UN NIÑO CREYÓ EN LOS DEMONIOS (MICRORRELATO)

Agapito Cifuentes era un niño muy goloso. Marisa Cifuentes, su mamá, era una persona estricta que no dudaba en castigar, con su mano severa, el todavía tierno trasero de su travieso hijo.
Marisa Cifuentes, para que su pequeño no se comiera las magdalenas y otros dulces que ella compraba para la abuelita Alfonsa aquejada de inapetencia y de mal ajuste en su dentadura postiza, los escondía.
Agapito Cifuentes, que apuntaba para convertirse en sabueso policial, conseguía localizar siempre su escondite, comérselos, y una vez comidos arrepentirse al pensar en la nalgada que recibiría de parte de su madre, pues de la abuelita Alfonsa lo único que recibía era la blanda y, para él carente, de importancia advertencia:
—Los niños que hacen enfadar a sus mamás y roban cosas dulces que no deben, van de cabeza al infierno.
Para Agapito carecía de importancia esta advertencia suya, porque don Julián, el maestro, ateo hasta las cachas, aseguraba, en clase, que el infierno no existía y era un asustabobos creado por los curas para atemorizar a la gente asustadiza.
Una mañana Marisa compró para su madre dos pastelitos de crema de chocolate y los escondió dentro de su caja de la costura, envueltos en un plástico. Agapito se puso a ventear igual que un perro de caza y descubrió donde se encontraban los dos pastelitos. Cuando su madre descubrió su falta le hizo la acusación habitual:
—Te los has comido tú los pastelitos, ¿verdad, sinvergüenza?
—No, mamá, he visto como se los llevaban una gran procesión de hormigas.
Esta original excusa motivó que ella moviese la cabeza, escondiera una sonrisa, y dejara su mano castigadora ociosa.
Agapito creyó haber encontrado la excusa suprema para zamparse las cosas ricas compradas para su abuela. Pero calculó mal, pues la segunda vez que empleó el truco de que la procesión de hormigas se las habían llevado, no hizo sonreír a su mamá que lo golpeó con mayor fuerza que otras veces, dejándole el culo colorado y demostrándole que, para ella no existían excusas supremas que valieran.
Tal vez tenía razón el ateo profesor don Julián, en lo de que no existía el infierno, pero si existía un algo que castigaba las malas acciones, pues Agapito dormía muy mal debido a que soñaba en hormigas que se lo comían a él. Este sueño lo atormentaba tanto, que dejó de comerse las cosas dulces de su abuela, y las hormigas lo dejaron en paz. Y un día hablando con su profesor, Agapito le dijo:
—Maestro, el infierno puede que no exista, pero los demonios sí existen. Yo lo sé, los he visto y tienen forma de hormiga.
Don Julián fue a decirle que estaba muy equivocado, cuando una hormiga le picó en la punta de la lengua y lo silenció con un agudo dolor, que no se supo explicar pues se había tragado a su agresora.
Al día siguiente, don Julián se presentó en clase llevando alrededor de su alargado cuello un amuleto. Y se guardó mucho, en adelante, de decir que no existían ni el infierno ni los demonios
(Copyright Andrés Fornells)