LA SIRENITA OLITA Y EL DUENDE LUZDEORO (RELATO INFANTIL)

LA SIRENITA OLITA Y EL DUENDE LUZDEORO  (RELATO INFANTIL)

LA SIRENITA OLITA Y EL DUENDE LUZDEORO

(Copyright Andrés Fornells)

Luzdeoro es un duendecillo muy popular entre quienes le conocen, por su carácter alegre, por lo bien que canta y toca la caracola mágica cuyas notas consiguen convertir a las piedras en pájaros que emiten bellos trinos y salen volando. Pero por encima de estos prodigios, Luzdeoro destaca por sus continuas travesuras como darle sabor de manzana a las cebollas y conseguir que las manzanas hagan llorar a quienes las tienen cerca.

Cierto verano en que esta estación equivocó su obligación y, en vez de calor insoportable, repartió frío tiritante. Sin tener en cuenta esta meteorología adversa, Luzdeoro y Olita se hicieron muy amigos. Tan amigos, que se convirtieron en inseparables y jugaron al escondite entre las nubes, y colaboraron en travesuras como pintar de negro la cara blanca de la luna y hacerle cosquillas en la boca al dios Eolo, el del viento, acción con la que conseguían irritarle sobremanera. Por eso, cuando los atrapaba, el dios Eolo de un furioso soplido los enviaba a las lejanas montañas nevadas donde los dos díscolos personajillos, aprovechaban aquella circunstancia para divertirse torándose bolas de nieve y deslizándose por las pendientes con carámbanos en los pies que les servían de esquís. Les encantaba la velocidad con que lo hacían y soltaban grititos de puro júbilo:

—¡Aiyuuuuuuuuu! ¡Aiyuuuuuuuuu!

Pero ocurrió una mañana, muy temprano, que al ver a Eolo asomar su cabeza al lado de la del sol, a Luzdeoro se le ocurrió burlarse de él:

—¡Eh, mofletudo! Das pena. ¡Ja, ja, ja! Crees que soplas muy fuerte y tus soplos son más débiles que los de tu hermana la diosa Brisa.

El dios Eolo, es de todos bien conocido que no aguanta bromas de nadie y suele enojarse con suma facilidad. Y cuando se enoja hincha los pulmones y suelta su contenido con el que puede arrancar palmeras con sus raíces y todo. Pero esta vez Luzdeoro tuvo la suerte de que Olita suplicó al poderoso dios del viento:

—Tranquilo, no te enfades. Enfadarse perjudica muy seriamente la salud. No tomes en serio las palabras de Luzdeoro, querido Eolo. Está bromeando. Él y yo sabemos que nadie de este mundo puede soplar ni la milésima parte de fuerte que tú.

Al dios Eolo le caía muy bien la pequeña hada y escuchándola se calmó, no sin antes dirigirle una aviesa mirada al descortés duendecillo.

Una mañana, mientras Luzdeoro y la sirenita Olita comían setas dulces, previamente asadas en la parrilla del astro rey, habiéndose reservado la mayor de ellas para cobijarse debajo por si a las negras, amenazadoras nubes que cubrían el cielo les daba por abrir sus puertas y ventanas y soltar toda del agua que llevaban dentro. Esa mañana que acabo de mencionar, Eolo se levantó de muy malhumor, pues sus amigos los truenos, con sus ruidosos ronquidos no le habían permitido pegar ojo en toda la noche. Por eso en cuanto Luzdeoro comenzó a burlarse de él,  antes de darle tiempo a Olita a defenderlo, el dios del viento hinchó sus pulmones al máximo, apuntó su colosal boca al cuerpecito del duendecillo y lanzó el más poderosos bufido de toda su vida. Un bufido de tan extraordinaria potencia que Luzdeoro fue sacado del planeta Tierra y aterrizó en el planeta Venus.

Todo el mundo sabe que este planeta de color rojo está deshabitado y no crece en él ni un triste brote de hierba. Lógicamente, el duendecillo travieso, arrepentido de haberse mofado del gigante Eolo, lloró durante 1.000 días y 1.000 noches por lo aburridísimo que era el lugar donde había ido a parar, y por el hecho de no poder ver más a la Tierra y reunirse con la sirenita Olita, en cuya compañía se divertían extraordinariamente los dos.

Pensando Luzdeoro que solo ella podría ayudarle a salir de la terrible situación en la que se encontraba, escribió con un carboncillo encima de una piedra plana lo que le ocurría y lanzó esa piedra al espacio sideral, con la esperanza de que ese mensaje granítico llegara a poder de su querida amiga y ésta encontrara la forma de ayudarle.

No es recomendable lanzar piedras porque son objetos duros y hacen daño a quien las recibe en su cabeza, como le ocurrió al monito Pérez. El monito Pérez pertenecía al Circo Sorpresas donde era querido por todos sus componentes debido a lo gracioso y zalamero que era. Y en reconocimiento por ser cariñoso y divertido, especialmente cuando jugaba al futbol cabeza abajo, solían regalarle chucherías. El monito Pérez estaba chupando un chupachups que le había regalado el payaso Sonrisón, cuando el duro mensaje lanzado por Luzdeoro le dio en mitad de la cabeza haciéndole un chichón del tamaño de un coco caribeño y arrancándole un grito de dolor más potente que el silbido de una locomotora antigua. Además de con el chichón, el monito Pérez quedó durante un número muy importante de minutos sin conocimiento. Cuando volvió en sí descubrió a su lado la piedra plana circular que tenía la culpa de que a él le doliera el cerebro como si fuera una almohadilla llena de alfileres.

