LO ANUNCIÓ UN HORÓSCOPO (MICRORRELATO)

LO ANUNCIÓ UN HORÓSCOPO (MICRORRELATO)

La luz del sol filtrándose entre los edificios, pintaba la acera de un color naranja pálido. El continuo ruido del tráfico lo acompañaba todo el tiempo. Anselmo, vestido con vaqueros oscuros y una camisa blanca y auriculares colgados del cuello camina al ritmo de paseo.

En dirección hacia él avanzaba también Simona, sin mostrar prisa alguna. Cubría su esbelto y sinuoso cuerpo un vestido color mostaza y una chaqueta vaquera abierta.

Simona acababa de recordar un comentario que su madre le había hecho aquella mañana, y una sonrisa divertida entreabrió sus labios:

<<Mira lo que pone esta mañana el horóscopo del periódico: Todas las jovencitas de dieciocho años en el día de hoy encontrarán el gran amor de su vida>>.

<<Ja, ja, ja, mamá, parece mentira que, a tu edad creas todavía en ese tipo de paparruchas>>.

De pronto el cuerpo de Anselmo con sus brazos abiertos la obligó a detenerse.

—¿Qué pasa contigo? —le preguntó ella mostrando indignación, parada a la fuerza, delante de este joven bien parecido que la miraba con embeleso.

—Por favor, sonríe de nuevo. Luce de nuevo la sonrisa más hermosa del mundo.

Ella perdonando el descaro de él por la genuina muestra de admiración suya, respondió desconcertándolo por completo:

—¿Sabes hacer el pino?

Él tardó algunos segundos en contestar. Fue el tiempo que necesitó para reconocer que ella no bromeaba en su petición.

—Vale. De más chico hacia el pino apoyando los pies en la pared —giró su cuello y añadió señalando con el brazo estirado —: Ahí tenemos una pared, acompáñame.

Ella dudo un momento. Aquello que le parecía una tontería se estaba alargando. Pero este chico le resultaba simpático y su curiosidad Simona la tenía siempre activa.

—Vale. Veamos si sabes hacer el pino, o eres solo un presumido como tantos.

Se acercaron los dos a la pared. Se detuvieron muy cerca de ella. Los dos jóvenes se miraron. En la cara de ambos apareció una amplia, divertida sonrisa.

—Ahora verás lo que yo soy capaz de hacer —anunció Anselmo.

Se situó a la distancia que consideró la adecuada, dobló el cuerpo hacia adelante, apoyó sus manos en el suelo y a continuación trató de despegar sus pies del suelo. Logró elevarlos solos unos pocos centímetros y quedó de nuevo a cuatro patas.

—¿Vamos a echar la mañana aquí? —burlándose ella.

—Al primer intento no lo logro nunca —se defendió él.

Se colocó como anteriormente y esta vez pudo mantener sus manos en el suelo y elevar sus piernas hasta terminar apoyando los pies en la pared y, entonces varias monedas cayeron desde uno de los bolsillos de sus pantalones vaqueros al enlosado de la acera.

Con voz cansada Anselmo quiso saber:

—¿Vale ya?

—Sí, vuelve a la verticalidad que se te ha puesto la cara roja como un tomate —ahogándose de risa Simona.

Ella le ayudó a recoger las monedas.

—Parece que eres un hombre rico —con voz jocosa, guasona.

—Sí, pero dejaré de serlo en cuanto me acompañes hasta una floristería que hay en esta misma calle y te compre yo la flor más bonita que escojas tú.

—¿Y vas a regalarme una flor sin pedirme nada a cambio?

—Sí te voy a pedir algo a cambio: que me sigas regalando el resto de nuestra vida tu maravillosa sonrisa.

Caminaron los dos hacía la floristería mirándose y sonriéndose todo el tiempo. Y cuando Simona recibió una rosa roja de las manos de Anselmo pensó en que, en contra de lo que había creído todo el tiempo, el horóscopo que había leído su madre podía ser realmente mágico.

(Copyright Andrés Fornells)

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