UNO NUNCA SABE DÓNDE VA A TROPEZARSE CON EL AMOR (RELATO)

UNO NUNCA SABE DÓNDE VA A TROPEZARSE CON EL AMOR (RELATO)

Florencio Izquierdo estaba enamorado. No era la mejor época del año para estarlo, especialmente porque según las estadísticas estaban sufriendo el invierno más frío de los últimos veinte años.

La joven de la que Florentino se había enamorado se llamaba Almudena Lomas, que además de ser dueña de un cuerpo exuberante, era sofisticada y seductora. Por la calle los piropos le llovían como llueven los caramelos en las cabalgatas de Reyes en las ciudades prósperas y con alcalde generoso.

Almudena recibía aquellos galanteos orales con donosura y falsas, embelesadoras sonrisas.

Florencio había conseguido por parte de ella la aceptación de, un sábado por la noche, ir a bailar a una discoteca. Florencio poseía un coche que había pasado por muchas manos que lo habían abaratado hasta tener un precio asequible al modesto salario de un empleado de paquetería de los almacenes Cortijo.

Este vehículo tenía varios achaques mecánicos, el más grave de ellos una avería en el sistema de calefacción, avería que le había causado una muerte mecánica irreversible.

Esta avería motivó que Florencio llegase a casa de Almudena tiritando de frío y con escarcha montada en sus cejas y su bigote torcido por haberse afeitado mal debido a como le temblaban las manos cuando lo sometió a una maquinilla mal dirigida en el cuartucho del hostal donde él se alojaba y que también contaba con una calefacción defectuosa.

Sacudido su cuerpo como si estuviese empleando un martillo hidráulico, este joven aterido tocó el timbre de la vivienda donde moraba la mujer que le tenía camelado el corazón.

Ella le abrió la puerta. Llevaba puesto un ajustado vestido blanco con una raja en un lado por el que asomaba parte de una pierna de modelación perfecta, cuya perfección aumentaban, a esta pierna y a su gemela, los altos tacones de sus zapatos.

Su escultural cuerpo desprendía un perfume tan exquisito que cuando capturó el olfato del recién llegado el intenso aroma de pachulí le procuró la sensación de haberse metido en el mismo jardín del paraíso.

Ella, además de la puerta abrió también mucho sus bellos, verdes ojos y exclamó mostrando gran sorpresa:

—Florencio, ¿cómo se te ha ocurrido venir aquí con la noche tan fría que está haciendo y la calefacción de tu cacharro out of order?

Él tardó un tiempo en salir de la enorme sorpresa que le habían causado las palabras de ella.

—Almudena, el pasado domingo quedamos en que vendría, hoy sábado, a buscarte aquí a tu casa para ir los dos a bailar.

—¡Vaya! —perpleja ella, abriendo mucho su pulposa boca—. Sorry ¿no te dije entonces que me sería imposible salir contigo porque tenía ya un compromiso anterior?

—No, no me dijiste eso.

—Esta memoria mía es terrible. Al final, yo que tanto odio los medicamentos, tendré que tomar algún fármaco que la mejore.

En aquel momento llegó junto a ellos Nieves, la madre de Almudena que viendo como se estremecía todo el cuerpo y le castañeaban los dientes a Florentino, compadeciéndose de él le dijo:

—Joven, pase y caliéntese un poco. Está a punto de coger una pulmonía —y convertida en samaritana se lo llevó, cogido del brazo, hasta el comedor donde lo invitó a sentarse en una silla situada junto a la calefacción.

Fue entonces cuando el recién llegado reparó en que sentado en el sofá, estaba un hombre cinco o más años mayor que él. Iba elegantemente vestido y lo observaba con una expresión despectiva en su agraciado y altivo rostro. Su observación no duró más allá de unos pocos segundos, pues enseguida aquel distinguido individuo volviéndose hacia Almudena le dirigió una pregunta que sonó a orden:

—¿Nos vamos ya, beauty?

Yes, dear Arturo —y ella añadió dirigiéndole una mirada burlona a Florentino—. Tu espléndido Mercedes tiene una maravillosa calefacción.

El desairado Florentino permaneció callado, dolido. Con una profunda tristeza reflejada en su rostro. Gracias a la calefacción había dejado de temblar y sus mejillas recuperado el color rosado natural.

La caprichosa Almudena y el arrogante Arturo dijeron <<chao>> y se marcharon.

Durante varios minutos la dueña de la casa y su visitante permanecieron callados sin saber qué decirse. Finalmente, fue ella quien habló:

—Se te está pasando el frío, ¿verdad, Florencio?

—Sí, muchas gracias, Nieves

—Ahora que ya lo estás por fuera, una copa de coñac te calentaría también por dentro. ¿Te la sirvo? Yo me pondré una copa también.

