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CAPÍTULO I
El paso del tiempo había convertido la avioneta en un ave gimiente, decrépita, cansada de volar. Su vetusto motor apestaba a combustible quemado, la ruidosa hélice giraba vertiginosa
dentro de un eje peligrosamente holgado y, por las junturas de sus baqueteadas alas el óxido formaba sangrientas líneas. Alfred Olsson, el piloto que la gobernaba, era un noruego barbudo que
vestía un mono caqui desteñido y plagado de manchas. De joven había trabajado varios años para una compañía petrolífera mejicana donde aprendió a hablar español. Su aliento apestaba a alcohol. Celso Marán, a su lado, contemplaba fascinado el extraordinario espectáculo que le ofrecía
la zona del continente africano sobre la que estaban volando. Poblados de chozas pardas, ganado encerrado dentro de cercas hechas de espinos y barro, jacarandás en flor, grandes plantaciones de
té, café y tabaco, rojas cintas de tortuosos senderos de tierra, mujeres con vestidos de chillones colores caminando descalzas con grandes bultos encima de la cabeza y bebés colgados de sus espaldas. Grupos de niños corriendo y saltando. Hombres de pantalones cortos y camisetas desteñidas andando, montados en destartaladas bicicletas, tirando de rústicas carretillas y algún que otro vehículo a motor, viejo y ruinoso. Más allá del conjunto de chozas, el espejo reluciente de un
lago con hipopótamos asomando sus colosales cabezas fuera del agua; la gigantesca figura de una jirafa, bandadas de aves planeando, salpicando con sus sombras móviles la grisácea superficie líquida, y a lo lejos bosques de papiros y acacias. De pronto, el piloto descendió casi en picado.
Su temeraria maniobra permitió que su avioneta pasara a escasos diez metros por encima de la jirafa, que continuó comiendo indiferente.
—¡Estúpida! Antes se asustaba. Ahora ni se inmuta —masculló Olsson decepcionado, sin percatarse de que el asustado de verdad, por su temeraria acción, había sido su joven pasajero.
El aeroplano, con dificultad, protestando por el esfuerzo extra realizado, ganó altura de nuevo. Celso, consciente del riesgo que corría con el escandinavo, consideró más prudente no
entablar una discusión con él, pues por su aliento y su insensata conducta juzgó que se hallaba algo ebrio. Minutos más tarde pudieron disfrutar de otro espectáculo extraordinario. Igual que si hubieran abierto de pronto las puertas a un colosal zoológico apareció una riada de animales salvajes desplazándose por las verdes llanuras que rodeaban otro lago de mayores dimensiones que el dejado atrás. Familias de hipopótamos, manadas de impalas, ñus, gacelas, antílopes, cebras; interminable, frondoso bosque de acacias y numerosos mandriles con crías nuevas pasando con
admirable agilidad de unas ramas a otras; algunos de ellos se detenían un momento para alzar la cabeza y observar con ojos curiosos la avioneta. Varias gacelas levantaron también sus graciosas cabezas de astas encorvadas como liras para, a continuación echar a correr en círculos formando un atolondrado ballet.
—Esas sí se asustan siempre —comentó el aviador, torciendo una sonrisa.
Su acompañante guardó silencio. Tenía toda su atención puesta en un león de andares cansinos surgido después de sobrevolar la espesa arboleda. Era el primero que veía en libertad. Algunos cientos de metros más adelante avanzaban, también sin prisas, una pareja de rinocerontes acompañados de su cría.
—No se pierda esto —anunció de repente el nórdico.
Empujó el pringoso timón hacia adelante y la avioneta descendió buscando casi la verticalidad. Celso, ahogando a duras penas el grito de miedo surgido de lo más hondo de sus entrañas, se agarró con ambas manos al asa de la desencajada portezuela de la carlinga. El aparato pasó por
encima de un rinoceronte macho que furioso corrió resoplando en un inútil esfuerzo por alcanzar al rugiente artilugio volador.
—Un cabrón peligrosísimo —comentó Olsson recuperando altura paulatinamente—. ¿Sabe?, ese feroz animal puede darle, de una embestida, fácilmente la vuelta a cualquier vehículo que se ponga a su alcance. Si alguna vez sufre la carga de un rinoceronte, no trate de salir corriendo. Déjele que embista y, cuando lo tenga casi encima, échese rápido a un lado como hacen en tu país los toreros con los toros, y esa bestia pasará de largo y seguirá resollando durante un cuarto de milla para luego pararse preguntándose por qué no le ha cogido. Es el momento que
uno debe aprovechar para escapar de él. Pero si el que le ataca es un búfalo pídale al cielo que haya un árbol cerca y que ese árbol sea alto y robusto. El búfalo puede ser todavía peor enemigo que el rinoceronte.
