ELLA SE LE QUEDÓ ENCERRADA EN EL ESPEJO (RELATO)
Rómulo Vega era un joven extremadamente romántico, sentimental y soñador. Por su seriedad y eficiencia era muy bien valorado en la empresa de empaquetado donde estaba empleado. Su no asistencia al trabajo durante toda una semana, sin dar explicación ninguna extrañó al encargado de su sección y lógicamente decidió averiguar las causas de su absentismo laboral. Llamó repetidas veces al teléfono suyo y Rómulo no lo cogió.
Muy preocupado por él, este hombre se acercó a su domicilio, pulsó repetidas veces el timbre de la puerta, y tampoco obtuvo respuesta. Preguntó a los vecinos y estos le dijeron que ciertamente llevaban varios días sin verlo. Uno de los vecinos le dio el número de la madre de Rómulo Vega y lo acompañó de un comentario:
—Desde que lo abandonó su mujer, Rómulo está muy raro. No nos devuelve el saludo, anda como sonámbulo y no hace caso de nada ni de nadie.
La madre de Rómulo Vega atendió inmediatamente la llamada del encargado de la empresa empaquetadora que se mostró amable y cauteloso con ella:
—Verá, soy el jefe de su hijo Rómulo. No quiero alarmarla pero por primera vez, en los dos años que su hijo trabaja con nosotros, lleva una semana entera sin acudir a su trabajo. Llamo a su teléfono y no lo coge. He venido al bloque de pisos donde él tiene alquilado uno, y los vecinos me han asegurado que ellos llevan varios días sin verlo. Si tiene usted llave del apartamento de su hijo podría acercarse a ver si le ha sucedido algo, o se ha marchado a alguna parte. Cuando sepa algo sobre qué le ha pasado, tenga la amabilidad de comunicárnoslo.
Afligida de inmediato, la madre de Rómulo Vega manifestó:
—Gracias por preocuparse por mi hijo, señor García. Marcho inmediatamente hacia la vivienda de mi hijo —decidió, angustiada, la madre de Rómulo —. Mi pobre hijo estaba tan enamorado de su estúpida mujer, que desde que ella lo abandonó está muy trastornado.
Tras dos horas de viaje, en autobús, la preocupadísima madre de Rómulo llegó al apartamento suyo. Prudente, llamó a la puerta, esperó un par de minutos y como esta no se abría, la abrió ella con la llave que su hijo le había entregado mucho tiempo atrás. Lo primero que vieron sus ojos fue lo sucio y abandonado que estaba todo. Prendas de ropa en el sofá, en el suelo, muchos platos y cubiertos sucios en la mesa del salón-comedor. El miedo a una posible tragedia invadió su corazón. ¿Encontraría a su hijo muerto?
Abrió la puerta de su dormitorio y allí estaba él, delgadísimo (llevaba más de una semana sin comer) sentado en una silla delante del gran espejo del armario ropero, inexpresivo su rostro y con los ojos extraviados, fijos en la brillante superficie azogada.
—¿Qué te ocurre, hijo de mi alma? —le preguntó profundamente asustada por su depauperado aspecto, solícita, arrodillándose a su lado.
—Nada. No me ocurre nada, mamá. Estoy aquí con Alba. La tengo encerrada en el espejo y no quiero separarme un instante de él para que ella no pueda cumplir su amenaza de marcharse y dejarme solo. La quiero tanto que, si la perdiera, me moriría de tristeza.
La pobre mujer, rompiendo en sollozos, se puso a buscar en su móvil el número de un psiquiátrico.
(Copyright Andrés Fornells)