LA CODICIA MATA Y LA RELIGIÓN TAMBIÉN (RELATO)

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LA CODICIA MATA Y LA RELIGIÓN TAMBIÉN (RELATO)

Entre los siglos XVII y XVIII un buen número de piratas codiciosos y crueles se hicieron dueños de los mares. Atacaban generalmente naves comerciales, y tras un encarnizado combate se apoderaban de todo lo valioso que llevaban a bordo, perdonaban la vida a algunos de los hombres capturados para convertirlos en sus esclavos y si encontraban alguna mujer la convertían en el disfrute carnal de todos ellos.

El día 21 de mayo del año 1.690 tuvo lugar en el mar Caribe un encarnizado combate naval entre dos barcos piratas muy poderosos y temibles. Uno de esos barcos lo comandaba al sanguinario Barbanegra y, el otro, era capitaneado por el no menos sanguinario Tuerto John, que perdió un ojo cuando un mástil se rompió y golpeó el catalejo con el que estaba mirando a una goleta que planeaba asaltar.

El resultado de aquel feroz y cruento combate fue que los filibusteros de la embarcación perteneciente a Tuerto John quedaron con vid él y media docena de sus hombres, mientras que en la nave de Barbanegra solo hubo un sobreviviente. Este afortunado pirata que seguía vivo, se llamaba Pierre Le Menteur, un francés, ex monástico que dejó los silencios y la paz del monasterio, para convertirse en un destacado cañonero al que divertía el estruendo de las armas de fuego, disparar a los barcos que se ponían a tiro de sus cañones, ver saltar por los aires partes de los mismos y celebrarlo con sádicas carcajadas.

Terminado el salvaje abordaje solo quedaron a bordo del Gaviota Negra, la nave del pirata Barbanegra: Tuerto John y media docena de sus sanguinarios seguidores, todos con sus ropas ensangrentadas. El único superviviente por parte de los derrotados fue Pierre le Menteur el cañonero, que todo tiznado sostenía en su mano el botafuego empleado en los cañones quedados callados cuando se le había terminado la munición.

Blandiendo su espada teñida de rojo y dirigiéndole una furibunda mirada, el capitán tuerto dijo enronquecida de ira su voz:

—Voy a partirte por la mitad, despreciable  cerdo francés.  
Pierre le Menteur, además de ser un excelente cañonero poseía gran astucia y notable inteligencia.
—Magnánimo señor, si salvas mi vida, te diré dónde enterró mi jefe, Barbanegra, su fabuloso tesoro.

Al escuchar esto la codicia prendió en su interlocutor y en la media docena de seguidores suyos, igual que estopa al entrar en contacto con una cerilla.
Se lanzaron todos encima del cañonero, lo inmovilizaron y ataron a al palo de mesana el único que mantenía aún su integridad. La mentira empleada con la que intentó alargar y quizás salvar su vida, únicamente le sirvió a Pierre le Menteur para que le torturaran despiadadamente y, al final, gimiendo todo el tiempo por los cortes y quemaduras que le habían infligido, terminó asegurando que no existía ningún tesoro, pues había empleado aquella mentira con la esperanza de que gracias a ella pudiese alargar su vida.

Ciego de ira, Tuerto John terminó con su sufrimiento cortándole de un furibundo mandoble la cabeza.
Tres meses más tarde, en una batalla que mantuvieron los piratas del Tuerto John con dos naves de la armada española murieron un buen número de marinos españoles y todos los piratas menos Tuerto John. Este recordando la estrategia utilizada por Pierre le Menteur, dijo al capitán don Carlos el Católico que comandaba los barcos vencedores, que si respetaban su vida les llevaría al lugar donde él tenía enterrado un fabuloso tesoro.
Don Carlos el Católico por cuyas venas corría sangre muy azul, que era además un fanático creyente, y que no quería más riqueza que la inmensa que ya poseía por herencia y por gloriosas misiones realizadas por muchos heroicos antepasados suyos contra los infieles, dijo a su lugarteniente el capitán Ángel de Córdoba:
—Que lo cuelguen del palo mayor por ateo y por intentar sobornarme. Eso le servirá de escarmiento. ¡Alabado sea el Señor y que Él se apiade de su sucia alma!
—¡Amén! —manifestaron todos sus hombres a coro, mientras se santiguaba su prometida la princesa Ágata de Santamayor.
Y minutos más tarde, un puñado de gaviotas hambrientas se dio un opíparo festín con el cadáver del pirata Tuerto John que, para disgusto de estas aves tan simpáticas y marineras, solo contaba con un suculento ojo.

(Copyright Andrés Fornells)

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