LA VIDA EN BROMA (II) (MICRORRELATO)
Era verano. El sol había alcanzado su achicharrante verticalidad. Hasta los mismos demonios, reconocidos expertos en altas temperaturas, de haberles alguien preguntado su opinión sobre aquel exagerado calor, habrían reconocido que hacía un calor endiablado.
Yo ocupaba una mesa en la terraza de un bar situado en la zona más céntrica, elegante de nuestra ciudad.
De pronto descubrí venían andando hacia el lugar donde yo me encontraba, Azucena, mi exnovia, acompañada de un dandi de metro cincuenta con bigote a lo Leonardo DiCaprio, traje Armani, zapatos brillantes como espejos y ese fruncimiento desdeñoso de morritos que caracteriza a quienes porque son ricos se creen grandes triunfadores. Azucena había roto conmigo cuando ese tipo que económicamente, comparado conmigo que mido casi dos metros de estatura, era un gigante, le tiró los tejos.
Azucena al verme solo, sintió el deseo de humillarme y le pidió a su “triunfador” sentarse cerca de donde yo me hallaba. Una vez estuvieron acomodados, yo saqué el pañuelo limpio que llevaba en el bolsillo superior de mi arrugada chaqueta y llevándomelo a la cara solté un chorro de sonidos que igual podían ser interpretados como sollozos que como carcajadas. Mi propósito era que ella entendiese lo primero y supe lo había logrado cuando mi exnovia, mirándome con regocijo sentenció en beneficio de su acompañante:
—Mira a ese pobre desgraciado. Es tal su desdicha desde que yo lo dejé por ti que, cualquier día terminará suicidándose.
Acababa ella de emitir este despiadado pronóstico sobre mí, cuando justo regresó de los servicios mi nueva novia, la recién proclamada Miss Planeta. Al verla sentarse delante de mí y mirarme con ojos de adoración, a Azucena le dio un patatús y quedó despatarrada en su silla, privada de todos sus sentidos.
Su atribulado acompañante evidenciaba no saber qué hacer frente a ese imprevisto. Le presté mi ayuda.
—No te dé asco, hombre. Hazle el boca a boca a ver si la reanimas.
El tipo, con no poca torpeza, me hizo caso. Después de juntar su boca a la de ella durante varios minutos Azucena recuperó la consciencia y falta de toda originalidad preguntó:
—¿Qué me ha ocurrido?
—Has tenido un pequeño desmayo —le informó su asustado acompañante.
Azucena se recuperó y entonces, temiendo que viéndonos a mi bellísima acompañante y a mí tan enamorados se desvaneciera de nuevo, compadecido de ella cogí del brazo a mi arrebatadora Miss y abandonamos aquel lugar cogido del brazo y acariciándonos con los ojos.
Soy un tipo vengativo, pero procuro no sobrepasarse en materia de crueldad. Y ya saben lo que dicen los optimistas: <<No hay mal, que por bien no venga>>.
(Copyright Andrés Fornells)