Y UN DÍA NUNCA MÁS VOLVÍ A JUGAR AL FRONTÓN (RELATO)

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Y UN DÍA YA NUNCA MÁS VOLVÍ A JUGAR AL FRONTÓN
Dentro de los terrenos pertenecientes a la piscina municipal había un viejo frontón. Debía medir unos cuatro metros de alto, seis de ancho y unos diez de largo. Tenía el trinquete a la izquierda y una línea de señalización de falta, de material de chapa para que sonara al dar en ella, de lado a lado de la pared frontal no recuero si era a noventa centímetros o un metro del suelo.
Jugar allí era gratis. Sólo tenías que pedirlo a uno de los dos hermanos que tenían a su cargo las instalaciones, que te decían si estaba ya pedida la hora escogida por ti, o que otras horas estaba libre el frontón.
En invierno, por no contar este sitio con el lujo de la iluminación, los días laborables sólo jugaban algunos jubilados, pues los jóvenes salíamos demasiado tarde del trabajo, o sea de noche, y ya no se podía jugar. En verano, al alargarse la luz diurna todavía podíamos jugar un par de horas y nunca escuché decir a nadie que venía cansado del trabajo y no tenía fuerzas para echarse una partida. La palabra cansancio equivalía a ser flojo, y nadie quería serlo. “Los flojos no sirven para jugar a un deporte tan serio, tan varonil, como la pelota vasca”, decíamos.
Ese frontón del que hablo, era máximamente solicitado los domingos por la mañana. Los domingos por la mañana, a veces formando varias parejas realizábamos un campeonato en el que poníamos unas pocas pesetas cada uno, se compraba con ese dinero una caja de botellines de cerveza, o tirando ya la casa por la ventana una botella de ron y una caja de Coca-Colas para unos cubalibres.
Las mañanas de domingo que organizábamos un campeonato, los espectadores sumaban un buen número, y no solo nos animaban sino que incluso nos dictaba la jugada que debíamos hacer para ganar el punto.
Mi abuelo Silvino, los campeonatos que podía venir a vernos, aparecía con sus raídos pantalones de pana cubriendo sus cortas piernas arqueadas, su camiseta blanca, sus arrugados y todavía musculosos brazos descubiertos por las mangas cortas; su vieja, desteñida y deformada gorra marinera coronando su cabeza nívea, y la visera dando sombra al bronceado rostro curtido por todos los soles y vientos de la mar. Mi abuelo era temido por mis contrincantes porque su consejo solía favorecerme considerablemente:
—¡Ahora trinquete, Andreuet! ¡Fuerte atrás rápido, Andreuet! ¡Así! ¡Los jodiste bien!
Yo solía ir de pareja con Gori, un chico al que debido a un accidente de bicicleta en el que se golpeó malamente la cabeza, le daban en ella corrientes eléctricas para ayudarle a que no tuviera ataques de furia en los que rompía cualquier objeto que se hallaba al alcance de sus grandes manos huesudas.
Los timoratos y marginadores le tenían miedo al Gori porque pensaban que estaba loco, y a los supuestos locos hay que temerles, aunque nunca hayan demostrado que lo están.
Esto que estoy escribiendo hoy quiero que sea un modesto homenaje a uno de los mejores y más fieles amigos que he tenido en mi vida.
Sigo con el relato.
La pareja que ganaba el campeonato, solía compartir con sus amigos el premio conseguido, organizando con ello una pequeña juerga en la que además de beber se contaban chistes, se cantaba, se gastaban bromas y, sobre todo, se reía muchísimo.
Jugábamos con pelotas vascas (duras como piedras) que nos suministraba Agustín el de la ferretería. Debido a la dureza de las pelotas todos teníamos las manos llenas de callos y dedos doloridos por golpes fallidos envueltos en esparadrapo para que dolieran menos al jugar, pues descansar, como decíamos algunos: ¡Descansaremos cuando nos quedemos mancos!
Mi amigo Gori trabajaba de soldador, profesión que ahora con tantas leyes y tanta pamplina seguramente no le dejarían ejercer. Mi amigo Gori era un buen soldador. El dueño de la empresa donde trabajaba, un hombre de esos que saben valorar con ojos de justicia y honradez, decía a todo el mundo que el Gori era uno de sus mejores operarios.
Un día Gori cometió un fallo mientras soldaba bisagras a una puerta metálica y se quemó muy gravemente tres dedos de su mejor mano, la izquierda, la del trinquete, y esa mano le quedó inutilizada para el trabajo que acostumbraba desempeñar y también para jugar a la pelota vasca.
Antes he hablado bien de su jefe, porque el hombre lo merecía, ya que en vez de echarlo a la calle por no servir ya más para el trabajo que había desempeñado durante tres años, le dio el puesto de vigilante de noche de su empresa.
La amistad, digo yo que se demuestra de hecho y no de palabra. Perdida mi pareja del frontón que lo había sido desde nuestra niñez, yo no volví a jugar nunca más a este juego que tanto, tanto me apasionaba.

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