LAS BONITAS HISTORIAS DE AMOR NUNCA LAS VIVEN LOS TÍMIDOS (RELATITO)
Baldomero Pardales era uno de esos hombres que, físicamente, en este mundo suman mayoría. Podía mirarse al espejo sin que este se rompiese horrorizado. Andaba por la calle y pasaba totalmente desapercibido. Pertenecía al grupo de personas que parecen invisibles sin serlo.
Baldomero trabajaba, ganaba una porquería de sueldo, y, de tan acostumbrado a pasar hambre como estaba, había dejado de pasarla. Gozaba de buena salud, posiblemente porque con su mísero sueldo no le alcanzaba más que para un buen plato de lentejas diarias, y estos disquitos oscuros, hasta el más ignorante sabe que contienen hierro, aunque lo malo del hierro, todos lo sabemos, es que se oxida, pero él estaba teniendo suerte, pues no se había oxidado todavía.
A pesar de su anodina apariencia y anodino vivir, los días que lucía el sol y las flores se abrían presumiendo de bonitas y repartiendo perfume, a Baldomero se le olvidaba ejercer de desdichado y hasta sonreía mostrando sus desordenados dientes.
Cierta mañana el destino le dio una inesperada oportunidad. La oportunidad se le presentó en forma de encantadora muchacha que en el parque atinó a sentarse en la mitad libre que había en el banco ocupado por él. La muchacha se volvió hacia Baldomero. Había interés en su actitud. Sus miradas se encontraron y ella le dedicó la más maravillosa de sus sonrisas. Baldomero quedó tan alelado que no le correspondió. La muchacha, desilusionada, se levantó del asiento y se perdió entre la gente.
Baldomero pasó mucho tiempo atormentándose, preguntándose por qué ni las mujeres feas jamás demostraban el más mínimo interés por él. Y una que pareció demostrarlo, él no había sabido retenerla.
Cierta mañana al pasar por delante de la pared que cercaba un huerto de árboles frutales leyó lo que un grafitero había escrito en ella: <<Las bonitas historias de amor nunca las viven los tímidos>>.
Esta lectura apenó en tal medida a Baldomero que al llegar a una placita tomó asiento en un banco y dejó que rosarios de lágrimas calientes, tristes, amargas cayesen por sus mejillas.
Llevaba un rato sumido en este desconsuelo cuando una mujer joven y poco atractiva tomó asiento a su lado y pretendió consolarlo:
—Ánimo, hombre. Las desdichas pasan y la vida sigue. Ninguna es eterna. Debemos ser fuertes y mantener la esperanza de que volverán de nuevo los días felices a nuestra vida.
Baldomero dejó, poco a poco de sollozar y realizando un gran esfuerzo consiguió sonreír a la compasiva samaritana y recordando el grafiti que había leído unos momentos antes dijo, decidido:
—Mujer adorable, ¿quieres casarte conmigo?
La sorpresa le abrió a ella ojos como platos.
—¿Cómo se te ha ocurrido algo tan importante así de golpe? —logró preguntarle perpleja, tartamudeante, un brillo ilusionado en su mirada color chocolate.
—Porque las bonitas historias de amor nunca las viven los tímidos.
—Me parece una explicación razonable —aceptó ella y cogiéndole el rostro con ambas manos le dio un beso en la boca que duró mientras contuvieron aire sus pulmones.
Y fue la vez de que, maravillado, Bartolo preguntase:
—¿Por qué me has besado?
—Porque las bonitas historias de amor nunca las viven los tímidos.
Se dieron otro beso riendo, se levantaron cogidos de la mano y firmemente dispuestos a vivir juntos una bonita historia de amor.
(Copyright Andrés Fornells)