AL HERRERO LE GUSTABA EL CANTE (HISTORIAS ANTIGUAS)
Por aquel entonces yo era un mocoso de cara sucia, pantalón corto y camiseta harta de lavados y que nunca crecía a la vez que yo, quedándoseme por ello muy estrecha. Había aprendido, de la vida algunas cosas y reconocía me quedaban millones de ellas por aprender
Yo me había fijado en que si el herrero se presentaba al trabajo despeinado significaba que tenía mal día y lo mejor era no acercarse a él, pero si se había peinado hacia atrás después de haberse mojado y aplastado el pelo significaba que andaba bien de ánimo ese día.
Tuve que esperar al viernes para atreverme a llegar junto a él y cantarle a una distancia prudente: Dicen de los labios de las mujeres que son rosas rojas, y el perfume de sus besos embriagan el alma de quien los besa.
Nada más solté al aire la primera estrofa, él dejó de golpear el hierro que estaba retorciendo y serviría para barrote saliente de una reja, y se me quedó mirando con la pupila brillante y la boca entreabierta.
Cuando terminé alargando la estrofa final del estribillo, clavó en mí sus ojos amansados y me elogió a medias:
—No tienes muy buena voz, pero pones el alma en el cante.
—Cada cual pone en lo que hace, lo mejor que tiene. Usted, a base de golpes convierte el hierro en arte.
La adulación mía lo enterneció y dijo:
—¿Quieres un par de clavos de tartana?
Los clavos de tartana eran los mejores de todos para hacer bailar la peonza. Pero esta vez no era eso lo que yo pretendía obtener de él.
—No, ahora no es época de hacer bailar la trompa —le informé—. Me han contado que tiene usted la perra preñada.
—Preñada la tengo. ¿Y…?
—Pues que... si no tiene todos los perrillos comprometidos, igual podría guardarme uno para mí —hormigueándome la timidez, los hombros.
—Igual podría —entrecerrando los ojos, gesto que por su parte equivalía a afecto—. Pero tendría que venir tu madre a pedírmelo.
—Ahí está la dificultad, que ella no sabe que quiero un perrillo de los suyos.
—Pues tendrá que saberlo. Lo entiendes, ¿no? Las mujeres son muy suyas, muy persuasivas.
—Se lo pediré, a ver. Pero no confío en que acepte.
—Pídeselo de todas formas --ansioso él.
El herrero dejó de mirarme para comenzar a darle al martillo con todas sus ganas. Y como siempre trabajaba en camiseta sin mangas pude admirar durante unos pocos segundos esos bíceps suyos tan musculosos, y desear tenerlos yo igual cuando me convirtiese en hombre.
Al Herrero le gustaba mi madre. A otros hombres también les gustaba ella. Yo lo sé por cómo les brillaban los ojos cuando la miraban pasar por la calle y por la duración de sus miradas.
Pero nunca ninguno de ellos tuvo nada que rascar con ella. Mi madre lo decía con orgullo, y todos la creían, porque desconocía la mentira, que ella era mujer de un solo hombre, y perdido éste ningún otro tenía entrada en su vida. En eso de tener pareja, mi madre era como las palomas: una para toda la vida. Otras mujeres son como las perras: que vienen diez a ellas, y con esos diez se aparejan. (Copyright Andrés Fornells)
Si te ha gustado el relato que acabas de leer quizás también te guste leer mi libro MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR disponible en AMAZON pulsando este enlace: https://www.amazon.es/dp/1549582801
