AL BORDE DEL ASESINATO (RELATO NEGRO)

AL BORDE DEL ASESINATO (RELATO NEGRO)

Un hombre atormentado por su mala conciencia, le cuenta al perro que ha adquirido hace tan solo una semana:

          —Verás, Compañero, es bastante frecuente que yernos y nueras no se lleven bien con sus suegros o con sus suegras. Con la suegra mía yo me llevaba a matar. Tal como suena. La culpa de que fuera así, la tenía ella, naturalmente. La tenía ella porque me encontraba todos los defectos del mundo y ninguna cualidad. Y no solo me encontraba defectos sino que se los repetía a mi mujer mil veces al día (el hombre que habla con su amigo canino imita una odiosa voz femenina):

          —<<A tu marido le huelen muy mal los pies. Tu marido se peina con la raya a la derecha como los fachas. Tu marido tiene un ojo de un color y el otro de un color distinto. Tu marido no te entrega la nómina completa, pues se queda un buen pellizco para sus vicios: el tabaco, jugar al futbolín y jugar a la lotería…>>

        —Lógicamente, esta desafección suya hacia mi persona motivó que a mi suegra yo la quisiera menos que a una rebaja de salario, a un puñado de piedras en los riñones, o a quedarme calvo, pues estoy muy orgulloso de mi abundante melena castaña. Un día llegué a estar tan harto de ella, de mi aborrecible suegra, que decidí llevar a cabo lo que llevaba planeando durante años: acabar con esta odiosa persona, sacarla fuera de mi vida para siempre jamás, de un modo radical, definitivo, eterno.

         Y una mañana gris, lúgubre, oscura como mis asesinas intenciones, fui a una de esas tiendas donde venden bichos exóticos y compré un escorpión. Un escorpión de una especie tan venenosa y fulminante que la llaman “dos minutos”, porque ese es el tiempo que tarda en diñarla la persona a la que les ha inoculado su veneno.

         Llegué a nuestra casa con aquel bicho metido dentro de una cajita y el firme propósito de soltárselo en la cama a mi suegra cuando llegada la noche ella se acostara y me descubriera, con sus ronquidos de trompeta, que se hallaba completamente dormida.

          Quedé frustrado. En cuanto abrí la puerta de mi casa mi mujer se echó en mis brazos llorando como una magdalena y, entre sentidos, sonoros y desconsolados sollozos me anunció que su madre acababa de expirar a consecuencias de un infarto fulminante que no la dio tiempo ni a decir: “Jesús”.

          Sentí una oleada de infinito agradecimiento hacia la difunta y dije, conmovido:

        —Tu madre era una santa.

        —Qué feliz me hace que lo reconozcas, cariño. Yo pensaba que no le tenías aprecio —expuso sincera, la hembra de mis amores, entre un hipido y otro hipido.

        —Pues estabas muy equivocada, mi amor. Le he tenido y le tengo un gran aprecio. La veneraré el resto de mi vida.

        Decía verdad en esto último, pues aquella mujer, muriéndose por su cuenta, me había librado de convertirme yo en un asesino. Me entró la risa loca y mi mujer, creyendo que lo mío eran sollozos de corazón partido de dolor, reconoció:

        —Por como sientes su muerte, muy ciertamente querías mucho a mi madre.

        Y yo pensé, para mis adentros: “Realmente la vida es una comedia”. Y me sequé los ojos mojados en la manga de la blusa de mi compungida consorte, porque me pareció más cómodo que secarlos en una manga de mi elegante camisa de lino.

¡Ja, ja, ja! Compañero, por el entusiasmo con que mueves el rabo aprecio que te ha gustado mi confesión. Te voy a premiar por eso comprándote uno de esos huesos artificiales que nunca se terminan.

El hombre que acababa de contarle a su perro lo que nunca le contaría a nadie más, levantó el trasero de la roca de forma esférica sobre la que estaban reposando sus posaderas y echó a andar seguido por su alegre y saltarín can que había actuado, sin el saberlo, de confesor para un hombre que pertenecía el numeroso grupo de los laicos.

(Copyright Andrés Fornells)