UN TIPO ME DIJO QUE ERA ESCRITOR (RELATO)

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UN TIPO ME DIJO QUE ERA ESCRITOR (RELATO)

Era por la mañana y el bar Miralles se hallaba muy concurrido. Vi un hueco en la barra y lo ocupé, quedándome a la derecha un jubilado llamado Leandro al que no merecía la pena dirigirle la palabra porque, le dijeras lo que le dijeras, su respuesta era siempre encoger los hombros y guardar silencio. Le gustaba tan poco hablar, que le habíamos sacado de mote el Mudo.

Por esta razón le presté mi interés al hombre que me quedaba a la izquierda y al que no había visto en mi vida. Debía andar por los cuarenta, vestía un traje arrugado, tenía el rostro alargado y le sobraba nariz para cargar con unas pequeñas gafas de pasta negra.

Tuvo él la amabilidad de apartar su flaco cuerpo unos centímetros del mostrador para que el Pecas, que atendía la barra, colocara a mi alcance el café que yo le había pedido.

—Gracias —dije reconociendo su amabilidad.

El desconocido me sonrió. Para no quedar como insociable, le sonreí a mi vez. Él cogió confianza y me dijo:

—Me llamo Toni Renglones y soy escritor.

Por si conversar con él me aliviaba el malhumor con el que yo cargaba desde mi rotura con Alicia, le contesté:

—Yo me llamo Augusto Manzano. ¿Sobre qué escribe usted? —mostrándole interés mientras le daba vueltas a la cucharilla.

—Escribo sobre muchas cosas. No tengo preferencias. Soy polifacético. No conozco límites. ¿A qué se dedica usted?

A estas alturas yo estaba muy arrepentido de haberle dado conversación. Aquel buen hombre tenía un tic nervioso que consistía en levantar la ceja derecha cada pocos segundos y me estaba despertando el instinto de imitarle.

—Yo ejerzo de fracasado en el amor.

—¿Y eso es una profesión? —mosqueándose.

—Para mí sí.

—Eres muy raro —acusó mirándome como si, de repente, yo me hubiese transformado, a sus ojos, en Cuasimodo.

El tipo acababa de despertarme una violenta antipatía. Temiendo descargar en él mi frustrado estado de ánimo, dejé unas monedas encima del mostrador y busqué la salida.

Fui tan torpe que medio atropellé a una joven que andaba por la misma acera que yo, y olía deliciosamente a lirios. Le pedí perdón. Ella se rio y dijo:

—Augus, tú tan divertidamente torpe como siempre.

La reconocí entonces: habíamos frecuentado la misma universidad y tonteado un poco.

—¡Aurorita! Y tú tan encantadora siempre. ¿Puedo acompañarte por si algún torpón como yo tropieza contigo, quitártelo de encima?

—Por supuesto. Nadie podría protegerme mejor que tú, Augus. Eres mi héroe.

Hablamos, sonreímos, nos miramos, y al final Aurorita ocupó el sitio dejado vacante por Alicia, con la muy favorable diferencia por parte de ella de que Aurorita nunca me dejó para irse a vivir con un patizambo registrador de la propiedad porque él tenía unos malditos, bellos ojos azules y un Porsche recién estrenado.

(Copyright Andrés Fornells)