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UN DESCONOCIDO
Del hombre sólo podía ver sus anchas espaldas y el abundante pelo castaño oscuro parte del cual se montaba sobre el cuello de su negra chaquetilla de cuero bastante deslucida por el mucho uso. El aire fresquito de la mañana hacía llegar hasta Laura el agrada-ble perfume de su colonia. Los movimientos del desconocido eran pausados. Demasiado pausados para la prisa que ella llevaba. Él terminó de colocar el dinero sacado del cajero automático dentro de su cartera muy utilizada también, la pasó a un bolsillo interior de su chaquetilla y entonces se dio media vuelta y descubrió la presencia de Laura. Y se la quedó mirando de manera tan intensa, tan fija, que logró incomodarla. Y casi en seguida su boca generosa, a juego con su firme barbilla se entreabrió en una sonrisa de genuina admiración.
—Hola. A usted la conozco yo —manifestó sorprendiéndola.
—No creo —replicó Laura desconcertada, al bordo del enojo—. Seguro que me confunde con otra persona.
—Bueno, perdone, no me he expresado bien. La conozco de vista, claro —rectificó él—. De verla por el colegio Altamira. Usted tiene tres preciosos chicos y yo tengo una niña que estudia también allí. Usted no se ha fijado nunca en mí, claro —reconoció él sin falsas presunciones—. Pero yo sí en usted. Cosas de hombres, supongo— empleó al decir esto último un tono de simpática disculpa—. Me llamo Germán.
Ella sintió que su mano se perdía dentro de la grande, cálida y recia mano masculina. Y, a regañadientes, correspondió diciéndole también su nombre. La amable actitud, el notorio encanto personal de este hombre le resultaban desarmantes. Era además alto, vigoroso y no mal parecido. Laura sintió de pronto un temor inexplicable. Sacudió la cabeza como si con este gesto pretendiera librarse de un hechizo con el cual tratase de apresarla aquel hombre que veía por primera vez en su vida. Deseó con todas sus fuer-zas escapar cuanto antes de su alteradora presencia. Señaló hacia el cajero automático y dijo casi hosca de tan seria:
—Veo que es usted muy observador. Si me permite… Me corre prisa…
El movió la cabeza asintiendo. Al hacerlo dos mechones de cabellos cayeron sobre su frente, favoreciéndole. Dijo:
—Me quedaré un momento aquí vigilando por si apareciera algún ladrón.
Laura se sentía molesta. Demasiado decidido y seguro de sí mismo aquel individuo. Probablemente pretendía, con respecto a ella, ver si podía ligársela. ¡Iba listo!
—Es usted muy amable, señor, pero no hace falta. Sé defen-derme llegado el caso.
Él no se movió del sitio.
—Me quedaré de todos modos. Hace mucho frío esta maña-na, ¿verdad? —frotó sus manos, reforzando este gesto lo que acababa de comentar.
—Mucho —contestó Laura por educación, dándole la espalda.
Él esperó a que ella terminara la operación, para ofrecerle:
—Un café bien caliente es lo mejor para quitar el frío. Mire, ahí enfrente tenemos una cafetería. Permítame que la invite… —Él adivinó que ella iba a negarse. Sus cautivadores ojos le suplica-ron que aceptase. Añadió—: Por favor, me deprime terriblemente tomar café, solo. Hará usted una obra de caridad conmigo.
Laura desde que estaba casada jamás había cometido acción alguna que no se ajustara al estricto código moral que ella se había impuesto desde niña. Miró a su interlocutor a la cara por primera vez. Apreció que tenía la nariz ancha, algo aplastada; la boca carnosa, la mandíbula cuadrada y los ojos un poco achinados, vivos, dinámicos, verde-azulados. Creyó descubrir un brillo de nobleza en ellos. Le calculó, más o menos la misma edad que ella tenía. Quizás un par de años mayor. Mantuvo una breve lucha interna. ¿Le decía que sí o lo mandaba a paseo? Ahora que le había examinado con cierto detenimiento, no le pareció un ligón, lo cual para nada significaba que no lo fuera. Bueno, peor para él si se había hecho algún tipo de ilusiones con respecto a su persona. Tenía el fracaso asegurado. Y, en cuanto a ella, un poco de distracción le iría bien a su monótona, anodina existencia. Le advir-tió a modo de prevención:
—Sólo dispongo de cinco minutos.
