CONTROL DE ADUANA (MICRORRELATO)

CONTROL DE ADUANA (MICRORRELATO)

Al llegar al control de la aduana, la muchacha entregó su pasaporte al joven controlador que se hallaba de servicio. Éste miró la fotografía que llevaba el documento, después miró a la chica y en sus ojos apareció un brillo en el que se mezclaban la incredulidad y el embeleso.

Y a continuación comenzó a hacerle, con voz que le temblaba por la emoción que estaba experimentando, un buen número de preguntas. ¿Cuánto tiempo pensaba permanecer en el país? ¿Era la primera vez que lo visitaba? ¿Tenía familiares allí? ¿Era la suya una visita turística o de trabajo? ¿Hablaba algún otro idioma extranjero además del inglés que estaban empleando ambos? ¿Iba a la universidad? ¿Tenía novio?
        Esta última cuestión fue la gota que rebosó el vaso de la paciencia de la joven viajera que, con voz cargada de enojo y destellos de enfado en sus bellísimos ojos azul turquesa se le enfrentó diciendo:
        —¡Termine ya de una vez de interrogarme! No considero le asista derecho alguno a ser tan indiscreto conmigo y hacerme preguntas absolutamente personales.
        El controlador de la aduana dejó escapar un suspiro de sufrimiento y confesó con una sinceridad conmovedora:
        —No se imagina usted, señorita Adela Gámez (se había aprendido de memoria su nombre) el sufrimiento que yo voy a padecer a partir del momento en que deje de verla.
          Sonó tan sincero y apasionado, que Adela entonces le sonrió y dijo algo que conmovió al joven controlador de aduana:
          —No volveremos a vernos más, pero yo me acordaré de ti —tuteándolo.
          —Harás bien en acordarte de mí porque nunca encontrarás a nadie que pueda amarte tanto, tanto, como podría amarte yo si tú me lo permitieras.

   —Estás loco —juzgó ella impresionada por la profunda, sincera pasión que mostraban las palabras del apuesto aduanero.

   —Sí, loco por ti. Si alguna vez te acuerdas de mí, búscame y me encontrarás. Yo te esperaré siempre.

   Le resultaron tan creíbles su declaración y su ofrecimiento, que Adela los creyó verdaderos.

No dijo nada más. Dio media vuelta y se alejó de él, sintiendo el calor de su negrísima mirada en su espalda.
         Adela Gámez no tuvo suerte en su busca de la felicidad y jamás olvidó aquella declaración de amor, la más rápida e inesperada de cuantas le dirigieron.

Y lamentó toda su vida no haber poseído el valor suficiente para haber buscado al hombre de los ojos negrísimos y amorosos, y haberle dicho que había tenido razón al decirle que nunca la había amado nadie tanto como él le había asegurado que la amaba.  

(Copyright Andrés Fornells)

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