LOS SUEÑOS SON UNA COSA Y LA REALIDAD OTRA COSA MUY DISTINTA (MICRORRELATO)
Manuel Romero creía firmemente que los sueños tenían mucho que ver con la realidad. Se lo explicaba así a su madre que lo escuchaba con benevolente sonrisa.
—Mamá, lo que uno sueña es la realidad vestida con el traje de la fantasía, igual que un regalo va envuelto en un vistoso papel de celofán. Hace poco soñé que yo era un emperador romano y me hallaba en un gran salón disfrutando de una opípara comida. Evidentemente, yo no soy un emperador romano, sin embargo, al mes siguiente de tener yo aquel placentero sueño, se casó nuestro pariente, Anselmo Doblones con el que no mantenemos mucho trato porque él es millonario y yo un simple desempleado de veintidós años, cifra que ridiculizan en el juego del Bingo, llamándola: los dos patitos. Pues bien, ese acaudalado familiar nuestro nos invitó a los dos a su boda y disfrutamos de un pantagruélico banquete, parecido al que yo disfruté en mi sueño como emperador.
—Eso demuestra que tus sueños alguna relación guardan con la realidad —consideró, generosa, la autora de sus días.
Transcurrido algún tiempo, Manuel Romero tuvo otro sueño extraordinario. En ese sueño él compró un décimo de lotería. Ese décimo salió premiado y él ganó una enorme cantidad de dinero. Con ese dinero se compró un magnífico coche deportivo y una mansión.
En su sueño, Manuel había visto el número premiado y lo había memorizado. Nada más despertar se vistió en un tiempo récord, salió corriendo como para establecer un nuevo récord mundial, encontró una expendeduría de lotería y pidió al lotero el número que había soñado.
—Tiene usted suerte, nos quedan todavía cinco décimos del número que le gusta —le dijo el vendedor.
—Pues deme usted esos cinco décimos —ilusionadísimo Manuel.
Llegó el día del sorteo. Manuel Romero vio, loco de felicidad, como ganaba el premio gordo el número que él había adquirido. Desgraciadamente, para él, 6 días antes del sorteo había perdido su cartera con los décimos premiados dentro. Manuel Romero lloró, desconsolado, su amarga realidad.
Manuel Jiménez, el marginado de mediana edad que se había encontrado su cartera, cogió el décimo, veinte euros que había en ella, y la tiró a un contenedor de basura.
Manuel Jiménez llevaba cinco años parado y no creía en los sueños suyos, pues lo que él solía tener en sus sueños era la misma pobreza aterradora que en la realidad.
Manuel Jiménez presentó los décimos premiados cobró el importante dinero que les correspondía y con ese dinero se compró una mansión, un magnífico coche deportivo, se enamoró de Azucena la madre de Manuel Romero, se casó con ella, y el tal Manuel Jiménez le prestaba a su hijastro su coche los fines de semana para que fardase con él y ligase a jóvenes bonitas e impresionables.
Manuel Romero dejó de tener sueños bonitos y empezó a tener pesadillas en las que se veía pobre, sin recursos y pidiéndole limosna a su padrastro. Tuvo suerte porque, en la realidad, el buen hombre que se había casado con su madre le daba algo de dinero de vez en cuando y para que no se avergonzase de depender económicamente de él, finalmente le montó un taller de bicicletas en el que su hijastro consiguió vivir de su trabajo y hacer, los fines de semana, los cuatro excursiones en bicicletas que llevaban pintada publicidad del taller Pedalea con Suerte.
(Copyright Andrés Fornells)