Su joven pasajero, con las mandíbulas encajadas y tembloroso todavía, lo maldijo mentalmente. Aquel insensato no paraba de amedrentarlo desde que en el aeropuerto, tres horas atrás, subió a su destartalado aeroplano. «¡Estúpido loco! ¡Es muy capaz de matarnos a los dos en alguna de sus demenciales audacias!». Aumentó la fuerza del viento y también el inquietante vibrar de la veterana avioneta, especialmente el de sus alas. Celso consideró, angustiado, que ni el piloto ni él llevaban un mal paracaídas para el caso de necesitarlo. Una trampa tercermundista le tenía
preso y lo único que podía hacer era confiar en que la fatalidad no le golpease de nuevo. Sus oídos los tenía todo el tiempo pendientes del ritmo que marcaba el cascado motor, aunque sabía que, si se paraba, lo más probable era que se estrellaran contra el suelo o contra los árboles. Y él
quería seguir viviendo a pesar de la inmensa amargura que le corroía el alma. A su derecha mostraban su grandiosidad un grupo de montañas de color violeta y un pequeño río serpenteante. Bebiendo junto a una de sus orillas se hallaba una numerosa manada de impalas, a prudente distancia de unos aletargados cocodrilos. El tiempo transcurría lento, monótono. El piloto, ensimismado, mantenía el rumbo sin correr más riesgos. Alcanzaron por fin la agreste muralla rocosa que estaban viendo desde hacía horas. Avanzaron por encima de ella. La sombra de la avioneta se
repetía sobre la vegetación que iba cambiando del verde al amarillo. El aire perdió fuerza tras superar aquella serie de elevaciones. A partir de allí el panorama cambió por completo. Fue como si de repente acabaran de penetrar en otro planeta. El paisaje, millas atrás muy fértil, había cambiado por otro erosionado, inhóspito. Sabanas interminables, kilómetros y kilómetros de arbustos, cauces secos de ríos, grandes incisiones rojas, amarillas, blancas y el tétrico negror de una amplísima área de hierba y arbustos arrasada por un incendio reciente. Celso sintió adueñarse de él una profunda sensación de angustia. ¡La vida había desaparecido por completo de aquel lugar! Ningún ser vivo a la vista. Se volvió hacia su compañero de viaje. Escrutó su rostro abotagado, su inclinación de hombros, los párpados medio entornados, la cabeza oscilante, y temiendo que los ojos del nórdico se cerraran del todo y ambos terminasen muertos, le dio conversación aunque no le apetecía:
—¿Ha hecho usted muchas veces este mismo viaje, señor Olsson?
El interpelado sacudió la cabeza. Enderezó el cuerpo. Abrió algo más sus párpados
—Llevo cinco años repitiendo semanalmente este mismo recorrido. Podría realizarlo con los ojos vendados —fanfarroneó.
—¿No ha pensado nunca en dedicarse a una profesión menos peligrosa que la de aviador?
Superada de momento la somnolencia, el escandinavo soltó una carcajada seca.
—Tengo sesenta y tres años, amigo. Demasiados años para empezar nada nuevo. Lo único que puede uno esperarse a mi edad es un maldito infarto que lo borre del mundo de los vivos. ¡Je, je, je!
Su disgustado pasajero se mordió la lengua para no decirle que tripulando con tanta imprudencia igual no necesitaría ningún infarto, pues era muy capaz de matarse él solo, y deseó que ese fatídico día no fuera el presente.
—¡Qué seco se ve todo, señor Olsson!
—Muy poco es lo que puede sobrevivir a cuatro años de absoluta y jodida sequía —contestó, lúgubre—. Las sequías como la actual son muy frecuentes en esta zona y causan terribles hambrunas en las que muere gran número de personas y animales.
Sobrevolaron una cadena de pequeñas colinas casi rozándolas, provocándole a Celso otro sobresalto más. Empezaron a perder altura.
—¿Qué ocurre ahora? —preguntó, asustado de nuevo.
El escandinavo agitó su canosa cabeza, anunciando tras un gran bostezo:
—Estamos llegando.
Ante ellos tenían una extensísima explanada en la que se veía un viejo y ruinoso hangar, y al lado de éste una choza indígena.
—¿Esto es el aeropuerto de Boruni? —inquirió Celso, incrédulo.
—Así es —afirmó Olsson sin apartar la vista del terreno hacia el que se precipitaban velozmente.
