LIBERTAD ABSOLUTA PARA MERCEDITAS (RELATO)

LIBERTAD ABSOLUTA PARA MERCEDITAS (RELATO)

LIBERTAD ABSOLUTA PARA MERCEDITAS

(Copyright Andrés Fornells)

La señora Eugenia era una persona convencida de que a los hijos se les debe dar plena libertad para que ellos busquen su dicha del modo que ellos crean van a encontrarla. Por esta convicción suya, con respecto a Merceditas, su hija, esta buena y equivocada mujer, nunca se preocupaba de con quien salía, de las pastillas de falso goce que tomaba, ni de lo que hacía con su cuerpo y su salud.  

Personas que se preocupan por los demás, por humanas y solidarias convicciones, le decían a la señora Eugenia que su nena estaba corriendo peligros que podría acabar pagando muy caros. A quienes le procuraban estos sabios consejos, permisiva y bienintencionada madre argumentaba convencida de estar obrando bien:

—Nadie puede ser feliz sino es absolutamente libre de salir con quien le parezca, y hacer con total libertad lo que le dé la real gana. Los padres no tenemos derecho alguno a meternos en la vida de nuestros hijos y mucho menos a prohibirles nada. La libertad debe ser siempre, para ellos, el bien supremo.

Aprovechando el beneplácito materno, Merceditas mantenía relaciones con hombres que causaban sorpresa a las personas que son todavía capaces de sorprenderse. Hombres que tenían en su pelo más colores que el arco iris, hombres que tenían piercings y tatuajes hasta en el documento de identidad, hombres que le había declarado la guerra a la higiene y hombres que parecían clones del conde Drácula.

Un día la señora Eugenia se dio cuenta de que su Merceditas estaba cada día más esquelética y pálida mientras que el último amante gótico que ella se había echado, estaba cada día más sonrosado de mofletes, más saludable y hermoso.

La señora Eugenia amaba a su hija, tanto o más que cualquier madre pueda amar a la suya. Un día esta buena y desorientada señora se dio cuenta de que Merceditas tenía dos agujeritos en el cuello y su novio gótico los dientes incisivos muy grandes y puntiagudos, y sacando conjeturas, sin dudarlo un instante, le clavó una estaca en el corazón.

Que gozaran del cuerpo de su hija era una cosa, pero que la dejaran sin sangre y sin salud era otra muy distinta y que ella no podía consentir.

Lo muy malo para la señora Eugenia fue que las leyes no permiten ciertas cosas que quienes las cometen creen que está divinamente justificado cometerlas.

Merceditas, que una vez libre del chupasangres había recobrado salud y la lozanía, llevaba a su madre, a la cárcel donde la tenían presa, novelitas de amor y algún que otro guiso de su invención, que su madre amorosa comía mostrando expresión de deleite mientras, por dentro, moría de asco.

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