RECUERDOS ENTRAÑABLES (VIVENCIAS MÍAS)

RECUERDOS ENTRAÑABLES (VIVENCIAS MÍAS)

RECUERDOS ENTRAÑABLES  (VIVENCIAS MÍAS)

Es una imperdonable injusticia dejar que tantos recuerdos entrañables como poseemos, el alud de novedades que a diario invaden nuestra mente los vayan arrinconando tan hondo, tan hondo, que les resulta extraordinariamente difícil emerger hasta nuestra conciencia diaria.

Esta mañana, al realizar el ejercicio de abrir y cerrar mis manos antes de atacar con ellas el teclado de mi ordenador, de repente se ha posesionado de mí una inesperada añoranza y me he dado cuenta de que hoy es domingo, y lo hermosísimos que fueron los domingos de mi niñez.

En esa época de mi vida mi capacidad de ilusionarme era tan elevada que podían hacerme feliz infinidad de cosas que, de adultos nos parecen insignificantes. La primera de ellas despertar y apreciar la maravilla que es estar vivo. En mi niñez yo sí sabía apreciar ese prodigio. Me vestía en un santiamén. Me ponía los zapatitos de punta roma y corría en busca de mi madre. La encontraba en cualquier parte de la casa haciendo algo. Ella nunca paraba. Yo me lanzaba a sus brazos y, fuertemente abrazados ella realizaba dos o tres giros volando yo en el aire mientras los dos reíamos con todas nuestras ganas. Luego ella me depositaba en el suelo. Nos dábamos ruidosos besos. Ella me anudaba los cordones de los zapatos, diciendo que debía aprender a hacerlo yo porque cualquier día andando con los cordones sueltos podía caerme y hacerme daño. Y yo le decía que era demasiado chico para aprender ciertas cosas. Me gustaba tanto tenerla agachada mientras me ataba los cordones y acariciarle el pelo siempre sedoso, siempre aromático.

Los domingos, cogidos de la mano entrabamos en el enorme enigma de la impresionante iglesia llena de gente, de susurros, de toses y de una mezcla de olores que solo se encontraba allí. Aquel lugar, aparte de poseer el milagro de ser la casa de Dios, un ser Todopoderoso e invisible, me permitía tomar parte de unos rezos que no me sabía enteros, y formar parte del ritual de arrodillarme cuando se arrodillaban los demás, y de ponerme de pie cuando lo hacían ellos.

Ahora, que me encuentro con la fe de entonces medio perdida, me produce evocar escenas como aquella una especie de ahogo nostálgico junto a la sensación de que con todo lo hermoso que aquello era no supe disfrutarlo suficientemente. Y con los ojos húmedos de pena y vergüenza he murmurado:

—Perdona, madre, por no revivirte en mi memoria más frecuentemente. Perdona, madre, por ser tan desagradecido de haberte arrinconado cuando, por tanto como hiciste por mí, aparte de darme la vida, debería dedicarte aunque solo fuese la miseria tacaña de unos minutos diario.

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