Transcurridos unos pocos segundos se produjo un golpe violento que arrancó siniestros crujidos al viejo aeroplano cuyas chirriantes ruedas daban saltos sobre la superficie desigual del suelo y finalmente se detuvo muy cerca de las dos construcciones. Del fuerte pecho de Celso escapó
un hondo suspiro de alivio. Continuaba con vida. Alfred Olsson, esbozando una mueca burlona, manifestó sarcástico:
—Ya no tiene nada que temer, amigo. Relájese, que está más tenso que una ballesta.
—¿Esto es Boruni? —de nuevo su pasajero, incrédulo, considerando la posibilidad de que el otro le estuviera gastando una broma pesada.
—Sí, esta misérrima región de África se llama Boruni. No conozco otro Boruni.
Paró el asmático motor. La hélice quedó vertical como un signo de exclamación. Celso abrió la puerta y saltó al suelo. Sentía sus piernas entumecidas. A continuación se hizo con su voluminosa maleta. Olsson sacó del portaequipajes dos enormes sacas y un par de grandes,
pringosos bidones de plástico llenos de gasolina, depositándolo todo sobre el polvoriento suelo rojizo. Después escupió y dijo a su todavía atónito viajero:
—No se esperaba lo que están viendo sus ojos, ¿eh, amigo? El día que se arrepienta de haber venido y quiera regresar a la civilización deje aviso aquí, a Abhué, y si sigo vivo para entonces le devolveré al lugar de partida. Vengo aquí una vez cada semana.
Remató Olsson lo que acababa de decir señalando con su brazo estirado al negro que se aproximaba tirando de una rústica carretilla con dos bultos encima. El nativo llegó junto a ellos. Después de dedicar una blanca y tímida sonrisa a Celso, intercambió con el nórdico, en el habla
de aquella región unas palabras mientras éste vaciaba ya uno de los dos bidones de gasolina dentro del depósito de su avioneta. Aumentándole por momentos el desánimo, la mirada de Celso recorrió aquella interminable extensión de terreno yermo, desolado, que llegaba hasta una lejana
cadena de colinas pardas. Una carretera estrecha y mal asfaltada lo cruzaba. «¡Dios mío! Esto es mil veces peor de lo que nunca llegué a imaginar». El hombre de color había metido dentro de la
avioneta los bultos traídos por él y colocado sobre su carretilla las dos enormes sacas recibidas del piloto. A continuación se llevó la carretilla hacia su choza. Sus movimientos cansinos estaban muy de acorde con el mortecino paraje donde vivía.
—Suerte, joven. Le hará falta —deseó el escandinavo.
Dicho esto soltó una carcajada sarcástica. Subido de nuevo a su avioneta mantuvo acelerado el motor durante algunos segundos y después se dirigió a toda velocidad hacia el hangar. Cuando parecía que iba a chocar contra él, levantó el vuelo, pasando a poco más de dos metros por encima. A continuación realizó un amplio círculo y se alejó por donde había venido. Celso le siguió con la vista hasta que desapareció en la inmensidad celeste. El tórrido sol atravesaba ya su cuero cabelludo y tenía la sensación de que le había comenzado a derretir los sesos. Sacó de su gran maleta el sombrero de fieltro que traía y se cubrió la cabeza. A continuación echó un buen trago de limonada de la botella de plástico que llevaba en su bolsa de mano. El líquido estaba calentísimo. Exteriorizó una mueca de asco. Había comenzado a sudar copiosamente. «Desde luego, quería escapar al último rincón del mundo, y en él estoy. Espero no haber cometido el segundo mayor error de toda mi vida». Se pasó la mano por la cara sudada. Pretendió con este gesto borrar, además de la transpiración, las escenas dolorosas que comenzaban a inundar su mente. Lo consiguió de momento. En la carta que le habían enviado ponía que alguien lo recogería en el pequeño aeropuerto de Boruni. Nadie lo había hecho aún. ¿Y si se habían olvidado de él? Esta incertidumbre aumentó su desasosiego. La necesidad de orinar, durante largo tiempo contenida, se le volvió apremiante. Decidió hacerlo, por pudor, al amparo del hangar, colocándose de manera que no pudieran verle desde la cercana vivienda. Terminada la micción regresó junto a su
equipaje. Descubrió de pronto que un vehículo se acercaba por la carretera. Se trataba de un jeep. Cuando le vio girar supuso que venía a por él. El único ocupante del todoterreno era un hombre de color que le dedicó un gesto amistoso con la mano, pero no se paró junto a él sino que lo hizo justo delante de la choza. Celso caminó hacia el vehículo. El conductor se bajó, sin prisas. Del interior de la vivienda salió una mujer muy delgada, pechugona y de elevada estatura. Ambos comenzaron a charlar dirigiendo a Celso continuas miradas curiosas, pero sin dirigirle la palabra.