—Bastarán —aceptó él, encantado.
Cruzaron la calle por el paso de peatones, el uno al lado del otro. Laura se observó en la puerta acristalada hacia la que caminaban de frente. Consideró que un poco de maquillaje la habría favorecido. Pero maquillarse era algo que nunca hacía por las mañanas. Andaba corta de tiempo y de humor para ello.
Él, galante, se adelantó para abrirle la puerta. Ella agradeció con un movimiento de cabeza esta deferencia. Entraron en el local caldeado por dos estufas de butano estratégicamente distribuidas dentro del establecimiento.
Había allí un buen número de clientes. Bastantes de ellos desayunando. Un ludópata madrugador estaba jugando en una de las dos tragaperras situadas al fondo de la amplia estancia. La pegadiza musiquilla de la máquina de las frutas se mezclaba con el apagado rumor de las conversaciones.
—En una mesa estaremos más cómodos —sugirió el acompañante de Laura.
Ella, precediéndole, escogió una mesa alejada de la puerta, a resguardo del aire gélido que venía de la calle cada vez que alguien entraba o salía de la cafetería. Depositó encima de la mesa su bolso. Se desabrochó el abrigo. Debajo llevaba una falda azul y un yérsey de cachemira rosa. Esta última prenda moldeaba un tanto provocadoramente su busto redondo y todavía agresivo.
Germán le apartó la silla y se la arremetió antes de que se sentara. A Laura le entraron ganas de echarse a reír. Acababa de pensar que parecían dos protagonistas de una película romántica. Las reprimió. Él podía interpretarlo erróneamente.
—Iré a por los cafés. Así no tendremos que esperar —decidió Germán.
Laura le siguió con la mirada. Reparó de nuevo en la anchura de sus espaldas. Juzgó que debía haber practicado mucho deporte en su juventud o realizado siempre trabajos que requerían gran esfuerzo físico. Le estaba despertando aquel hombre una creciente curiosidad, no exenta de desconfianza. <>.
La preocupaba algo menos que pudieran decírselo a su marido; él la conocía bien, confiaba plenamente en ella. Razones para que fuera así, le sobraban. Ella le había sido siempre fiel.
Germán regresó con sendas tazas humeantes. Notoriamente firme el pulso.
—Aquí tenemos dos buenos cafés —dijo colocándolas encima del tablero de la mesa—. Café colombiano— afirmó—. Para mi gusto el mejor café del mundo.
—¿Le ha dicho el camarero que estos cafés son de café de Colombia? —Laura, por decir algo que la ayudase a paliar el ner-viosismo que la poseía.
—No, no me lo ha dicho el camarero. Es muy probable que él no lo sepa. Pero yo lo he reconocido enseguida por su aroma. Viví cinco años en Colombia. Durante ese tiempo tomé, naturalmente, miles de cafés. Es una bebida que me gusta muchísimo, que me entona.
Esta explicación despertó la curiosidad de Laura, que de repente, consideró que él tenía pinta de aventurero y le hizo una pregunta que consideró entraba dentro de lo posible:
—¿Estuvo en Colombia buscando esmeraldas, quizás? Tengo entendido que allí se encuentran en abundancia.
—No estuve buscándolas, estuve transportándolas ilegalmen-te en una avioneta. De noche. Volaba con ella por encima de los Andes y aterrizaba en un pequeño aeropuerto clandestino, ya en tierra venezolana. En Venezuela las pagaban mucho más caras. Me tenía contratado una poderosísima compañía de Muzo.
