EL PELIGRO NÚMERO UNO DE LAS MUJERES (MICRORRELATO)

Voy a dar un valioso consejo a los hombres, aunque por la experiencia adquirida en mi larga asistencia a la escuela de la vida me temo que serán muy pocos los que van a seguirlo. Escuchadme amigos: cuando salgáis a la calle hacedlo dejando previamente el dinero y las tarjetas de crédito, vuestros y de vuestras medias naranjas (que en demasiados casos son medios limones) en casa metidos en la caja de caudales y, si no tenéis ninguna, pero contáis con un perro rabioso dejádselos a él recomendándole, encarecidamente, que los vigile como si le fuera la vida en ello y que, cuando regreséis a casa recompensaréis su vigilancia entregándole un magnifico hueso de dinosaurio que son los más exquisitos y de más larga duración. Andando por la calle  mantened a vuestra mujercita alejada de los escaparates, y fuertemente cogida de la mano porque como se suelte, se os escape, irá velozmente de compras y, aunque no lleve un céntimo encima, con su embaucadora sonrisa será perfectamente capaz de conseguir que le vendan cualquier cosa cara, a crédito. Estáis avisados.
Sé que voy a recibir furibundas críticas en contra de las advertencias que acabo de haceros. Cuento con ellas. El noventa y nueve por ciento de esas críticas me vendrán de parte de las féminas despilfarradoras.
Perdón. Un momento, por favor, acaban de interrumpirme. Tranquila, cariño. No te sulfures. Lo que acabo de aconsejar no nos lo aplicaremos nosotros dos. 

MORALEJA: Es más fácil dar buenos consejos, que llevarlos a la práctica quien los predica.