UN TATUAJE MORTÍFERO (RELATO)

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UN TATUAJE MORTÍFERO (RELATO)

Emma Nilson trabajaba como traductora e intérprete en una empresa farmacéutica internacional. Tenía treinta años y gracias al dominio de tres idiomas muy importantes, aparte del idioma inglés que era el suyo, se ocupaba de la traducción y correspondencia en las cuatro lenguas que dominaba.

Todos sus compañeros de trabajo la apreciaban por su seriedad, buen trato y eficiencia en su labor diaria. Sus jefes podían encargarle las más arduas y difíciles tareas sin recibir por parte suya, contrariedad, negación, o protesta. No era bella ni poseía un cuerpo voluptuoso, dos de las cualidades físicas que suelen atraer generalmente a los varones. Esto y lo reservada que era la mantenían a salvo de conquistadores y seductores.

Las vacaciones del último verano las había pasado en Australia formando parte de un grupo de dieciséis personas, organizado por una agencia de viajes. Cuando se reincorporó de nuevo a su puesto laboral, algunos de sus compañeros le preguntaron que había encontrado de interesante y disfrutado en los días pasados en aquel lejano continente. Emma fue muy escueta en sus respuestas:

—Vi paisajes muy hermosos. Visitamos un poblado aborigen. Gente muy rara. No me disgustó la comida.

—¿Pero qué fue lo que más te gustó?

—Los cocodrilos, los perros de allí y las serpientes taipán azules.

—¿Y los hombres? —con morbo, las mujeres intentaron sonsacarle algo conque poder ridiculizarla.

—Los hombres son como los de aquí. Un porcentaje muy elevado se acercaban a las mujeres con la intención de copular con ellas.

—Así de claro, ¿eh? ¿Cediste a la tentación de acostarte con alguno de ellos? —mostrando malicia.

—Nunca —seca, aunque sin mostrar enfado.

—¿Y acostarte con una mujer? —malvado uno de sus compañeros que más frustrado estaba con ella por lo inútilmente que había intentado convencerla para llevarla a su cama.

—Nunca —y dando por terminada la conversación Emma se alejaba en busca de su mesa de trabajo.

Durante días Emma estuvo buscando en internet y también en anuncios de periódicos y radios, publicidad sobre tatuadores. Reunió la dirección de cinco de los mejores y después de leer críticas y elogios vertidos sobre ellos escogió a uno llamado Allan X de quien se decía realizaba tatuajes tan extraordinarios que parecían reales.

Allan era un hombre muy mayor. Pasaba de los setenta y no se había jubilado por lo mucho que le apasionaba ejercer su profesión. Era pequeño de estatura y muy delgado. Tenía los ojos ahuevados, el mirar somnoliento, la nariz aguileña, la boca estrecha, las mejillas hundidas y la barbilla alargada. Su aspecto era totalmente inofensivo.

A Emma, nada más recibirla él en su pequeño taller le despertó un inmediato agrado. Mostrándose muy afable con ella, Allan le preguntó que deseaba de él.

Ella, después de recorrer con la vista la numerosa colección de cuadritos colgados de las paredes consistentes en fotografías de los más notables tatuajes realizados por él, le dijo:

—Me gustaría que usted me hiciese un tatuaje que llenase toda mi espalda.

—Las espaldas son anchas. Las femeninas algo menos que las masculinas. Y según lo que quieras te tatúe podría llevarnos bastante tiempo realizarlo.

—No me importa el tiempo. Estoy soltera, sin compromiso alguno y, cuando termino mi jornada laboral soy totalmente dueña de mi tiempo.

El anciano sonrió como si le hubiese sonado graciosa la explicación de ella.

—Bien. Veamos. ¿Tienes algún dibujo o fotografía de lo que quieres te tatúe yo?

Emma abrió su bolso, sacó dos fotografías y se las entregó. Nada más fijar la mirada en ellas el hombre dijo al tiempo que aparecía en sus ojos un brillo muy intenso:

—Me encanta lo que quieres. Creo que puedo logar con ello una de mis mayores y más extraordinarias obras maestras.