Lo confesó con absoluta naturalidad, sin pretender darse im-portancia. Laura no ocultó el interés que sus palabras le habían despertado. En su mirada apareció un brillo de admiración.
—Entonces… ¿es usted piloto?
—Lo fui durante una larga, larga temporada. Temeridades que
se cometen de joven —risueña aclaración por su parte—. Lo abandoné hace once años.
Su angulosa, curtida faz, no mostraba el menor signo de envanecimiento personal. Tan modesta actitud fue del agrado de Laura, que no soportaba a los fanfarrones.
—¿No compró ninguna de aquellas esmeralda para su mujer?
Se arrepintió de la pregunta nada más formularla, temiendo ser mal interpretada.
—Estaba soltero entonces —respondió Germán empezado a disolver con la cucharilla el terrón de azúcar que acababa de echar dentro de su taza.
—Debía ser bastante peligroso pilotar un avión de noche —supuso Laura rodeada su taza con ambas manos, disfrutando con ello el calor que desprendía.
El ex piloto encogió con despreocupación sus poderosos hombros. Depositó la cucharilla cuidadosamente en el platito. Acto seguido la miró de frente con tanta intensidad que Laura se turbó como una colegiala. Su reacción fue del agrado de Germán. Le mostraron una amplia sonrisa sus dientes grandes, bien alineados.
—Era muy peligroso —reconoció—. Las avionetas en que volábamos estaban tan viejas y cochambrosas, que en cada vuelo nos jugábamos la vida. Por eso nos pagaban tan bien. El hecho de que tuviéramos la vida pendiente de un hilo motivaba, en buena medida que despilfarrásemos el dinero a manos llenas. Sólo el momento presente contaba para nosotros. No queríamos pensar en lo que podía depararnos el futuro. Un par de compañeros míos murieron al estrellarse sus aparatos. El próximo podía ser yo, pensaba cada vez que despegaba. Me he arrepentido a menudo de haber sido tan malgastador entonces —abrió sus grandes manos como si con este gesto pidiera disculpas—. Si hubiese ahorrado todos aquellos dólares que gané y malgasté entonces, ahora trabajaría para mí y no para otros. Pero no quiero quejarme. Viví inten-samente y eso es mucho más de lo que la gran mayoría de la gente consigue —bajó la cabeza y tomó un sorbo de su taza—. ¡Hum!, bueno de verdad este café.
Laura lo imitó. Tal vez influida por el positivo comentario de él, saboreó el suyo de manera especial aquella mañana. Se encontraron sus miradas luego de un rato de rehuirse. Las sostuvieron un momento breve pero penetrante. Esbozaron después una sonri-sa de franca simpatía por parte de Germán, de desconfianza por la de Laura. Siguió un corto silencio que él alteró comentando en un tono de sincera admiración:
—¿Sabe?, nunca he visto antes unos ojos como los suyos, Laura.
Un suave rubor tiñó las mejillas femeninas.
—¿Debo tomarlo como un cumplido o más bien todo lo contrario? —pretendiendo mostrar una calma que no sentía.
—Como un cumplido, por supuesto. Son negrísimos y están sembrados de innumerables puntitos dorados. Comparándolos con algo bonito diré que parecen dos pedazos de noche oscura profusamente estrellada. Pilotando mi avioneta contemplé muchas noches así.
En su halago se mezclaban a partes iguales la sinceridad y la adulación.
—Bueno, no me sabía dueña de semejante rareza —ironizó Laura, y queriendo distraer su atención contratacó—. También sus ojos son extraños, Germán. No sabría decir si son verdes o azules.
—Una mezcla de ambos colores diría yo. ¿Le apetece una copita de un licor dulce? La entonará.
—No, gracias. Raramente tomo alcohol.
