LA NIÑA QUE DIBUJABA FLORES EN LA TIERRA (MICRORRELATO)
La niña había nacido con una sensibilidad muy especial y una extraordinaria admiración y amor por las flores. Continuamente empleaba mucho de su tiempo de ocio dibujándolas en el pequeño patio de su casa. Y lo hacía así igual cuando hacía buen tiempo como mal tiempo.
Su madre, pensando en su salud, trataba de encauzarle esta apasionada afición:
—Las flores dibújalas dentro de casa. Te compré libretas y lápices de colores para que puedas hacerlo así, librándote del calor del sol del verano o del frío del invierno.
—No quiero hacer eso, mamá —rechazaba la pequeña—. Para dibujarlas, necesito verlas y olerlas. No te enfades conmigo, mamá. Eso me hace feliz y no le causo daño a nadie.
—Yo te pido que no lo hagas porque puedes enfermar. Sé que pintas flores hasta cuando llueve y puedes enfermar por culpa de la mojadura.
—No te preocupes por mí, mamá. Si es mi destino que enferme por pintar flores, enfermaré y hasta enferma seré feliz. ¿Tú no quieres que yo sea feliz, mamá?
—Claro, hijita mía. Que seas muy feliz en lo que yo más quiero en el mundo —reconoció la madre incapaz de imponer su sensatez, incapaz de contrariarla, de entristecerla—. Pero los días de lluvia no quiero que salgas al patio a dibujar flores.
Y los días lluviosos, si ella estaba en casa, a su pequeña no la dejaba salir fuera. Y su hija se quedaba todo el tiempo junto a la ventana con una expresión muy triste en su cara viendo como el agua que caía borraba todas las flores dibujadas por ella. A menudo, este hecho le causaba tanta tristeza que lloraba en silencio, que es la forma más dolorosa de llorar.
La niña se llamaba Margarita, tenía seis años y crecía delgada y débil. Se resfriaba con suma frecuencia y por eso su madre evitaba, siempre que estaba en casa que ella se mojase. Pero esta buena mujer y su pequeña se mantenían de lo que ella ganaba trabajando muchas horas en una pequeña fábrica de confección textil, y cuando se hallaba ausente Margarita la desobedecía y aunque lloviese salía al patio a dibujar sus flores.
Y finalmente ocurrió lo que aquella buena madre temía. Su hijita enfermó por el frío y las lluvias que sufrió su delicado, delgadito y débil cuerpo. La muerte, que no se apiada de las súplicas de las madres que va a destrozar de dolor, se llevó con ella a la niña que era inmensamente feliz viendo, oliendo y dibujando flores.
Los vecinos dijeron de la desesperada madre que el dolor causado por la pérdida de su pequeña la volvió loca, pues los días de lluvia esta inconsolable mujer salía al patio de su casa y dibujaba sobre la tierra flores que protegía con su cuerpo para que el agua que caía no pudiese borrarlas.
Un día los vecinos la encontraron muerta cubriendo con su cuerpo el dibujo de una gran margarita. Y lo que más asombrados les dejó fue la sonrisa de felicidad que mostraba su ajado rostro.
Uno de esos vecinos, que era poeta, dijo lo siguiente de esa sonrisa de la fallecida:
—Esta buena mujer sonríe porque acaba de poder reunirse con su amada hija.
La madre de la niña Margarita se llamaba Ángela. (Copyright Andrés Fornells)
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