Consiguió transmitirle a Emma su entusiasmo, pues ella pidió anhelante y respetuosa:

—¿Podemos empezar ahora mismo?

—No. Debo adquirir algunos colores especialmente luminosos, que no tengo aquí en este momento. Si mañana vienes a esta misma hora, podremos comenzar.

—Bien. Me iré ahora. Le dejo las fotos.

—Sí, por favor. Quiero observarlas bien. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

No habían hablado de dinero. Ni él ni ella le habían dado importancia alguna a esta cuestión, lo único que les había importado había sido la realización del tatuaje.

Al día siguiente Emma llegó un cuarto de hora antes de lo que habían acordado. Él se hallaba tatuando en el pecho de una muchacha joven, con hermosa caligrafía la frase: Eternamente tuya.

—Terminaré enseguida —dijo el tatuador sin apenas mirarla, al tiempo que limpiaba con jabón de avena el tatuaje acabado en aquel momento.

A la joven tatuada le entregó un espejo de mano para que pudiese ver el trabajo recién terminado. Ella rio muy contenta y al devolverle el espejo dijo, espontánea:

—Mi chico, cuando lo vea, va a flipar.

—Sí, ha quedado muy bonito. Es una frase romántica a tope —rio también el veterano artista.

La muchacha recogió de la percha donde las había dejado colgados, su sujetador y su blusa. Besó, cariñosa, las mejillas del tatuador, saludó con la mano a Emma y se marchó.

Allan se dirigió a la puerta y la cerró con llave. Después bajó la persiana del pequeño escaparate y con ambas cosas consiguió que nadie de fuera pudiese verlos o interrumpirlos.

—Cuando tú quieras empezamos.

Por primera vez en su vida, Emma quedó desnuda de cintura para arriba delante de un hombre. Y no sintió vergüenza alguna. Mostró la misma naturalidad que la joven que acababa de marcharse. Allan actuaba como si fuese asexuado, una persona totalmente desprovista de lujuria o deseo carnal alguno.

—¿Cuánto tiempo quiere que empleemos en cada sesión?

—Yo aguantaré el tiempo que usted decida. Nunca he sido cobarde ni me he rendido al dolor—afirmó ella.

Él mantuvo la mascarilla y se cambió la bata y los guantes por otros nuevos.

—Yo no aguantaré más allá de unas dos horas —dijo él—. Estoy muy cascado ya y me duelen todo el tiempo la espalda, el cuello y las manos.

—Lo comprendo. Yo permanezco todos los días muchas horas sentada y, a menudo también me duelen la espalda y el cuello, pero soy mucho más joven que usted y seguramente lo aguanto mejor.

Emplearon en el tatuaje unas veinte sesiones. Los dos aguantaron sin quejarse, una el dolor de los pinchazos de las agujas y el otro el dolor de todo su anciano cuerpo. Ella no quiso ver en ningún momento como iba avanzando el trabajo de él.  A la invitación de él respondía, obstinada:

—Esperaré a verlo una vez terminado.

Cuando dio por finalizado su trabajo, el tatuador juzgó muy orgulloso y satisfecho:

—Esta es mi gran obra maestre. Ninguna he hecho mejor, ni tampoco seré capaz de hacerla.

Cuando Emma, con la ayuda de un espejo de mano pudo ver su espalda entera en otro espejo grande, quedó maravilla.

—Parece estar viva —dijo profundamente impresionada—. Y en la posición que está se diría que, en cualquier momento saltará sobre alguien.

—En efecto, parece tener vida y poder actuar como un ser vivo cuando así lo decida —reconoció el artista acariciando el lomo intensamente azul del animal tatuado que le había quedado tan perfecto que parecía real.

—Es usted el mejor tatuador del mundo —consideró Emma exultante con el resultado—. La pitón taipán que me ha tatuado parece ciertamente estar viva.