Estaba intrigada. Nada en la actitud de este hombre delataba que su intención fuera conquistarla. Se mostrada amistoso y respetuoso todo el tiempo. Sin embargo, ella recelaba. Desde su experiencia personal sabía que la gran mayoría de los hombres no es precisamente amistad lo que buscan en las mujeres. Germán cambió de conversación, desconcertándola:
—¿Qué tal son sus chicos?
—Tres diablos —reconoció benévola.
—Yo tengo una niña nada más. Como ya le dije antes. Cumplió los nueve el pasado septiembre. Es buena como el mismo pan, cariñosísima y muy inteligente, pero mala estudiante.
—Como mis chicos. Los dos mayores sacan buenas notas gracias a su excelente memoria y a que yo estoy todo el día encima de ellos obligándoles a que estudien. El pequeño está en primaria. Nos trae de cabeza. Es el crio más travieso del mundo. Por su culpa vivimos en un continuo sobresalto. En cuanto lo pierdo de vista ya se ha metido en el cuarto de baño y está mezclando cosas. La pasta de dientes con la espuma de afeitar del padre, mi laca del pelo con el jabón líquido de lavarse las manos… Creo que va para químico.
Absoluta condescendencia, cargada de orgullo materno su voz. Germán asintió, comprensivo, risueño, afable. Laura reconoció que él poseía el don de hacerla sentirse bien en su compañía. Allí estaba ella hablándole con la mayor naturalidad, haciéndole incluso confidencias cuando hacía apenas media hora que se conocían. Tomó otro sorbo de café. <>.
—Ciertamente es muy difícil hacerles entender a los hijos lo importantísimos que son los estudios. ¿Practican algún deporte sus hijos, Laura? —se interesó.
—Judo y baloncesto los dos mayores. Un poco a la fuerza. Son muy comodones. Si por ellos fuera vivirían a todas horas pegados al televisor, al ordenador y a las consolas.
—Están muy de acorde con los tiempos que les ha tocado vivir. ¿A usted le gustaba practicar algún deporte, Laura?
—Practiqué el judo también. De joven, por supuesto. No pasé del cinturón marrón. Me disloqué un hombro en una competición y mi madre, que era la persona más sufridora de este mundo, temiendo me pudieran romper algún hueso, me suplicó que lo dejara. Y lo dejé. No quise que sufriera por mí.
Al mencionar a la autora de sus días, la voz de Laura reveló una nota de tierna tristeza. Germán adivinó la causa.
—¿Murió su mamá?
—Sí, de un derrame cerebral.
—Lo siento.
—Es usted muy amable. Ocurrió hace bastante tiempo ya.
Calló que seguían echando mucho de menos a la autora de sus días tanto sus hermanos como ella, que había sido una madre maravillosa, y que su padre se había vuelto a casar imponiéndoles una madrastra a la que ellas detestaban profundamente. Después de todo Germán era un extraño. Giró la cabeza para que él no viese el brillo de lágrimas aparecido en sus ojos. Abrieron una pausa. Germán percibiendo la melancolía de Laura, no tardó en rescatarla del pozo de pensamientos tristes en el que ella se había sumer-gido.
—Yo practiqué el rugbi durante algunos años. De joven tam-bién, claro. Me rompieron un par de huesos en partidos de competición. También yo rompí algunos huesos a otros. Sin mala intención, por supuesto. Siempre sin mala intención. En el rugbi que practicamos en Europa impera la caballerosidad. Roturas aparte disfruté mucho con ello —rio pareciéndole divertido lo evocado.
—Un deporte muy duro el rugbi.
—Y muy noble también.
Laura olvidó su propósito de marcharse enseguida y las obligaciones que le aguardaban en casa. El interés la retenía allí.
—¿Sus padres viven, Germán? —quiso saber.
—No. Desgraciadamente perdí a los dos en un accidente de tráfico. Mi padre era el conductor más prudente del mundo; pero nada pudo hacer contra el camión cargado de sacos de cemento que chocó contra su coche. Él y mi pobre madre murieron en el acto.
—¡Vaya mala suerte! —se compadeció Laura.
