UN HOMBRE HABLÓ DE NUEVA YORK (RELATO)
Eugenio Terraza regresó de un viaje a Nueva York y todos sus amigos, mientras tomaban cerveza en el Bar Los Canarios quisieron saber qué fue lo que más le había impresionado de cuanto vio en su visita a la llamada también Gran Manzana.
—Bueno, me han impresionado infinidad de cosas. Esa ciudad es interesantísima. Por sus calles ves multitud de gente que parece escapada de representaciones teatrales por la forma tan original y extravagante que va vestida. También llaman la atención como llevan muchas personas vestidos a sus perritos. Los llevan vestidos de todas las formas posibles. De lores ingleses, de piratas, de gánsteres, de bomberos, etc.
—O sea que los neoyorquinos aman mucho a los perros —comentó uno de sus amigos que tenía cara de pitbull.
—Los neoyorquinos aman con locura a sus perros. En cierta ocasión acudí a un concierto para perros.
—¡Un concierto para perros! —exclamaron asombrados varios de sus oyentes—. ¿Y cómo reaccionaron esos animales escuchándolo?
Eugenio Terraza había aprendido de su visita a los Estados Unidos el arte del suspense. Esperó a que le sirvieran otra jarra de zumo de cebada. Con parsimonia le echó un buen trago y, cuando les tuvo a todos, incluidos camareros y la totalidad de los clientes y algunas moscas pendientes de él, dijo:
—La mayoría de los perros reaccionaron como yo.
—¿Y cómo reaccionaste tú? —quisieron saber todos los presentes, incluido uno al que todos tenían por sordo.
—Pues los perros y yo reaccionamos aullando de tristeza.
—¿Cómo que aullando de tristeza?
—Aullando de tristeza –afirmó, convincente, Eugenio—. La pieza que la sinfónica tocó, magistralmente por cierto, versaba sobre la perra vida que llevamos, además de los perros, muchos humanos también.
Su historia sorprendió tanto a los presentes que comenzaron a pagarle cervezas para que siguiese contando historias neoyorquinas.
Eugenio estuvo entreteniéndoles hasta la hora de cenar. Les habló de amores desgraciados entre caballos y amazonas, domadores y sus tigres devorándose a besos entre ellos suicidios de rinocerontes por la dramática pérdida de su bonito cuerno y de arañas que habían muerto de inanición al dejar de comer cuando perdieron a su amada pareja.
Los más amigos tuvieron que llevar a Eugenio a casa porque las numerosas cervezas consumidas se le habían depositado en las piernas y el peso de las mismas se las doblaba imposibilitándole caminar.
A partir de este hecho, muchos de los oyentes de sus historias comenzaron a ahorrar para poder tener la oportunidad de viajar y conocer esa extraordinaria, increíble ciudad llamada Nueva York.
(Copyright Andrés Fornells)