—¿Quién habrá sido el asesino que ha intentado matarme? —murmuró, y cogiendo a continuación la piedra leyó el mensaje pidiendo ayuda—. ¡Vaya las cosas que le ocurren a ese insensato Luzdeoro! Cuando me lo encuentre de cara, se va a acordar de mí. Le voy a decir de todo, menos bonito. Lo de este chichón grande como una pelota de tenis, no se lo perdono.

A pesar de su enfado, el monito Pérez decidió llevarle el mensaje a la sirenita Olita, que en un remanso del río dormía plácidamente encima de un nenúfar color rosa mientras endulzaban su sueño, con una hermosa melodía, los juncos de las orillas. El monito Pérez la despertó a gritos:

—¡Eh! ¡Olita, despierta, caramba! ¡Qué duermes más que una marmota!

El hada del agua abrió sus preciosos, diamantinos ojos y los fijó en el pequeño simio.

—¿Qué ocurre, señor Pérez? —preguntó ella con la exquisita educación que la caracterizaba.

—Fíjate en lo que le ha ocurrido a lo alto de mi cabeza.

—¡Vaya, parece como si llevaras puesto un gorrito!

—No es un gorrito, es un chichón descomunal y me lo ha causado el impacto de esta piedra —señalándole la que llevaba en la mano.

—¡Huy, lo que debe dolerte ese chichón! Pobrecito —se compadeció la sirenita.

—Me duele infinitamente más de lo que nadie pueda imaginar. Siento mis sesos como si fueran dos huevos revueltos.

—Quizás una bolsita de hielo te procurará un poco de alivio.

—Es muy posible.

—Espera un momento. Tengo una bolsita en mi frigorífico.

El hada se sumergió en el agua, fue hasta su bonita vivienda hecha de algas y columnas construidas con madreperlas y caracolas, sacó del frigorífico la bolsita de hielo y se la llevó al monito Pérez. Éste se la colocó en lo alto de la cabeza y a continuación tendiéndole la piedra que lo había golpeado dijo:

Aquí hay un mensaje para ti.

—¿Un mensaje para mí? —extrañada. Lo leyó y a continuación explicó—: Con esto ha quedado resulto el misterio de la repentina desaparición de Luzdoro y la pedrada que has recibido. Ese travieso no se había escondido en algún agujero como imaginé yo, sino que se encuentra en el planeta Venus.

—Los traviesos reciben siempre castigos, y castigos merecidos —juzgó el monito manteniendo la bolsa de hielo en la cabeza y empezando, tal como le había dicho el hada del agua, a sentir alivio.

—Por lo que dice, Luzdeoro se siente muy desdichado en ese planeta rojo y muere de ganas de regresar al nuestro. Ahora el problema, es qué puedo hacer yo para ayudarle en eso. ¿Se te ocurre a ti algo, monito Pérez?

—Iba a decirte que lo dejemos allí, pero la crueldad no entra dentro de mis sentimientos. ¿Has oído hablar de unos platillos volantes que pueden recorrer, en el cosmos, distancias inmensas a una velocidad de vértigo?

—Todo el mundo ha oído hablar de los platillos voladores, muchos también dicen incluso haberlos visto, pero yo todavía no he localizado ninguno. Tendré que pensar en alguna otra cosa más real y cercana.

Olita tomó asiento sobre una silla hecha de perfume de florecillas silvestres, apoyó la cabeza entre sus manos y se sumió en profunda reflexión. El monito Pérez, sintió hambre y decidió dejar aquel asunto en manos de ella. No le tenía especial simpatía a Luzdeoro porque este duendecillo, en un par de ocasiones, le había atado, mientras dormía la siesta, varias latas a la cola y, con la ayuda de un par de tijeras cortado el pelo dejándole la cabeza como una bola de billar.

Varias horas de profunda reflexión le procuraron al hada del agua una posible solución al problema que le había surgido a su amigo el duendecillo travieso. Y aquella noche, cuando salieron las estrellas, les pidió que entre todas ellas juntas hicieran una escalera tan larga, tan larga, que llegara hasta el planeta Venus. Las estrellas le hicieron el favor que les pidió, y por esa escalera el duendecillo Luzdeoro pudo regresar a la tierra y reunirse con su maravillosa amiga la sirenita Olita.

Y en cuanto al gigante Eolo, en adelante, Luzdeoro lo trató con exquisito respeto, temiendo enfurecerlo y que el dios del viento, con su poderoso soplido, lo enviara a cualquier planeta deshabitado, donde él podía morirse de soledad y aburrimiento.

MORALEJA: Nunca abuses de la paciencia de los poderosos porque de un buen soplido pueden enviarte al planeta Venus, un lugar donde la diversión brilla por su ausencia, a no ser que uno la encuentre arrojando piedras con un mensaje escrito en ellas.

Read more