—De acuerdo. Muchas gracias. Eres muy amable.

Cuando tuvieron las bebidas en sus manos chocaron las copas y se desearon salud. A continuación, Florencio, tuvo la torpeza de mencionarle a ella un hecho luctuoso:

—Me contó Almudena que su padre, o sea tu marido, murió hace cinco años dejándote viuda.

El todavía bello y lozano rostro de la mujer mostró una mezcla de resignación y tristeza.

—Sí, un cáncer maligno acabo con su vida. En fin nadie es dueño de su destino.

—Cierto. ¿Eres muy joven para tener ya una hija de veinte años? —apreció Florencio dirigiéndolo una mirada de sincero halago.

—Sí, fui madre a los dieciséis.

—Por eso es que cuando estáis juntas, Almudena y tú no parecéis madre e hija sino dos hermanas.

—Gracias por el cumplido. Sí, mucha gente nos dice eso —sonriendo ella, complacida.

Se miraron los dos muy fijo a los ojos. Se sonrieron mostrando agrado y turbación. Él, superando su habitual timidez, dijo:

—Había quedado con tu hija en ir a pasar un rato en una discoteca. Si te apetece, si te gusta bailar podemos ir los dos a una donde tienen muy buena música —ofreció él mostrándose animadamente ansioso.

—Siempre me ha gustado mucho bailar —mostrando ilusión ella, ilusión que se apagó enseguida—, pero soy ya muy mayor para ir de discotecas.

—He visto en muchas discotecas a mujeres que podrían pasar por madres tuyas.

Por un instante, pareció que la tentación podría vencerla. No obstante, Nieves la resistió.

—Gracias, pero hace mucho frío afuera y se está tan bien aquí—alzó la copa, sonrió de nuevo y bebió.

Florencio le devolvió la sonrisa, el gesto alzando la copa y bebió también.

—Sí, aquí se está divinamente. ¿Puedo decirte una cosa con toda franqueza? —con repentina osadía él, nervioso, tartamudeando.

—Claro que puedes —ella leyendo en sus ojos como en un libro abierto.

 —Eres tan guapa o más que tu hija —absolutamente sincero y admirado él.

—Gracias —complacida y turbada ella—. Eres muy amable, pero mi hija tiene la belleza de la juventud.

—También tú la conservas todavía esa belleza de la juventud.

Se apresaron mutuamente la mirada, excitados ambos, alterado su aliento.

—No lo soy pero me siento joven, llena de energía, de ganas de vivir —dijo ella levemente enronquecida la voz.

—¿De vivir y de amar también? —le preguntó él, anhelante, cogiéndole una mano.

Nieves le sonrió como llevaba años sin sonreírle a un hombre, dejándole fascinado.

—Sí, de vivir y de amar también —reconoció.

La mano de ella que él mantenía cogida la acercó a sus labios y la besó con ternura.

—Eres muy cariñoso —logró ella murmurar, emocionada.

—Por favor, pon música bailable. No necesitamos ir a una discoteca para bailar. Podemos bailar aquí.

Se contagiaron mutuamente la ilusión que había prendido en ellos. Nieves se levantó fue hasta la estantería donde tenía un aparato de música y puso un LP con melodías lentas, románticas.

Florencio había abandonado su asiento y se encontraba a pocos centímetros de Nieves. Abrió sus brazos. Ella abrió también los suyos. Sus cuerpos se juntaron. Comenzaron a moverse siguiendo el ritmo de una canción de amor interpretada por una aterciopelada voz femenina.

Sus pechos se unieron y también sus vientres transmitiéndose mutuamente la ardiente pasión que les iba creciendo como un oleaje impetuoso, a cada segundo que pasaba, más embravecido.

Florentino acarició con su aliento caliente el elegante y perfumado cuello de Nieves. Ella jadeó por el intenso placer que le procuraba este cálido fluido que le despertaba deseos que tenía demasiado tiempo dormidos. Deseos tan poderosos que cuando el joven buscó su boca la encontró tan hambrienta como estaba la boca suya,

Y a sus ardientes besos se unieron unas no menos ardientes caricias.

Con voz apasionada él le susurró al oído:

—Te necesito como el hombre que muerto de sed necesita el agua que puede salvarle la vida.

—Y yo soy el fruto que necesita tiempo para estar en el punto de poder ser comido.

Él comprendió y así se lo dijo:

—Correré el riesgo de morir de sed, y sabré esperar el tiempo que tú necesites.

Esperaron un par de semanas, viéndose, hablándose, acariciándose con ternura hasta que Nieves llegó a la convicción de que lo que Florencio sentía por ella no era un arrebato de pasión que dura lo que un soplo que apaga una vela, sino una hoguera de ternura de larga y profunda duración. (Copyright Andrés Fornells)

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