EL FALSO MILAGRO DE UNAS RAYAS (RELATO NEGRO)

EL FALSO MILAGRO DE UNAS RAYAS (RELATO NEGRO)

EL FALSO MILAGRO DE UNAS RAYAS

 

(Copyright Andrés Fornells)

        Almudena entró en un bar de mala muerte, en el que olía a humanidad que no cuida su higiene, a café y a alcohol. Aunque llevaba los ojos abiertos andaba con pasos vacilantes, inseguros, como una sonámbula. Pero el trastorno que ella padecía no era de sueño, sino de otra índole.

        Sus ojos rodeados de negras ojeras, hundidos en su rostro macilento y sucio, no miraron a nadie. Todas las personas reunidas dentro del local eran invisibles para ella. Se dirigió directamente al cuarto de baño, tropezando con clientes que la insultaron y a los que ella ignoró.

        Su cuerpo entero era un sísmico temblor, una descomposición total. Sus piernas a duras penas la sostenían, sus brazos colgaban inactivos a los costados de su figura esquelética, fantasmal. Su nariz goteaba, sus ojos lloraban y mil tics atormentadores actuaban por su cuenta en distintas partes de su cadavérico rostro desfigurándolo.

         Almudena maldijo. Aquel cochambroso establecimiento, situado en un barrio marginal solo contaba con un cuarto de baño y éste se hallaba ocupado. Sus brazos recobraron repentina movilidad, se doblaron por los codos y presa de la desesperación que se transmitía a todo su ser se puso a aporrear la puerta con sus puños. 

      —¡Date prisa, coño! ¡Es una emergencia…! —logró farfullar, escapando maloliente saliva por entre la mueca que dibujaba su boca torcida.

      —Vale, vale. Ya salgo —con disgusto una fina voz femenina, desde el otro lado de la puerta.

       Transcurrió un minuto que a la drogadicta le pareció eterno, y por fin la puerta se abrió. Ni la dio tiempo a la otra chica a que saliera del todo por sí misma pues de un brusco empujón la echó a un lado.

        No escuchó la protesta de la avasallada. Le importaba una mierda. Le importaba una mierda el mundo entero. Únicamente lo que llevaba encerrado en su mano derecha merecía suprema importancia. Cerró la puerta. Iluminaba el diminuto cuartucho una bombilla de luz mortecina colgada del techo. Abrió sus infirmes piernas quedando el sucio inodoro entre ellas, y apoyó ambas manos en la pringosa superficie de la cisterna. Cerró un momento los ojos porque un repentino mareo le había enturbiado la visión. Los abrió de nuevo. Parpadearon repetidamente sus párpados de pestañas apelotonadas por las legañas. El peligro de perder parte del tesoro que le significaba el polvo blanco envuelto en un papelito de seda le prestó, durante unos breves segundos, algo de firmeza a sus dedos.

        —Como se me caiga al suelo voy a cagarme en todos los dioses del cielo —masculló al tiempo que secaba su goteante nariz en la manga de su mugriento vestido y sorbía su mucosidad para adentro.

         Volcó el contenido de la papelina encima de la cisterna, tras haber limpiado su superficie con la misma manga que limpió un momento antes la secreción viscosa de sus membranas mucosas, pero esta vez por la parte de abajo.

          Lamió la papelina antes de tirarla al suelo. Sacó del bolsillo de su puerca falda el no menos sucio cilindro de plástico de un bolígrafo. Con el dedo índice formó dos rayas en la cocaína depositada, se lo chupó y a continuación acercó el tubito de plástico y aspiró la nieve dos veces con todas sus fuerzas. El veneno le abrasó la deteriorada nariz.

          Almudena agitó violentamente la cabeza, sus apelmazados cabellos le flagelaron las mejillas. Se dejó caer de culo sobre la tapadera del váter y quedó a la espera de que su organismo asimilara la droga absorbida.

         Le pareció que tardaba una eternidad en hacerle efecto. Y por fin produjo dentro de su cerebro el estallido violento y miles de luces rojizas la deslumbraron, y una sonrisa-mueca apareció en su boca llena postillas. Cerró los ojos. Un bienestar extraordinario se iba adueñando de toda su persona. No tenía más penas, ni preocupaciones, ni amarguras. Había penetrado de pleno en el universo de la máxima felicidad. Se había obrado en ella, otra vez más el milagro. Unos pensamientos cobraron en su mente más fuerza que todos los demás:

        <<Le entregué mi alma al demonio. ¿Y qué? ¿Qué puedo perder que no haya perdido ya? Además, con lo que es mío hago lo que me sale del coño. ¡Pues eso! ¡A la mierda el mundo entero!>>.

         Sentía además de bienestar, optimismo. Durante un par de horas se encontraría maravillosamente bien. Sería dueña absoluta de un fascinante paraíso, hasta que la echaran de él los enemigos de su felicidad y se viera de nuevo en el infierno torturador y despiadado de la necesidad de más droga.

       Se puso de pie. El suelo se movía. Se movía como las olas de la orilla de la playa en la que de niña su madre la llevaba cogida de la mano. Su madre a la que había matado a disgustos. Le pidió perdón, mentalmente, y se sintió mucho mejor.

        Abandonó el cuarto de baño y andando tambaleante y con los brazos extendidos al frente consiguió que la gente se apartase de su camino dejándola pasar. Y ella se burlaba de ellos con una risa ronca, de loca.

        Salió del establecimiento y sin preocuparle el rebaño de vehículos que circulaba por la calzada abandonó la acera con la intención de cruzar la calle.

         No llegó al otro lado. Un vehículo frenó pretendiendo evitar atropellarla. No lo consiguió. La joven drogadicta voló por los aires. Todavía sonreía, pues el dolor del golpe y el placer producido por la droga había formado dentro de su muy deteriorado organismo una simbiosis perfecta. Cuando aterrizó sobre el pavimento estaba muerta. Había muerto como era de esperar: viajando por su falso paraíso artificial.

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