MI ENTRAÑABLE PUEBLITO (RELATO)
Me desperté en mitad de la noche. Por un pequeño resquicio en la ventana se colaba un tenue rayo de luz. Me vestí poniendo mucho cuidado en no romper el sueño de mi amada, abandoné el dormitorio y marché a la calle.
De inmediato me envolvió un silencio acogedor. Estábamos en primavera y la temperatura era cálida, acariciante. La calle vacía. Solo yo andando por ella. No existe vida nocturna en este lugar. Los pasos de mis zapatos podía escucharlos sobre el viejo adoquinado.
La luna caía vertical sobre mí achatando mi sombra. El aire entraba en mis pulmones perfumado por las flores que adornaban macetas en alféizares de ventanas y entre los barrotes de los balcones.
Subiendo la cuesta que llevaba a la plaza Mayor, con la cabeza levantada podía gozar el espectáculo en exclusiva de un cielo tachonado de rutilantes estrellas.
Aspiré con fruición el aire perfumado. Sonreí. En aquel momento me sentía plenamente feliz. Mi pequeño pueblo me estaba abrazando con ternura. Formaba parte de mí, y yo de él.
Llegué a la plaza y me senté en el banco favorito de ella y mío. Y recuperé la visión tenida algunos minutos atrás. El rostro de mi amada en reposo, el levísimo movimiento de sus largas y curvas pestañas, su larga cabellera azabache extendida sobre la blanca almohada. Su seno cubierto por el camisón de seda, subiendo y bajando acompasadamente. ¡Dios mío, cuánto amaba a esta mujer! ¡Me mataría perderla!
Ella no era feliz en mi pueblito. Quería regresar a la ciudad populosa, bulliciosa, contaminada. Echaba de menos sus tiendas, sus teatros, sus cines, sus salas de conciertos y conferencias, su enloquecido tráfico, su gentío.
No me di cuentas de que estaba llorando por ella hasta que se me emborronaron las estrellas y también la luna que me mostraba una mueca amarga, melancólica. Y pensé que la vida me estaba poniendo a prueba: tenía dos grandes amores y uno de ellos me obligaba a dejar el otro.
Al día siguiente, para no perder a la mujer que tanto amaba, tendría que abandonar aquel entrañable lugar que me veía obligado a amarlo menos de lo que la amaba a ella.
De regreso a la casa arranqué una rosa amarilla, la flor favorita de mi mujer. Sus espinas me penetraron dos de mis dedos. les agradecí me distrajeran causándome un pequeño dolor físico.
(Copyright Andrés Fornells)