Su actitud, unida al inhóspito entorno despertó en el joven blanco un sentimiento de vulnerabilidad. Moscas pegajosas, atormentadoras, habían empezado a atacarle. Se defendió de ellas con bruscos movimientos de sus manos y muecas de fastidio. El chófer del jeep era un hombre corpulento, de facciones aplastadas. Su cabello ensortijado comenzaba a platear por la parte de las sienes. Aparentaba unos cuarenta y cinco años. Por fin se apartó de la flaca mujer, fue hacia él y entonces le dijo en un español comprensible.
—¿Señor Marán?
—En efecto. Ha venido usted a recogerme, ¿verdad?
—Sí. Mi ser Kwoyo. Nosotros marchar enseguida.
Celso esbozó una sonrisa que pretendió amable. Fue a ofrecerle su mano, pero el otro le había dado ya la espalda para atender al negro de la carretilla que traía una saca. A Celso le pareció una de las dos que el piloto nórdico le había entregado, aunque abultaba bastante menos. El negro
llamado Kwoyo la metió en el asiento de atrás del sucísimo jeep. Respondiendo a su indicación, Celso colocó también allí su voluminosa maleta y bolsa. Frunció el ceño, preocupado, al examinar con atención el automóvil. Era un desecho peor, por lo deteriorado, que la avioneta del noruego Alfred Olsson. Mostraban numerosas roturas las cubiertas de sus ruedas, un sinfín de abolladuras la carrocería de pintura muy dañada y los desgastados asientos exponían partes de sus rellenos de espuma. En el lugar civilizado del que él provenía, este cochambroso vehículo no lo
habrían querido ni para el desguace. Experimentó auténtica alarma. Si antes había pasado miedo con la baqueteada avioneta del nórdico, ahora le ocurría lo mismo con este deteriorado coche.
«Aquí voy a vivir en continuo peligro y debo mentalizarme para afrontarlo todo el tiempo. Este es otro mundo. El tercer mundo», se dijo.
—Marchar ahora, señor Marán —le anunció el chófer.
Celso se acomodó a su lado en el otro asiento delantero. Se dio cuenta enseguida de que el nativo no hacía uso del freno de mano, y se figuró que lo tenía roto. Antes de arrancar, Kwoyo entreabrió sus carnosos labios en una amistosa sonrisa y dijo, amable:
—Bienvenido a Boruni.
El joven blanco le devolvió la sonrisa.
—Gracias. Gracias, Kwoyo —poseía una excelente memoria para los nombres.
Se pusieron en ruta. Buena la velocidad, aunque imposible de averiguar cuál era pues la aguja del velocímetro, rota, daba saltitos dentro de la agrietada esfera de control. Llevaban recorridos algunos cientos de metros cuando la carretera comenzó a empeorar, los trechos no asfaltados a hacerse más largos y los numerosos baches más profundos. El coche levantaba a su paso
una nube de polvo que lo seguía convertida en estela rojiza. Celso comprendió la razón por la cual Kwoyo mantenía las ventanillas del coche cerradas. Pretendía evitar que el polvo exterior pudiera entrar, aunque ello contribuyera a aumentar la alta temperatura de su interior. Ambos
hombres guardaron silencio durante los primeros kilómetros. Se observaban con disimulo, a hurtadillas. Pero se cansaron pronto de este ejercicio. La curiosidad inicial de Celso acabó en tedio. Se quitó el sombrero y lo colocó sobre sus rodillas. Luego secó con el pañuelo medio empapado
ya su frente sudada. Su compañero de viaje conducía risueño, ensimismado. Parecía no afectarle en absoluto el continuo zarandeo que sufrían a consecuencia del irregular terreno por el que avanzaban y tampoco el exagerado bochorno reinante. «Veremos qué tal soporto el tórrido clima
de este pobrísimo y remoto rincón de África», especuló el joven blanco. De pronto, Kwoyo le señaló dos figuras moviéndose sobre la requemada sabana.
—Mirar allí, señor Marán. Elefantes. Elefantes escapados de reserva Matuka.
Celso localizó de inmediato a los dos enormes paquidermos avanzando por la llana y despoblada lejanía. Se hallaban demasiado distantes para poder verlos tan bien como hubiera deseado. Había leído algunas cosas sobre la reserva Matuka. Turistas procedentes de muchos países
ricos acudían con sus cámaras fotográficas, sus aparatos de vídeo, además de los cazadores dispuestos a probar su destreza, su puntería y su valor matando animales salvajes. Quiso saber si se hallaban cerca de este relevante lugar.
—No cerca. Lejos. Reserva Matuka, lejos, lejos. Esos animales escapados allí.
