UN ANCIANO NECESITABA QUE ALGUIEN LO ESCUCHASE (MICRORRELATO)

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UN ANCIANO NECESITABA QUE ALGUIEN LO ESCUCHASE (MICRORRELATO)

Lucrecio Padilla había llegado en su poco afortunada vida a la irremediable vejez a la que se había añadido la soledad y una profunda tristeza pues, unas pocas semanas atrás había quedado viudo.

Con Eulalia, su esposa, habían tenido tres hijos. Estos hijos abandonaron el hogar, se buscaron el sustento en otros países y, esclavos de su desmedido egoísmo olvidado de las dos personas que les habían dado la vida, hasta el punto de no haber asistido siquiera al entierro de su madre, ni acompañado a su padre en tan luctuosa desdicha.
      Lucrecio Padilla sentía que la pena producida por su viudedad, metida muy dentro de él, le ahogaba, le quitaba el ánimo de continuar adelante. Pensamientos suicidas lo asaltaban en los momentos en que se adueñaba de él de la fatídica depresión.

Necesitado de contacto humano, de empatía, algunas mañanas cogía el autobús urbano, que les salía gratuito a las personas de la tercera edad, y trataba de entablar conversación con el viajero a cuyo lado se había sentado. Pero raramente encontraba personas que demostrasen interés en conversar con él.
—Estoy desconsoladamente triste, señora —comenzaba diciendo—: Tres semanas atrás perdí a mi esposa. Nos queríamos muchísimo. Era una mujer buenísima, maravillosa, y la echo tanto de menos que se me han quitado las ganas de seguir viviendo.
—Oiga, todos tenemos nuestros problemas. ¡Guárdese para usted los suyos y no moleste a los demás! ¿Estamos? —dijo la mujer con desagradable actitud, y levantándose fue a ocupar otro asiento.
Nadie ocupó el asiento dejado libre por ella. La expresión apesadumbrada, el aire compungido de >Lucrecio, sin él desearlo, actuaban de repelente.
Lucrecio se bajó en la parada que lo dejó delante de uno de los más antiguos y descuidados parques de la ciudad, situado en uno de los barrios más pobres.

La añoranza lo había decidido a darse un paseo por ese lugar. Cuando su mujer y él eran jóvenes lo visitaban frecuentemente, pues los dos vivían por aquella zona.

En la parte más profunda del parque había un baqueteado contenedor de basura. Llegado allí, Lucrecio decidió regresar a la parte menos descuidada del aquel terreno, cuando descubrió que tumbado en el suelo había un perro. Un perro abandonado como evidenciaba lo flaco y sucio que estaba.

Su aspecto y la melancólica mirada que le dedicó mientras movía lentamente su cola, despertaron en el hombre viudo un inmediato sentimiento de lástima y se rindió al repentino impulso de acercarse a él, hablarle y acariciarle la cabeza:

—Tú también estás solo en el mundo, ¿verdad?

Su cariñoso proceder fue animando al can que superando los temores que el maltrato de otros seres humanos había creado en él, movió su cola con mayor energía y se atrevió a lamer la mano que lo acariciaba.
—Sí, tú también estás solo y eres desdichado. De ahora en adelante yo cuidaré de ti y te haré compañía —decidió Lucrecio conmovido por el cálido reconocimiento que le demostraba el animal.

Buscó en el interior del contenedor. Encontró un pedazo de cable eléctrico. Rodeó el cuello del perro con él, de modo que no le apretase. Después tiró del cable y el animal lo siguió dando muestras de contento. Él y todos los de su especie han nacido para amar a los humanos y ser sus más fieles amigos.

En un puesto callejero donde vendían comida, el anciano le compró una hamburguesa se sentó en un banco y se la fue dando a pedacitos, que el can engullía con ansia, agradeciéndoselo con un enérgico movimiento de cola y un brillo de felicidad en sus pitañosos ojillos.
El anciano se llevó al perro con él, a su casa, y a partir de entonces ninguno de los dos volvió a sentirse solo y gozó la dicha de tener a alguien que lo amaba y era sumamente importante para él.

(Copyright Andrés Fornells)