MEMORIAS SORPRENDENTES (MICRORRELATO)

MEMORIAS SORPRENDENTES (MICRORRELATO)

La envidia es un sentimiento generalizado que al envidioso le sirve para desear a aquellos que le despiertan tan malsano sentimiento una satisfacción malvada cuando el infortunio o la desgracia se ceba sobre aquellos que envidia.

Esto me demostró cierto individuo acompañado de otras personas, sentados todos ellos en una mesa vecina a la nuestra, al que escuché mostrándose él enormemente complacido la breve historia que me permito relatar a continuación.

—<<Mauricio y Merche eran dos jóvenes hermosos, dueños de muy buena salud y provistos de un elevado porcentaje de testosterona por la parte de él, y de copulinas por la parte de ella. Tras el encuentro de ambos en una discoteca muy selecta, surgió entre ambos un enamoramiento devastador. Devastador hasta el punto de que, si hubiesen podido convertirse en huracán habrían derribado todos los árboles junto a los que pasaran, y, de convertirse en llama, incendiado todos ellos. Esta relación extraordinaria duró tres meses y un día. El día en cuestión, el anterior a que Merche se enamorase fulminantemente de Ernesto que acababa de estrenar un reluciente Ferrari de color rojo y la invitó a dar un paseo con él, y, por parte de Mauricio el día en que Cuquita lo invitó a dar un paseo en el yate nuevo que le había comprado su papá. Rompieron aquellos dos caprichosos su relación e iniciaron una frenética busca de la felicidad que, por no conocer cómo ni dónde encontrarla los llevó a una frenética sucesión de desatinos y continuadas frustraciones. Con el paso del tiempo, Mauricio se casó tres veces y Merche cuatro, y cuando ambos, por vanidad escribieron sus memorias sorprendieron a todo el mundo asegurando que no habían tenido en su lujosa y regalada existencia ni un solo día feliz y, lo peor de todo qué nunca habían averiguado cómo era ni en qué consistía la felicidad. Y es que los ricos no tienen derecho a ser felices —remató el envidioso se historia>>.

Sus acompañantes rieron sin entusiasmo.

Yo le dirigí una mirada de lástima y reprimí mi deseo de gritarle:

<<Los envidiosos tampoco tienen derecho a ser felices>>.

En aquel momento llegó a nuestra mesa el camarero con la nota de lo que habíamos consumido mi media docena de buenos amigos y yo. Sacamos en seguida la parte que nos tocaba apoquinar por barba.

Reunido el total abandonamos la mesa. Yo había cogido el salero, se lo coloqué delante al envidioso y le dije dejándolo pasmado:

—Si te echas tres rociadas en el pelo todos los días, al final de este año tendrás un Ferrari y un yate.

Mis amigos se rieron de buena gana, también lo hicieron los compañeros del envidioso, pero no éste que se quedó muy serio mirando el salero.

Me arrepentí enseguida de lo que había hecho, pero me faltó bondad para pedirle perdón por la malvada broma que le había gastado a aquel tipo que, aparte del defecto de ser envidioso quizás poseyera virtudes merecedoras de elogio.

(Copyright Andrés Fornells)