Durante varios minutos, Kwoyo explicó a su compañero de viaje, a menudo soltando sus
manos del volante —para la natural intranquilidad de éste—, con su defectuoso español, cargada de profundo rencor la voz, que aquella extensa reserva situada en la parte más fértil de la nación, muy abundante en agua, había pertenecido desde tiempo inmemorial a su etnia, los boruni, hasta
que treinta años atrás el Gobierno los había echado de sus tierras y convertido aquel magnífico territorio en reserva de animales salvajes para disfrute de grupos de turistas y cazadores blancos. Éstos sólo aprovechaban de los animales que mataban, la cabeza, la piel y poco más, dejando que se pudriera la casi totalidad de su carne mientras miles y miles de personas, en las zonas más pobres del país, morían de hambre. Celso se imaginó a algunos de estos cazadores, ricachones caprichosos de caras rubicundas, estrenando equipos caros, botas relucientes, almidonadas
chaquetas monteras, cartucheras nuevas, presentándose delante de los cazadores profesionales —hombres bronceados cubiertas sus cabezas por anchos sombreros luciendo en ellos tiras de piel de leopardo o de león, armados de rifles de gran precisión y dotados de extraordinaria puntería y
coraje—, solicitándoles el tipo de animales salvajes que deseaban cazar para exponer luego estos cotizados trofeos en sus lujosas viviendas y provocar con ellos la admiración, cuando no la envidia, de amigos y conocidos. Los favoritos de la gran mayoría de ellos serían, seguramente, por su enorme tamaño los elefantes. Procurando mostrarse amables, los profesionales de la caza les informarían que a los paquidermos debían dispararles entre el ojo y la oreja en el caso de estar parado el paquidermo y en el pecho o las rodillas si éste los atacaba. Ellos, los profesionales de la
caza, se ocupaban de contratar los porteadores, los ayudantes, instalar los campamentos… Sobre sus hombros caía también la responsabilidad, la preocupación de procurar protección al cliente que ha pagado una pequeña fortuna para que pase lo que pase pueda regresar vivo del safari y con
los trofeos codiciados.
—Para Gobierno asesino, divisas más importantes que personas —concluyó Kwoyo, amargado, brillantes de rencor sus ojos saltones, un rictus despectivo curvando sus gruesos labios.
—¿Y ninguno de vuestros jefes se rebeló cuando os echaron de vuestras tierras? —quiso
saber Celso, muy indignado por lo que estaba escuchando.
—Nuestros jefes muy furiosos. Protestar. Protestar mucho a representante Gobierno. Entonces soldados coger presos jefes y nunca nadie saber ellos. Quizás asesinados. Gente mucho
asustada. Ya nadie más protestar, y los boruni repartirse por el país.
—Por desgracia siguen existiendo los tiranos asesinos —lamentó su pasajero.
—En tu país no tiranos asesinos.
—Ahora no. Pero también los tuvimos en el pasado.
Los dos grandes elefantes estaban desapareciendo en el cegador horizonte. Habían cambiado de rumbo. Una especie de tenue bruma envolvía el sol dándole cierto parecido con un colosal huevo frito.
—Van rápidos esos animales —reconoció Celso.
—A más de cuatro millas por hora. Difícil para hombre seguir. Ellos poder oler hombre cientos metros distancia.
Celso pensó que era mucho lo que tendría que aprender sobre aquel país, sus gentes y sus animales salvajes. Kwoyo le contó que dos años atrás un elefante perdido apareció cerca de Ngoe, el poblado del que él provenía; lo mataron a lanzazos y durante varios días pudieron saciar su hambre comiendo carne hasta casi reventar. Los huesos del paquidermo tomaron la precaución de enterrarlos, pues el gobierno tenía prohibido a los nativos matar animales salvajes e infligía terribles castigos a quienes no respetaban esta prohibición.
—Tabuhé único cazarlos. Tabuhé gran hombre. No miedo castigo.
La admiración demostrada por el africano, despertó la curiosidad de Celso.
—El que acabas de nombrar, ¿es el jefe de ese pueblo que has dicho?
—Sí, Tabuhé jefe y hechicero de Ngoe.
Una serie de socavones tan profundos que amenazaron descoyuntar el vehículo, les sumió en un forzado silencio. Celso recordó, mientras observaba de reojo a Kwoyo cuyo semblante permanecía impasible, la conversación mantenida con el ingeniero holandés compañero de asiento del Boeing cogido en Madrid. Al principio del viaje, los dos charlaron amistosamente. Hasta que aquel hombre supo por su boca los motivos humanitarios que lo llevaban a África y cambió inmediatamente su actitud, pues manifestó, despectivo, que los negros no merecían que nadie se
preocupase de ellos. Él los conocía muy bien, afirmó. Había montado una pequeña empresa minera en Nairobi y aquellos estúpidos, vagos salvajes, le hacían pasar las de Caín para conseguir que resultara rentable su negocio. En su opinión, aquella gente tenía la suerte que merecía, pues era la única culpable de la miseria, las muertes prematuras y las enfermedades que sufría, por no controlar su exagerada natalidad y su innata vagancia.