—Sí, viéndola da la impresión de poder abandonar tu espalda en el momento que así lo decida.

Emma, agradecida, añadió a la suma acordada por su trabajo una generosa propina. Lo que le ocurrió a partir del momento en que salió del taller del viejo Allan, ella lo calificó de extraordinario. Sus facciones y los movimientos de su cuerpo sufrieron un cambio radical, fascinante. Su rostro adquirió una belleza rutilante. El intensísimo brillo de sus ojos azules fascinaba a quienes en ellos se miraban. Su caminar serpenteante, voluptuoso, despertaba un irresistible deseo sensual en los hombres.

El primero que sucumbió a sus prodigiosos nuevos encantos fue Richard, el director de la gran empresa que la tenía empleada. Cierta mañana le envió a su ordenador la carta recibida por correo electrónico de un importante cliente alemán, añadiendo por el WhatsApp:

—Por lo poco que conozco del idioma alemán, creo que esta carta expresa enfado. Haga el favor de traducirla para mí lo más pronto que pueda.

La traductora respondió que lo haría inmediatamente. Tradujo al español aquel escrito y, efectivamente, el buen cliente alemán, uno de los más importantes y antiguos que tenían, se quejaba de un par de piezas inservibles que había recibido. Esto lo había indignado en tal medida que como no se le diera inmediata y satisfactoria respuesta dejaría de comprarles.

—Emma venga un momento a mi despacho y hablaremos sobre la respuesta más conveniente que debemos darle a este importante comprador germano.

Ella acudió inmediatamente junto a su superior. Entre los dos elaboraron una respuesta muy amable de disculpa y envío inmediato de dos piezas en perfecto estado para que pudiese retirar las defectuosas.

Mientras Emma iba escribiendo en su Tablet un borrador, el hombre que dirigía aquella importante empresa observaba, fascinado, la irresistible belleza de esta empleada, belleza en la que él nunca antes había reparado.

Desde su lado del magnífico escritorio suyo podía ver, gracias a la corta falda que Emma vestía, una buena parte de las bien torneadas piernas de ella enfundadas en unas medias negras. La corta distancia que los separaba le permitía, asimismo, aspirar su delicioso, seductor perfume.  La ligera tela de la blusa dejaba entrever la forma de su sujetador y en algunos movimientos suyos la firmeza y altivez de sus senos. Y repentinamente cundo sus ojos se encontraron con los deslumbrantes ojos azules de ella sintió que deseaba poseerla como nunca antes deseo poseer a mujer alguna.

       —Me gustaría invitarla a cenar una noche —expuso de inmediato, ansiosamente—. Podrías ayudarme en la mejor forma de publicitar un producto que planeamos poner muy pronto a la venta.

       —Con mucho gusto le ayudaré todo lo que pueda. Estoy muy contenta con usted y con la empresa, y cualquier cosa con la que yo humildemente pueda ayudarla a mejorar, lo haré con sumo gusto.

        Emma sonrió seductoramente. El importante ejecutivo era un hombre atractivo, elegante atlético. Mantenía su buena forma jugando una hora al tenis dos veces por semana y asistiendo también durante una hora diaria a un gimnasio.

        Siempre había tenido mucho éxito con las mujeres y seguía teniéndolo, extramaritalmente, pues estaba casado con la hija del accionista principal de la empresa que dirigía.

         Emma y Richard compartieron una cena deliciosa dentro de uno de los reservados que el afamado restaurante White Crown, tenía para clientes importantes que no querían ser vistos.

        Él tenía alquilada en un hotel una habitación a la que llevaba a las mujeres que conquistaba. A esa habitación se podía subir directamente desde el garaje, evitando de ese modo poder ser visto cruzando su entrada principal, su vestíbulo y su recepción.

        Emma y Richard compartieron dos horas de sexo desenfrenado. Disfrutando, en breves pausas de una bandeja de dulces y una botella de champán. Finalmente, agotados y gozosos quedaron dormidos.  

