ESTO ES EL AMOR (RELATO)

ESTO ES EL AMOR (RELATO)

Un chico y una chica paseaban. Hacía el suficiente viento para alborotarles el pelo y, a ella obligarla a colocar ambas manos a la altura de los muslos para que no le levantase la falta. Él, riendo, le decía:

—Quita las manos y alégrame la vista.

—¡Que no, descarado! —ella riéndose también.

—Bueno, pues metámonos en ese portal —propuso él.

—Vale, pero solo un momentito, ¿eh? —ella adivinándole la intención

Entraron en el portal riendo todavía.  No había nadie allí. Ella apoyó la espalda en la pared. Sus ojos brillaban, su boca se entreabría anhelante. Él dobló su cuerpo hacia adelante, sus ojos brillaban también y su boca se entreabría anhelante. Bebiéndose mutualmente el aliento unieron sus temblorosos labios. Retozaron sus lenguas. El beso fue largo, apasionado, amoroso. Tardaron en separarse todo el tiempo que pudieron resistir. Se separaron jadeantes.

—¿Te das cuenta? —dijo él.

—¿De qué debo darme cuenta? —quiso saber ella.

—De que esto es el amor.

—Me gusta muchísimo el amor.

—Lo mismo me pasa a mí.

Y confesaron que nunca se habían sentido tan felices como en aquel momento. Salieron del portal cogidos de la mano. Ella, con la mano que le quedaba libre impedía que se le subiese la falda, él con la suya libre echaba su pelo hacia atrás porque flagelándole los ojos le impedía verla bien a ella.

Transcurrieron veinte años.

Ella y él seguían juntos. Era un domingo por la tarde, estaban sentados en el salón de su casa. Sus hijos les habían dejado solos. No hablaban. Sus rostros reflejaban cansancio.

De pronto, él hablo mostrando preocupación:

—¿Qué te pasa, Aurora? Te noto desanimada, melancólica.

—No sé. A veces me flaquea el ánimo. Veo el presente tan complicado y el futuro tan amenazador.

—Yo te fortaleceré ese ánimo.

—¿Sí? ¿Cómo? —escéptica ella.

—Ponte el abrigo. Nos vamos a la calle.

—Se ha levantado viento —observó ella viendo por la ventana agitarse las ramas de uno de los árboles que ornamentaban la acera.

—No importa. Te sujetas la falda como has hecho tantas otras veces.

El tono jocoso de él logró se formara una media sonrisa en el rostro de ella. Con los abrigos pasados de moda, puestos, abandonaron el apartamento. Caminaron a ritmo de paseo. Pasaba gente por su lado sin mirarlos y sin que los mirasen ellos. Vivían ambos en una sociedad egocéntrica y poco amistosa. El viento alborotaba sus cabellos. Caminaron un buen trecho. Él señaló de pronto la puerta de entrada a un bloque de apartamentos que alguien había dejado abierta.

—Entremos ahí —propuso él tirando del brazo de ella que lo siguió sin saber qué motivaba la repentina decisión de él.

No había nadie dentro del pequeño vestíbulo. El ascensor está parado allí. En un gesto cariñoso él colocó sus dos manos sobre los hombros de ella y presionándolos suavemente la hizo retroceder hasta conseguir que apoyase sus espaldas en la pared. Ella empezó a figurarse la intención de él.

—Estás loco —dijo con voz queda.

—Sí, loco por ti. Nunca olvides lo que hemos sido el uno para el otro a lo largo del tiempo, y lo que debemos seguir siendo.

Se besaron. Al principio sin mucho entusiasmo, pero poco a poco la pasión cansada reavivó los rescoldos inextinguibles y surgió de nuevo una hoguera. Cuando les faltó el aire se separaron. Jadeaban. Se miraron hasta lo más hondo. Sus ojos habían recuperado, momentáneamente, el brillo perdido.

—¿Te das cuenta?

—¿De qué debo darme cuenta?

—De que esto es el amor.

—Me gusta muchísimo el amor.

—El amor es lo más maravilloso de la vida.

—Cariño, tú y yo coincidimos siempre en lo que de verdad es importante.

Cogidos de la mano salieron a la calle donde el viento seguía siendo un molesto protagonista. Sin necesidad de decírselo, inician el regreso a su hogar. La ternura, cuando se mezcla con la pasión despertada, no necesita de testigos ni tampoco los quiere.

(Copyright Andrés Fornells)

 

 

 

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