—Muy mala. Una verdadera tragedia.
Él encajó fuertemente las mandíbulas y se frotó la nariz con el nudillo del dedo pulgar, gestos ambos que denotaban dolor.
—Lo siento.
—Sucedió también hace unos pocos años. El tiempo mitiga el dolor, pero nunca lo borra del todo. Sigue presente, vivo en el fondo de uno. Y es justo que sea así. Olvidar por completo a los seres que te han querido y has querido, lo considero una crueldad.
Se habían puesto muy serios. Laura decidió refrenar su curiosidad. Demasiado interés por su parte podría dar pie a que Germán se hiciera algún tipo de ilusiones con respecto a ella. Pensó en la tranquilidad que él demostraba estando con ella en un lugar público, a pesar de lucir en su mano una alianza de casado. Le entró de nuevo la prisa. Prisa por salirse de una situación que comenzaba a inquietarla, a causarle desasosiego. Se terminó de dos largos sorbos el café. Frunció graciosamente los labios en un gesto de disculpa y dijo:
—Debo marcharse. Tengo montones de cosas que hacer.
—Sí, el tiempo vuela y no vuelve más —replicó Germán poniéndose respetuosamente de pie, sin mostrar intención alguna de retenerla más tiempo—. He tenido mucho gusto en poder charlar un rato con usted, Laura.
—Lo mismo digo. Gracias por la invitación, Germán.
—No se merecen. ¿Quiere que la lleve a alguna parte? Tengo el coche aparcado cerca de aquí.
—Se lo agradezco, pero yo también tengo el mío aquí cerca.
—De acuerdo. Hasta que nos veamos de nuevo.
Laura no quiso decir nada que pudiera hacerle sospechar que ella tenía afán alguno en que se produjera un nuevo encuentro entre ellos.
—Adiós.
Germán se apresuró a apartarle la silla, detalle que Laura agradeció esta vez con un gesto de la mano. Luego, volviéndole la espalda se dirigió sin más dilación hacia la puerta acristalada, convencida de que él la estaba observando. Caminó con la máxima elegancia de que fue capaz, la cabeza erguida, sintiendo su larga y levemente ondulada cabellera golpearle con suavidad hombros y espalda. Le habría gustado saber si él pensaba de ella que era una mujer hermosa e interesante, o sólo una hembra buena para llevársela a la cama.
Cuando alcanzó la puerta de salida le asaltaron poderosas ganas de volver la cabeza y tratar de descubrir en los extraños ojos de Germán sus sentimientos en aquel momento. Supo contenerse. Era una mujer casada y no debía bajar la guardia en ningún momento.
Condujo hacia su casa con una falta de concentración nada habitual en ella. Repasó mentalmente los momentos pasados junto a Germán. Pensó en el anillo matrimonial que él lucía. ¿Cómo sería su mujer? Seguramente guapa e inteligente. Un hombre tan interesante no podía haberse enamorado de una mujer del montón. No parecía muy feliz, especuló. Algo había visto en el fondo de sus penetrantes ojos que se lo sugería así. ¡Qué más daba si él era feliz o no! Había tanta gente a lo largo y ancho del mundo que tampoco lo era. Probablemente Germán y ella no volviesen a verse nunca más. No existía razón alguna para que ocurriese lo contrario.
Aparcó el coche en el solar abierto que había en su calle. Entró acto seguido en la pequeña tienda de ultramarinos situada a menos de diez metros del bloque de pisos donde ella vivía y compró una docena de huevos. Para el almuerzo del día siguiente había decidido hacer una ensalada y una enorme tortilla española. Juanito, el más pequeño de sus hijos la llamaba tarta de patatas. Pensar en sus hijos daba sentido a su vida. Laura ahogó un suspi-ro. La contrariaba sobremanera que sus mayores satisfacciones fueran para su condición de madre más que de mujer. Porque como mujer vivía una continua insatisfacción.

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