        Pasado un rato Emma despertó. Deseosa de hacer de nuevo el amor con su jefe colocó una mano sobre su brazo con la intención de despertarlo, y ese brazo lo notó muy frío. Esto unido a que su cuerpo mantenía una total rigidez, tocó su carótida y descubrió que estaba muerto. El pánico se adueñó de ella. No se consideró capaz de asumir la responsabilidad que le significaría asumir que ella se hallaba en compañía de este hombre cuando murió de repente. Con la intención de evitarlo se vistió rápidamente y abandonó el establecimiento por el garaje.

        Sintió gran alivio porque nadie la había visto ni entrar ni salir de aquel edificio y, tres calles más lejos pudo parar un taxi que la llevó hasta la entrada del modesto inmueble donde ella tenía alquilado un pequeño apartamento.

         Al día siguiente, cuando acudió a su puesto de trabajo se enteró, por sus compañeros, de que habían encontrado al director de la empresa en la habitación de un hotel, desnudo y muerto.

        —¡Dios mío, qué desgracia! —Emma fingiendo sorpresa y pesar.

       —La policía ha estado ya aquí haciendo preguntas y han dicho que regresarán más tarde cuando haya llegado el resto del personal.

        —¿De qué ha muerto el señor Rusell, de un infarto quizás? —preguntó la eficiente políglota.

        —Nos han dicho que ha muerto envenenado.

        Los periódicos y otros medios de información anunciaron en las primeras noticias del día que la muerte del importante ejecutivo había sido la mordedura de una serpiente como atestiguaron los dos agujeros encontrados en su cuello.

        Por la tarde habían descubierto en su cuerpo que había estado copulando antes de que lo matase la mordedura de una serpiente venenosa. Al ofidio causante de su fallecimiento lo habían buscado exhaustivamente por todo el hotel y no lo habían encontrado.

         Emma recibió esta noticias con extrañeza y preocupación. Extrañeza porque no era nada habitual que hubiera serpientes en los hoteles y preocupación porque aquella serpiente podía también haberla mordido y matado a ella.

         Semanas más tarde Emma conoció en un torneo, al que asistió como espectadora, a uno de los tenistas mejores del mundo. Era sueco y se llamaba Aksel Morterson. Este joven de veinticuatro años, rubio y hermoso como un rey vikingo quedó prendado de la belleza de ella.

        Salieron a cenar dos noches seguidas y a la tercena, después de haber comido en uno de los más caros restaurantes se fueron a la lujosa suite que ocupaba él en el mejor hotel de la ciudad.

         Se acostaron juntos y a la mañana siguiente Emma se encontró a su compañero de cama muerto. Esta vez no pudo escapar como la vez anterior, pues un gran número de personas los había visto juntos. Entre ellas los empleados de la recepción que habían presenciado como cogían el ascensor cogidos de la cintura y besándose.

         La dirección del establecimiento hotelero llamó a la policía. Al inspector Liam Thomson le fue asignada la investigación de aquel suceso. Los de la Científica primero y después el médico forense con la autopsia descubrieron que el deceso del famoso deportista se la había causado la mordedura de una serpiente venenosa. El inspector interrogó a Emma que se mostraba todo el tiempo profundamente consternada. Ella le aseguró todo el tiempo que no había visto reptil ninguno y que después de hacer el amor Aksel Morterson y ella se habían quedado dormidos y al despertarse por la mañana descubrió que estaba muerto.

         Registraron cada rincón del cuarto donde se había producido la muerte y también el resto del hotel y no dieron con ninguna serpiente. Tomando en consideración que era la segunda muerte que causaba el mismo veneno, aunque Emma negó haber compartido cama con el director de su empresa, por coincidir que le había causado la muerte el mismo tipo de veneno que al deportista, decidió detener a Emma como sospechosa de haberles ella inoculado ese veneno a ambos.