—Crean con su estulticia e irresponsabilidad, miseria y problemas de todo tipo, que luego esperan les solucionemos los países civilizados y prósperos.
Celso se enfadó con aquel fanático racista por sus filípicas argumentaciones y por el desprecio expresado. Perdió su templanza habitual y le dijo que él era quien menos podía despotricar
contra aquella pobre gente ya que se estaba aprovechando en beneficio propio de la escasa riqueza que todavía poseían, y encima les explotaba. El neerlandés enrojeciendo de ira le dirigió una mirada fulminante. Por un momento creyó que iba a golpearle. Esperó su agresión dispuesto a
responderle de forma adecuada. Por convencimiento y profesión no era persona violenta, mas lo de poner la otra mejilla no iba con él. Pero su antagonista se lo pensó mejor y dando media vuelta marchó hacia la cola del aparato donde había asientos libres. De pronto, Celso descubrió junto a
un arbusto espinoso una serpiente medio erguida. Quiso llamar la atención del conductor sobre ella, pero desapareció tan rápido entre la hierba amarilla que fue vista y no vista. Desistió de mencionarla. No se creía capaz de describirla. Unos metros más lejos divisaron a poca distancia de la carretera un cuantioso grupo de buitres disputándose los restos de un animal muerto. Quiso Celso hacer un comentario sobre aquellas aves carroñeras que a él se le antojaban asquerosas, mas en aquel momento una de las ruedas del vehículo se metió dentro de un profundo socavón y
el jeep salió despedido hacia arriba provocando que las cabezas de sus ocupantes dieran contra el techo. El joven blanco se cogió con ambas manos de la guantera. El chófer se hizo con el dominio del vehículo nada más se posó de nuevo sobre la infame calzada. Dándose cuenta del sobresalto sufrido por su pasajero, Kwoyo soltó una carcajada divertida.
—No temer nada, señor Marán. Kwoyo muy buen conductor. Pocos accidentes. Otros conductores, muchos.
—Me alegra oírlo.
Celso pensó que su padre, en situación parecida, habría usado la misma frase. ¡Qué preocupados quedaron él y su madre! Los dos eran contrarios a la decisión que había tomado de pasar una temporada en un remoto y paupérrimo rincón del continente africano. Aún sonaban en sus
oídos las temerosas palabras de su angustiada madre: «Ay, ten mucho cuidado, hijo de mi alma. Mucha de esa gente a la que tú quieres ayudar está salvaje todavía. Son numerosas las monjas y misioneros a los que han pagado todo el bien recibido de ellos, matándolos». También su hermano se mostró preocupado. Él les tranquilizó lo mejor que supo. Prometió no moverse de la misión ni correr riesgos. Ninguno de ellos mencionó a Victoria aunque la tendrían muy presente en su pensamiento. Para huir de la tortura que significaba recordarla, Celso preguntó al chófer la
primera cosa que pasó por su cabeza:
—¿Se ha encontrado alguna vez frente a frente con un león, Kwoyo?
—Dos veces.
Sacó pecho el nativo y su rostro de ébano adquirió una expresión de orgullo.
—¿Qué hizo usted, Kwoyo, huir corriendo todo lo más rápido que pudo?
Rechazó el hombre de color este supuesto quitando sus manos del volante, para desasosiego de su pasajero.
—No, huir. Si tú correr, león correr más. León correr más que hombre. Mejor quedar quieto o alejar despacio y mirar ojos león, sin miedo. Y para defender de elefante furioso, gritar fuerte. Hacer ruido mucho. Nunca huir. Si huir, elefante perseguir y muerte segura.
—Hay que tener mucho valor para hacer lo que dices, Kwoyo —admiró Celso.
—Valiente vivir, cobarde morir. No otra cosa.
—Lo tendré en cuenta. Gracias por la información.
