HECHIZOS DE AMOR IMPREVISIBLES (RELATO)

HECHIZOS DE AMOR IMPREVISIBLES (RELATO)

Prima Merche es una chica inteligente, honesta y sensata. Pero en una sociedad en la que de las mujeres se valoran cualidades más excitantes, como son un buen par de pechos, una cintura estrecha que sabe moverse sinuosamente, unas nalgas voluptuosas y unas piernas bien torneadas, ella por no poseer en su lineal figura ninguna de estas cualidades eróticas, no encontraba lo deseado por ella hasta la desesperación: un novio. 

Prima Merche, por tener con él más confianza que conmigo, le contó a nuestro mutuo primo Olegario la causa de la infinita amargura que arrastraba. Olegario, compadecido de ella, ofreció ayudarla.

—¿Cómo puedes ayudarme tú, primo Olegario? —quiso saber ella.

—Me han hablado de una prestigiosa bruja llamada Estrella Matutina, que en materia de relaciones amorosas obra prodigios.

Prima Merche era muy asustadiza. Lo misterioso y las películas de terror le aterraban hasta el punto de causarle incontinencia. Pero su apremiante necesidad de encontrar a alguien sobre el que poder volcar la inmensa montaña de amor que contenía su corazón, la animó a dar aquel paso. Acordó, telefónicamente, con aquella famosa maga, día y hora en que la recibiría.

Cuando estuvo en presencia de la bruja, prima Merche se tranquilizó. Aquella mujer cercana a los cincuenta años, corta de estatura y regordeta, tenía pinta de pacífica ama de casa bonachona. Viéndola, nadie podía imaginar que fuese capaz de realizar magias y prodigios. Escuchó los deseos de prima Conchi mostrándole una sonrisa de ama de casa a la que han dado la buena noticia que el gobierno ha conseguido dejar la inflación a la cifra cero. Y muy cariñosa le propuso:

—Querida muchacha, yo conseguiré que encontrar novio para ti, sea tan fácil como encontrar guisantes dentro de una vaina recién arrancada de su mata. Tráeme una fotografía de la persona que quieres se enamore de ti. Encima de esa fotografía dibuja dos círculos con sangre menstrual tuya. Averigua la dirección de la casa donde vive esa persona que deseas se convierta en tu novio y, cuando hayas reunido todo eso vuelve aquí con ello, yo realizaré mi trabajo y transcurrido muy poco tiempo la persona de la fotografía llamará a la puerta de tu casa.

—Yo puedo averiguar la dirección del hombre que quiero para novio, pero ¿cómo averiguará él la dirección mía?

—Cuando la sepa yo, la dirección tuya, se la transmitiré a él telepáticamente.

Dos días más tarde prima Merche volvía a la consulta de la bruja Estrella Matutina y le entregaba la fotografía y la dirección del hombre que deseaba tener de novio.  El elegido por ella era Olaf Rasmusen, un afamado actor de cine escandinavo, alto, atlético y tan bello como un dios griego.

La hechicera cogió la fotografía, la miró con indiferencia y preguntó a la expectante prima Merche:

—La sangre conque has dibujado los dos círculos pertenece a tu menstruación, ¿o has hecho como algunas vergonzosas muchachas que, queriendo engañarme has usado sangre de pollo?

Enrojeciendo hasta la raíz de sus cabellos prima Merche afirmó:

—Es sangre mía no de un pollo.

—Si es así, todo funcionará a la perfección. Ahora dame la dirección de ese divo del celuloide escandinavo y también la dirección suya —Prima Merche le procuró ambas direcciones. A continuación, la maga le aseguró—: Dentro de una semana tendrás a ese guapo actor llamando a la puerta de tu casa.

Transcurrida una semana, primo Olegario se hallaba en casa de prima Merche. Muerto de curiosidad la había visitado para preguntarle si había funcionado el hechizo de la bruja Estrella Matutina.

—Todavía no —dijo ella sin ocultarle el pesimismo y la decepción que se estaba adueñando de ella—. Veremos qué pasa. Ya que has venido, prepararé té para los dos.

—Estupendo. Y añade al té un par de esas pastas tan ricas que haces tú.

Acababa de entrar ella en la cocina cuando sonó el timbre de la puerta.

—Mira quien es —le pidió prima Merche—, y si es un vendedor deshazte de él diciéndole que no necesitamos nada porque tenemos de todo.

Olegario fue hasta la puerta y, al abrirla, se encontró con un joven de metro noventa de estatura, musculoso, de facciones bellísimas y los ojos más azules y brillantes que el buen Dios ha puesto en la cara de ser humano alguno.

El galán nórdico le sonrió encantadoramente y con voz apasionada le dijo en un español entre meloso y gutural:

—Mi amor, qué feliz soy de verte.

—Pasa y siéntate —le indicó Olegario muy turbado, acompañándole hasta el sofá del salón, y una vez allí le gritó a su prima—: Me voy, Merche. Acaba de llegar la visita que esperabas.

Olegario se dirigió a la puerta, la abrió de nuevo y se marchó, convencido de que la bruja había cumplido perfectamente lo que prima Merche le había encargado. Pero en aquel asunto había un hecho que lo había turbado extraordinariamente, y fue la mirada amorosa que le había dirigido el guapo actor y sus cariñosas palabras: <<Mi amor, qué feliz soy de verte>>.