        Cuando le anunciaron que iban a detenerla bajo sospecha de que ella podía haberlos matado, Emma se buscó inmediatamente un buen abogado. Pero este letrado no consiguió hacerle una buena defensa y aunque Emma pregonaba todo el tiempo su inocencia, fue encarcelada a la espera de ser sometida a juicio. Steve Nielson, su abogado, esgrimió en defensa de ella que un concienzudo registro en el apartamento de su defendida había demostrado que no guardaba allí ningún tipo de veneno. El resultado de este registro no consiguió la deseada libertad de Emma.

         Al principio, considerándola una presa peligrosa, por las dos muertes de las que se la acusaba, la mantuvieron sola en una celda.

         Transcurrieron varios meses. Por diferentes circunstancias la fecha del juicio se fue alargando. La ejemplar conducta de Emma conviviendo con sus compañeras de cautiverio, llevándose de maravilla con las empleadas de prisiones y ofreciéndose voluntaria para realizar los trabajos más pesados, terminaron considerándola una presa ejemplar.

         Debido a que la cárcel se encontraba saturada, decidieron aprovechar que ella se hallaba sola en una celda para meter con ella a una reclusa que acababa de ingresar. Esta presa se llamaba Emily Wenish. Era muy joven, tímida y asustadiza Emma se convirtió en su protectora desde un primer momento enfrentándose a todas las reclusas que pretendían maltratarla aprovechando de su cortedad e indefensión.

         A Emily la habían encarcelado por cometer un asesinato. Durante años había recibido malos tratos y abusos, incluidos los sexuales, por parte de su monstruoso padre. Finalmente, desquiciada, fuera de sí se vengó de su verdugo, mientras él dormía rompiéndole la cabeza a golpes de un mazo que era una de las herramientas que usaba su progenitor, pues trabajaba de albañil.

        Emma y Emily se encariñaron mucho. Cuando salían al patio de la prisión se mantenían juntas todo el tiempo. Charlotte Smith, la directora del centro, era una mujer muy meticulosa. Tomaba muy en serio su trabajo. Repasaba continuamente los informes que tenía sobre todos las presas a su carga.

         Había media docena de ellas que habían despertado principalmente su interés. Entre ellas estaban la traductora y la jovencita asesina. De la primera le tenía intrigada que hubiese cometido dos muertes, no hubiesen encontrado pruebas de ello y ella se declarase inocente todo el tiempo. La única violencia por su parte había sido pelearse con una de las bravuconas saliendo en defensa de su inofensiva compañera de celda. Ellas dos llamaban la atención por lo hermosas que eran.

       Maliciosa, estuvo hablando sobre ello con una celadora de su total confianza.

      —¿Crees que esas dos son amantes además de compañeras de celda?

     —Es muy posible. Se las ve muy unidas.

     —Siento curiosidad por saberlo.

     Compartieron ambas una sonrisa cómplice.

      —Podría ponerles una cámara oculta y averiguar lo que hacen cuando saben que no las está viendo nadie.

       —Sí, hazlo.

       —Se la pondré cuando estén en el patio con las demás reclusas —dijo la carcelera compartiendo morbo con su superiora.

         Las dos primeras cintas grabadas decepcionaron a las funcionarias, pues Emma y Lisa lo único que hicieron fue hablar, gastarse bromas, jugar a las damas y al parchís.

         Pero la tercera cinta mostró a las dos presas acostadas en la misma cama. De momento, compartían ellas besos en la boca y toqueteos, siempre vestidas, pues la jovencita se mostraba siempre extremadamente pudorosa.

         Pero la siguiente cinta recogida mostró que las dos reclusas se habían quitado la ropa y se estaban acariciando desnudas, llevando el papel dominante la traductora. Las dos mujeres poseían unos cuerpos muy bien proporcionados y bellos, hecho que en cierta manera despertó excitación en la persona que ejercía la máxima autoridad dentro de aquella prisión. <<Son extraordinariamente hermosas las dos, musitó viendo la cinta varias veces>>.

         La cuarta cinta resultó más interesante que las anteriores, pues las dos presas realizaron todas las maniobras sexuales que disfrutan las lesbianas. Después de verlo todo hasta el final tanto la directora como su subordinada reconocieron que aquellas prácticas eran bastante habituales allí dentro.  