El africano alzó sus poderosos hombros haciéndose de nuevo con el volante, para tranquilidad de su preocupado compañero de viaje. Aquel paisaje reseco y deprimente terminó por aburrir a Celso. Lo único que alteraba la monotonía de las llanuras eran los arbustos grises con sus largas
púas blancas y muy de tarde en tarde el diferente color que procuraba un baobab. Abatió los párpados. Estaba cansado y tenía sueño. Había llegado a la metrópoli de aquel país africano al atardecer del día anterior. Durante el largo recorrido por la ciudad tuvo ocasión de conocer la parte más céntrica y comercial donde, gratamente sorprendido, vio algunos hoteles de lujo, rascacielos modernos, plazas, avenidas con jacarandás en flor, magníficas tiendas y oficinas. Pero luego se adentraron por los suburbios y la diferencia que allí existía le impactó de manera brutal: casuchas, chabolas inmundas, callejones estrechos, sucios, hediondos; gente harapienta, mutilada, esquelética; chiquillos desnudos, viejos moribundos. El motel donde le llevó el taxista resultó ser un cuchitril infecto, regido por un rubicundo inglés de mediana edad. Haciendo de tripas corazón
aceptó quedarse allí y compartir cuarto con otros dos hombres desconocidos, ambos de color, uno de los cuales roncaba con mayor potencia que una tuba tocada con entusiasmo. Celso pasó una
noche terrible. Abrió los ojos al notar que Kwoyo reducía bruscamente su marcha al tiempo que hacía sonar con violenta insistencia el claxon. Dos chiquillos desnutridos ocupaban el camino con la docena de reses esqueléticas que conducían. Los animales se movían con extrema lentitud.
Iban en busca de alguna charca lejana, pestilente, que tuviera todavía unas briznas de hierba y unas gotas de líquido que les permitieran sobrevivir algún día más. A golpes de vara, los chicos consiguieron sacar a las escuálidas reses fuera de la carretera. El chófer pudo de nuevo pisar a
fondo el acelerador para que el vehículo recuperase la velocidad perdida. Era la tercera vez que se repetía la misma escena.
—¿Por qué son siempre niños y no hombres los que llevan el ganado de un lugar a otro? —quiso saber Celso.
—Hombres ser guerreros —zanjó, un tanto seco, el africano.
—Pero ahora no hay guerra en este país. No hacen falta los guerreros.
—Hombres que ser guerreros querer siempre ser guerreros.
Rotundo, aspereza en la voz. No deseando enojar al indígena, el joven blanco optó por callar lo que pensaba sobre las costumbres ancestrales de muchas pequeñas comunidades de aquel país. Según sus informes, en esas comunidades los hombres defendían sus poblados, cazaban,
pescaban —si existían posibilidades para ello—, talaban los árboles, preparaban el terreno para sembrar y les sobraba mucho tiempo para holgazanear mientras las mujeres se ocupaban de todos los trabajos de la casa, criar a los hijos, cultivar la tierra y no les quedaba tiempo libre alguno.
Celso supuso que las monjas de la Misión estarían tratando de cambiar aquellas injustas costumbres ancestrales, en las que las mujeres cargaban con la mayor parte del trabajo familiar. Se estaban acercando a una aldea de chozas de forma circular situada al borde de la carretera. Observó el
joven blanco que una gran extensión de terreno a su alrededor aparecía deforestada. La pobreza de una tierra que no daba para más de una o dos cosechas seguidas obligaba a una continuada tala de árboles para poder sembrar en tierra virgen y esto conducía a una desertización irremediable.
Una vez cortados y quemados los árboles, plantaban sobre las cenizas, un método de fertilización de los más arcaicos. Pero ¿qué otra cosa podían hacer aquellas pobres gentes sin fertilizantes, sin insecticidas y enfrentados a la terrible catástrofe de cuatro años de inmisericorde sequía? Un puñado de niños desnutridos y zarrapastrosos salió fuera de sus pobrísimas viviendas para agitar en su honor los largos y flacos brazos. Éstos parecían cañas negras agitadas por el viento. Muchos sonreían, aunque en los grandes ojos de sus cadavéricos rostros brillaban el sufrimiento y la desesperanza. Celso les devolvió el saludo y consideró, viendo su mísero aspecto y amistosa conducta, que merecían ser ayudados. Kwoyo les dedicó un par de sonoros bocinazos. El poblado quedó
atrás. Con un pañuelo, cada vez más sucio y mojado, Celso trató de secar el sudor que todo el tiempo chorreaba por su semblante. Continuaron circulando por aquellas rectas interminables sin cruzarse con vehículo alguno. El cuentakilómetros tampoco funcionaba. Imposible saber cuántos
kilómetros llevaban recorridos. Se repetían los arbustos, las extensiones sin límite, uniformes, entre el gris y el amarillo. No había árboles grandes que rompieran aquella lisa superficie. Sólo allá, en la lejanía, alteraba la homogeneidad la línea borrosa de unas colinas. Hubo un momento
en que a Celso le agobió la impresión de que aquel paisaje deprimente duraría ya siempre, igual que una pesadilla sin fin. No soplaba viento ni para mover una hoja. Impacientándose por momentos inquirió:
—¿Falta mucho para llegar a la Misión, Kwoyo?
