demuestra al recibir el impacto violento del cuerpo de mi hija, sin caerse él de culo y lastimarse.

Los antiguos, que por carecer de tantos inventos actuales que entretienen, distraen y, en muchos casos idiotizan a las personas, al fijarse en ellos empleaban su experiencia, conocimientos y sabiduría adquiridos durante el tiempo que desatendían al progreso y a la tecnología solían decir: <<Tanto va el cántaro a la fuente que finalmente termina rompiéndose>>.

No fue un cántaro lo que se les rompió a los dos impulsivos enamorados sino cosas más personales y dolorosas. Os lo cuento por sí, como decían los antiguos: <<La experiencia es una llama que alumbra quemando>>.

Un martes marcado en el calendario con la cifra trece, Eustaquio llegó a casa de Mercedes. Pulsó el timbre tres veces.  La mamá le abrió la puerta con una sonrisa que le ocupaba toda la cara.

Eustaquio, zalamero, faltando descaradamente a la verdad exclamó:

—¡Hola! ¡Tengo a la futura suegra más bella y elegante de todo nuestro plastificado planeta!  

¡Muac, muac! Eustaquio plantó sendos ósculos en las risueñas mejillas de la mujer gorda y fea que, encantada, ruborizándose rebajó el piropo:

—Ay, futuro yerno mío siempre tan exagerado —Realizó medio giro su cuerpo sin cintura, convirtió en cuencos sus manos para subirse el sujetador y su contenido caído, dirigió la mirada hacia lo alto de la escalera y gritó—: ¡Merceditas, baja! ¡Ha llegado tu encantador enamorado!

Ya fuese porque estaban en primavera o porque había consumido una granada entera que, según aseguraban los antiguos la sangre altera, media docena de escalones antes de llegar al último de ellos Mercedes voló. igual que si se creyese un ángel con alas, en dirección a los brazos de Eustaquio que, por haber dormido mal la noche anterior, no estuvo tan rápido y eficaz como otras veces; el resultado fue que en la aparatosa caída que compartieron los dos, Mercedes se rompió la pierna derecha y Eustaquio se quebró la pierna del mismo lado.

Quien no los vio con piernas escayoladas andar cogidos de la cintura tan unidos y sonrientes hubiera interpretado que eran felices de estar accidentados y escribiendo palabras de amor en la escayola del otro.

Los papás de Mercedes, para que no se produjeran más roturas entre los dos enamorados cambiaron a su hija al dormitorio de la planta baja, y ellos ocuparon el dormitorio de la planta superior.

Al día siguiente, por la mañana, se cayó la mamá de Merceditas y, por la tarde su papá, quedando para la historia clínica cuatro personas que en una misma casa y en una misma semana reunieron cuatro piernas rotas.

(Copyright Andrés Fornells)