       —¿Quito la cámara?

       —No, déjala un par de días más. Quizás realicen algo nuevo. Esa Emma es extremadamente apasionada.

        —Sí, a mí también me excita, especialmente, verla actuar —reconoció la celadora.

        Dos días más tarde, apenas había amanecido cuando se escuchó un potente grito de espanto. Dos de las carcelarias del turno de mañana, alarmadas acudieron al módulo donde había sonado. Todas las reclusas, sobresaltadas, les fueron indicando la dirección de la que había venido el grito.

        —Ha sido aquí al lado —le comunicaron las dos obesas ocupante de la celda vecina a la de la políglota y la jovencita asesina.

         Encontraron a Emma mirando con ojos desorbitados, llenos de horror el cuerpo inerte, desnudo de su compañera de celda. Las dos guardianas entraron en la celda y comprobaron enseguida, que Emily estaba muerta. Mientras una de ellas se comunicaba con la directora, la otra le preguntó:

         —¿Qué ha ocurrido aquí?

         Con voz entrecortada por el horror que sentía, Emma dijo que acababa de despertar y descubrir que su compañera estaba muerta.

          —¿La has estrangulado? —trató de sonsacarle.

         Emma no reaccionó de ningún modo. No podía apartar sus desorbitados ojos de la occisa.  

         —No tiene señales en el cuello —dijo su compañera, rectificando enseguida—: Espera tiene dos pequeños agujeritos.

          La cámara oculta sirvió para descubrir un hecho increíble: en cierto momento la serpiente tepán que la reclusa llevaba tatuada en su espalda cobró vida y mordió en el cuello a la joven Emily. Este increíble acontecimiento, cuando llegó al dominio público levantó una extraordinaria polémica, pues la gran mayoría de la gente no creía verídicas las imágenes captadas por la cámara oculta.

         Juzgaron finalmente a Emma. El excelente bogado que la defendió fue capaz de convencer al jurado de que su defendida era inocente de las muertes que su magnífico tatuaje, por increíble y extraordinario que resultase, era el culpable de las muertes que se había querido cargar a su defendida.

         El juez aceptó las pruebas aportadas, que fueron el vídeo grabado en el que se veía a la acusada dormida y a su tatuaje cobrando vida y mordiendo en el cuello a la jovencita dormida. Las aceptó después de que uno de sus ayudantes buscase al tatuador y descubriese que llevaba varios meses muerto.

         —Bien, su testimonio posiblemente no aportase nada a este caso de homicidio.

         El veredicto del jurado fue que Emma era inocente, pero el tatuaje debía ser eliminado para que no causase más muertes.

         Emma sufrió terribles dolores a pesar de la anestesia que le ponían cuando un experto le fue eliminando la serpiente asesina. Cuando la tuvo eliminada y curadas las heridas que inevitablemente sufrió, fue puesta en libertad.

         Su calvario no terminó entonces, pues la gente le tenía miedo y nadie quería emplearla. Por suerte para ella, escribió un libro contando su vida. Su obra fue un éxito y ganó mucho dinero con ello. El editor que se encargó de todo el proceso de revisarla, maquetarla y promocionarla se enamoró de ella. Estaba casado con una mujer paralítica, que no pudiendo tener sexo con él. Esta esposa fue muy comprensiva y consintió en que Emma se viniera a vivir al bonito chalé que poseían.

          La gente se olvidó de esta historia hasta que un año más tarde la mujer del editor murió por la mordedura de una serpiente. Esta vez se acusó de esa muerte a Emma, fue declarada culpable y sentenciada a la silla eléctrica.

          Finalmente le conmutaron esa pena por la de cárcel a perpetuidad. Las celadoras le ponían un bozal antes de acercarse a ella para lo que fuese. Tres muertes en su haber eran más que suficientes para que la temieran. (Copyright Andrés Fornells)

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