DOS MADRES DESDICHADAS (RELATO)

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DOS MADRES DESDICHADAS (RELATO)

Carmen y Nuria, dos mujeres cercanas a los cincuenta, cuando en la terraza superior del inmueble donde ambas viven se encuentran solas tendiendo ropa para que se seque se hacen confidencias. Ni la una ni la otra se han cuidado físicamente por lo que sus figuras femeninas convertidas en amorfas han perdido la mayor parte del atractivo que, en su juventud, poseyeron.

—Es espantoso lo que acabas de contarme—escandalizada la primera de ellas.

—Espantoso a más no poder. Vivo un sufrimiento y una amargura continuos —mostrando acuosidad en sus párpados, la segunda.

—Ninguna madre quiere vivir la desdicha de que a su hijo lo metan preso por tráfico de droga.

--¿La condena es la misma de la vez anterior?

—No, es mucho peor. La anterior fue de 6 meses, pero esta será de tres años.

—¡Qué pena, mujer! ¡Los jueces no tienen corazón! Como con los sueldazos que cobran no se ven necesitados a delinquir para llegar a final de mes.

Durante un par de minutos guardan silencio, dedicadas totalmente a la labor que están realizando.  

—Carmen, he visto esta mañana que tu nuera llevaba a sus niñas a la guardería. Por lo visto ha regresado de nuevo junto a tu hijo. No me lo habías dicho.

—Tiene una tantas cosas malas metidas en la cabeza, que se me olvidó. Sí, Nuria, es perdida ha regresado junto a mi hijo por tercera vez —reconoce con profunda amargura su amiga.

—Y tu hijo le ha perdonado esta nueva infidelidad.

—Sí, mi hijo le ha perdonado esta nueva infidelidad.

—¿Tú entiendes eso? En nuestros tiempos perdonar una infidelidad era ya lo máximo, pero tres era imposible. ¿Por qué crees tú que tu hijo le ha perdonado a la Encarna sus traiciones? ¿Se lo has preguntado?

—Claro que se lo he preguntado.

—¿Y qué te ha dicho? —su amiga impulsada por una gran curiosidad.

—Mi hijo me ha dicho que le duelen muchísimo sus infidelidades.

—Pues si le duelen, porque la perdona una y otra vez.

—Eso mismo le dije yo, ¿y sabes que me contestó?

—Muero de ganas de saberlo —ansiosa su interlocutora.

—Pues me ha dicho que el disfrute que ella le procura en la cama, ninguna otra mujer, ni de lejos, se lo ha procurado.

—¡Dios de los Cielos! Carmen, nosotros nunca fuimos tan cochinas como son estas generaciones nuevas.

—Ni tan cochinas ni tan delincuentes.

—¿Crees a la Encarna capaz de traicionar a tu hijo una vez más?

—Eso lo tengo tan seguro como que él la perdonará de nuevo.

—¡Virgen Santísima! ¿Sabéis si las dos niñas que tienen son de tu hijo o de alguno de los otros dos?

—Las niñas son de mi hijo.

—Eso se lo debió decir ella a tu hijo para que la perdonara.

—No, las niñas son de verdad de mi hijo, porque las dos niñas han heredado de mí, un nevo de color gris pizarra situado en la parte baja de la espalda.

—Vaya, ¿es grande el nevo?

—Como la esfera de un reloj. Seguramente, con el tiempo, como me ocurrió a mí, esa mancha les desaparezca.

—¿Y durante las ausencias de tu infiel nuera, tu hijo no ha intentado buscarse a otra mujer menos cochina?

—Sí, lo hizo la primera vez, y la nueva le duró poco tiempo, dos días. Se aburría con ella.

—He visto a tu nuera un poco gorda.

—Está embarazada de nuevo —abatida Carmen.

—¡Dios Bendito! ¿Embarazada de quién?

—Ella dice que de él.

—El nevo os lo dirá, ¿no?

--Sí, esperemos que sí --enjuagándose unas lágrimas con la manga de su vestido.

Las dos madres con hijos muy modernos recogen sus cestas de plástico vacías y el ascensor las deja en la quita planta.

Se separan y cada una entra en su piso, deja la cesta de plástico sobre la mesa de la cocina y, llorando se sirven, Carmen un vaso de vino tinto y, Nuria, un vaso de vino blanco.

Ninguna de las dos tiene sed, pero ambas creen que el alcohol les reduce el dolor de las penas que sufren.

(Copyright Andrés Fornells)

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