LA CARA RISUEÑA DEL DESTINO (MICRORRELATO)

LA CARA RISUEÑA DEL DESTINO (MICRORRELATO)

Con el paso del tiempo y debido a los continuos fracasos sentimentales sufridos, Ariadna Gómez había llegado a la triste conclusión de que nunca encontraría el amor, su máxima ilusión en la vida, y por lo tanto quedaría condenada para siempre a sentirse frustrada y acompañada de la descorazonadora soledad.

Ella había puesto, de su parte, lo posible y lo imposible intentando conseguir un compañero para toda la vida. Tuvo, con los pocos pretendientes que le salieron, humildad, generosidad y perdón para las ofensas y las humillaciones que recibía y, ni siquiera así logró una relación duradera.

A sus cuarenta y cinco años, Ariadna comenzó a aceptar la deprimente perspectiva de emplear el resto que le quedaba de vida, trabajando en la misma oficina hasta la jubilación, cuidando las bonitas plantas metidas en macetas que reunía en el balconcito de su modesta vivienda y leyendo buenos libros en sus ratos de ocio. “Gozo para el alma, y abstinencia para el cuerpo”—juzgaba mezclando filosofía, resignación y amargura.

Una tarde de cielos cubiertos de grisáceas, oscuras nubes, Ariadna salió de la biblioteca pública donde había adquirido dos nuevos libros, y echó a andar con cierta premura, temiendo fuera a alcanzarle la lluvia antes de llegar a su casa. Cruzó el paso de cebra de un semáforo en verde, para los viandantes, cuando justó alcanzada la seguridad de la acera su brazo chocó con el brazo de un hombre y los libros que llevaba en su mano cayeron al suelo. El hombre se agachó a recogerlos al tiempo que se disculpaba.

—Perdón… ¡Qué torpe soy!

—No ha pasado nada —aceptó ella, examinando con mirada curiosa al desconocido.

Le calculó unos cincuenta años. Poseía un rostro agradable de ver, un cuerpo robusto y una sonrisa honesta. Antes de devolverle el libro que había recogido él, leyó el título de su portada:

—“¿Crees todavía en el amor?”

—¿Cree usted que merece la pena, creer en el amor? —tuvo Ariadna la ocurrencia de preguntarle.

—Yo pienso que sí —convencido él sin demostrar prisa por alejarse de ella—. Es un tema de debate muy atractivo. Si dispone de tiempo me encantaría hablarlo con usted.

Ariadna, como auténtica fémina que era, fingió pensarlo, aunque ya lo tenía decidido.

—Bueno, dispongo de unos pocos minutos…

—¡Mire! Allí tenemos una cafetería —señalándola el hombre con su brazo extendido.

Entraron y ocuparon una mesa al fondo del establecimiento. Una hora más tarde, iban ya por el tercer café y continuaban charlando animadamente con un renovado brillo de ilusión en sus rejuvenecidos ojos.

Uno de esos apostadores profesionales, que apuestan siempre sobre seguro, habría apostado fuerte a que Ariadna y su acompañante iban camino de iniciar una relación del género duradero, definitivo.

Y el apostador ventajista habría ganado su apuesta.

(Copyright Andrés Fornells)

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