Debido a que había tenido el transistor de la cocina puesto, prima Merche no había escuchado lo que primo Olegario le había dicho, ni tampoco su salida, encontrándose de pronto, al regresar al salón, para maravillada sorpresa suya, con el guapísimo artista sueco, que la observaba desconcertado. Soltó ella encima de la mesa del tresillo la bandeja que traía y embelesada le dijo a su tan anhelado visitante:

—Soy Merche. Me hace inmensamente feliz que hayas venido junto a mí, Olaf. Vamos a ser, juntos, los novios más dichosos del mundo.

Al escuchar el nombre de ella, él reaccionó con las mismas palabras conque había saludado a Olegario:

—Mi amor, qué feliz soy de verte.

*       *      *

A partir de aquel momento prima Merche se consideró más dichosa que nadie, aunque Olaf mantenía todo el tiempo en su bello rostro la expresión de alguien que actúa de un modo robótico, obedeciendo órdenes que nadie visible le daba. Ella atribuyó su aturdimiento a que él necesitaba de un tiempo para asimilar el extraordinario hecho de haber dejado su país para reunirse con ella y amarla, sin haberse conocido ellos dos anteriormente.

El tercer día de haber permanecido juntos sin salir de casa ni un solo minuto y pasado la mayor parte del tiempo en el dormitorio, el silencioso Olaf dijo:

—Merche, me gusta pasear y sentir el calor del sol sobre mí.

—Lo entiendo, cariño —comprensiva prima Merche—. Vamos a vestirnos y una vez vestidos saldremos a la calle. Hacer todo el tiempo lo mismo, termina cansando un poco. No es mi caso, pero puedo entender que sea el tuyo.

Salieron a la calle cogidos del brazo. Mucha de la gente que se fijaba en ellos quedaba admirada de la extraordinaria belleza del actor escandinavo. Algunos, cayendo fácilmente en la crítica perversa pensaron: <<¿Qué habrá hecho esa tía tan fea, para hacerse con la voluntad de ese hombre increíblemente hermoso?>>.

Olaf y prima Merche llegaron al Parque Central. Debido al día tan bueno que hacía, este magnífico lugar se hallaba abarrotado de gente disfrutando de sus caminos, sombreados por grandes árboles llenos de susurrantes hojas y de pájaros cantores. Un aire adormilado repartía el perfume que le entregaban las flores de los jardines.

—Este lugar es genial —reconoció el actor inspirando con fruición—. Esta parte donde estamos ahora, especialmente, me recuerda el parque Slottsskogen de mi país.

—Quiero que me lleves a verlo, muy pronto —caprichosilla ella.

—Verlo muy pronto —dijo él, con actitud ausente como solía estar la mayor parte del tiempo.

De pronto, al llegar ambos al espectacular surtidor de los Diez Caños, rodeado de admiradores que lo fotografiaban, se encontraron allí con Olegario. En cuanto Olaf lo vio sufrió una inmediata transformación. Su rostro irradió inconmensurable felicidad, recorrió la corta distancia que los separaba y se abrazó a Olegario diciéndole con voz y actitud apasionada:

—Te amo. He recorrido más de tres mil kilómetros para reunirme contigo. Y por fin te he encontrado.

Dándose cuenta de que prima Merche los estaba observando boquiabierta de asombro, primo Olegario se resistió en un primer momento a la ardiente pasión que le demostraba el astro escandinavo.

—Estás equivocado. No es a mí a quien debes amar, sino a mi prima Merche aquí presente —señalándola.

Olaf no le escuchaba, repitió algo que llevaba indeleblemente fijo en su cerebro.

—Yo sabía cuando vine a tu país, que en la calle la Cebolla Alegre número trece me encontraría contigo, el hombre predestinado para ser el gran amor de mi vida.

Los dos jóvenes se miraron a los ojos, intensa y profundamente, y Olegario sintió por Olaf, lo mismo que Olaf sentía por él, y cogiéndolo cariñosísimamente del brazo echaron los dos a andar alejándose de prima Merche, que acongojada e incrédula gritó con voz quebradiza:

—¡Olaf, Olegario! ¿Os habéis vuelto locos?

Los dos hombres, pendientes totalmente el uno del otro no la oyeron, tampoco oyeron a la gente que los rodeaba ni a los pájaros que trinaban en las ramas de los árboles; vivían ya ambos en el paraíso suyo, el que ellos acababan de crear.

Prima Merche se quedó llorando desconsoladamente, atribuyendo lo sucedido a la trampa realizada por ella con los dos círculos sobre la fotografía, pues por motivos de pudor, en vez de sangre suya había empleado sangre de un pollo.

Un joven cuyo atractivo físico no era como para mostrarle él agradecimiento alguno a la naturaleza, compadecido de ella se le acercó con un pañuelo limpio y entregándolo le dijo:

—Nada de este mundo merece que unos ojos tan bonitos como los tuyos derramen lágrimas.

Prima Merche sufrió el estallido de un sollozo dentro de su plano pecho y abrazó al hombre compasivo, con la misma desesperación que un náufrago se asiría a una tabla salvadora.  

Si finalmente termina en boda la historia de estos dos hombres, y parecida unión cristiana entre prima Meche y el compasivo desconocido, lo contaré más adelante. Yo espero que terminen bien ambos romances porque me encantan los finales felices.

(Copyright Andrés Fornells)

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