TROYANO, MI PERRO, Y LA NIÑA CONCHI (MICRORRELATO)

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TROYANO, MI PERRO, Y LA NIÑA CONCHI (MICRORRELATO)

Generalmente, a los niños les gustan mucho los perros y viceversa. A Troyano, mi perro, lo acarician muchos niños cundo lo saco de paseo. Lo hacen cuando yo me detengo en algún sitio por algo que ha llamado mi atención, como los últimos títulos de los últimos libros expuestos en la vitrina de las librerías.
Troyano recibe las atenciones de los niños que no conoce, de un modo más bien pasivo y vigilante. No fiándose del todo pues, más de un chiquillo travieso y desconsiderado le ha tirado de la cola o de una oreja. Quiero pensar que impulsado más por la curiosidad, que por la maldad.

Sin embargo, con Conchi, una vecinita de seis años, Troyano reacciona de un modo muy especial, dando enormes saltos le hace fiestas y mueve el rabo con tanto entusiasmo que, cualquier observador insensato podría figurarse pretende desprenderse de ese peludo y tan expresivo apéndice.
La entusiasta reacción de Troyano con esta niña me tenía un tanto intrigado. ¿Por qué solo con ella tenía él una reacción tan exageradamente entusiasta?

Un día, al coincidir en el supermercado con la pequeña Conchi y Merche, su madre, la pequeña me preguntó:
—¿Y Troyano?
—En casa lo he dejado esta mañana, pues vengo del ayuntamiento, y podía haber tenido problemas si lo hubiese llevado allí conmigo.

—Yo quiero muchísimo a Troyano —aseguró Conchi dando muestras de nerviosismo— por eso le echo casi todos los días algún chuche por encima de la valla que separa nuestros patios.
Al escuchar esto, su madre y yo le explicamos que no debía hacer más aquello, ya que las cosas dulces dañan los dientes de los perros y no hay dentistas de perros.

Conchi lleva muy mal que la corrijan, pues rompe a llorar enseguida. Los siguientes diez minutos Merche y yo los empleamos consolándola.
La niña Conchi no le echa más chuches a Troyano por encima de la valla que divide los patios de nuestras casas adosadas, pero alguien le habrá dicho a esa cría que a los perros les gusta mucho la carne, y su madre me ha dicho ya, un par de veces, que desaparecen, misteriosamente, filetes de ternera de su frigorífico.

Yo no comparto mis sospechas sobre esas desapariciones, pues no soporto que regañen a la adorable Conchi y me parte el alma su llanto. Lo peor de este asunto es que mi conciencia me hace lo que nunca me ha hecho Troyano, me muerde.

 (Copyright Andrés Fornells)