—No mucho. Llegar pronto.
Unos kilómetros más y el conductor abandonó la deteriorada carretera para adentrarse por un camino todavía más polvoriento e infernal. Avanzaron otra interminable hora hasta que surgió una cuesta pronunciadísima. La bordeaba por su lado derecho, justo el ocupado por Celso, un
precipicio casi vertical y muy profundo. El vetusto jeep inició penosamente la ascensión. Su motor, emitiendo inquietantes ruidos, metió el miedo en el cuerpo del joven blanco convencido de que si el vehículo llegaba a detenerse rodarían sin remedio a lo más hondo de aquella rocosa sima
y encontrarían la muerte. Sabía que el freno de mano no funcionaba, y el otro apenas tampoco. Debía tener sus suelas muy desgastadas. Prodigio era, además de todo lo anterior, que los deterioradísimos neumáticos hubieran resistido tanto tiempo sin reventar. A saber la cantidad de años
que aquel cacharro no había sido sometido a revisión. Decidió no permitir que lo paralizara el pánico. El miedo a morir ha matado a muchos hombres que pudieron haberse salvado. Tenía más posibilidades de salir vivo ahora que si se hubiera estrellado la avioneta que lo trajo. Con todos
los sentidos agudizados al máximo cerró su mano derecha sobre la manija de la puerta. Cuando el todoterreno no pudiera avanzar más y se viniera atrás, él abriría la portezuela y lo abandonaría.
Los segundos se le hicieron eternos. Notaba una extraña sensación de irrealidad, un violento martilleo en sus sienes. En cambio, su corazón parecía haberse detenido. Sentía un doloroso ahogo dentro del pecho. El coche avanzaba cada vez con mayor dificultad y lentitud. La impasibilidad
que mostraban las oscuras facciones del africano tenía perplejo a Celso. Lo juzgó un inconsciente. Evitó hablarle. Distraer su concentración en aquel difícil momento podría precipitar las cosas. Debía prepararse para saltar. Con la velocidad del rayo desfilaron por su cabeza, como tantas
veces le contaron otros, los sucesos más importantes de su vida. ¡Con enorme dolor los últimos de ellos! El vehículo llegó a un punto que apenas ganaba terreno. Celso miraba obsesivamente la profundidad rocosa, donde podía encontrar la muerte si no conseguía agarrarse a algún arbusto o
saliente rocoso que evitase que cayera al fondo del abismo junto con el viejo jeep que avanzaba ya centímetro a centímetro. Más lento imposible. Los segundos se le hacían eternos. Burlando su voluntad, mil temblores de miedo sacudían su cuerpo. ¿Por qué ahora le importaba tanto vivir?
Recordó dramáticos momentos de su pasado cercano cuando había pedido a la muerte que viniera a por él. Celso no llegó a saltar. Una fuerza misteriosa le mantuvo paralizado, incapaz de tomar la decisión final. El cochambroso automóvil, con torturante lentitud, eternizando el tiempo logró lo que a Celso le pareció un milagro: alcanzar la cumbre. Escuchó de nuevo latir su corazón. Estaba empapado de sudor. Miró, incrédulo, al impertérrito chófer y pensó que a partir de entonces confiaría ciegamente en él. Circularon a continuación por terreno llano. Una hiena enflaquecida y
famélica cruzó rauda por delante del coche. Estuvieron a punto de atropellarla. No tardó en perderse entre la agónica arboleda. Kwoyo, obrando todo el tiempo como si no hubiera advertido el pánico sufrido por su pasajero, le explicó que este animal carroñero, en aquella zona se hallaba al borde de la extinción. Tenía demasiados enemigos. El peor de todos ellos ya no era el hombre, sino el hambre. Explicó que las mandíbulas de las hienas eran más poderosas que las de ningún otro animal salvaje. Las hienas con sus poderosísimas mandíbulas podían hasta atravesar el fémur
de un elefante.
—Procuraré evitar encontrarme con alguna de ellas.
Le costó a Celso imprimir naturalidad a su voz.
—Hienas ser cobardes —despreció el africano— pero muy peligrosas en grupo. Temer hasta leones y leopardos.
Llegaron al final de aquel bosquecillo de árboles muertos de sed y entonces se ofrecieron a su vista varios edificios de sencilla construcción situados delante de un bosquecillo de blancas
acacias En lo más alto de la mayor de las rústicas construcciones sobresalía una gran cruz de madera.
—La Misión —supuso Celso.
—La Misión —confirmó el chófer.

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