JUGÁNDOSE EL PELLEJO (RELATO NEGRO)

JUGÁNDOSE EL PELLEJO (RELATO NEGRO)

JUGÁNDOSE EL PELLEJO

(Copyright Andrés Fornells)

         Matt Austin, un detective de la policía neoyorquina, consideró que la dirección recibida de una de las chivatas de la policía, a la que él no concedía plena confianza pudiera tratarse de una trampa tendida por el más peligroso capo mafioso que en aquellos momentos actuaba en la ciudad y que, con la ayuda de personajes influyentes metidos dentro de la corrompida política, se había librado hasta entonces de denuncias, de pruebas y de testigos oportunamente desaparecidos.

Sin embargo, cuando llegó la noche decidió, dando por posiblemente cierta la información recibida, llevar a cabo, el solo, la detención de aquel peligroso delincuente.  Sabía que iba a cometer una temeridad, pero no le importaba. Sería la temeridad más importante, para él, de cuantas venía realizando desde que entró en el cuerpo tras la muerte de su padre, asesinado por orden de otro capo mafioso, actualmente en prisión. Si todo salía como él planeaba y salvaba su vida, el comisario Gordon Growney podía muy bien echarlo fuera del cuerpo por haberse saltado a la torera, otra vez más, sus órdenes

        Debido a la circunstancia de tener su coche en un garaje donde debían arreglarle la rotura de la caja de cambios y la refrigeración del motor, decidió coger un taxi en una parada de la Quinta Avenida. Tuvo suerte pues el vehículo que en aquel momento se hallaba el primero en la fila, lo llevaba un joven de aspecto atlético que despertó inmediatamente su confianza. Le enseñó su placa y le dijo la dirección a la que quería lo llevase.

        —Siéntate aquí a mi lado y así charlamos mientras te llevó allí —ofreció el taxista mostrándose muy amistoso con el agente que, calculó le igualaba más o menos la edad.

        Durante el trayecto, de un cuarto de hora de duración, charlaron ambos animadamente, en especial de futbol, tema que les resultó ameno y agradable, sobre todo porque se daba la casualidad de que los dos eran simpatizantes del mismo equipo: el New York Red Bulls.

Llegados a la calle que el policía buscaba, situada en un barrio marginal considerado de los más peligrosos y, muy especialmente de noche. Matt, que conocía el nombre del taxista por habérselo dicho él, pidió:

         —Jacob, haz el favor de parar ahí en ese sitio que tenemos a la derecha. No hay ninguna farola cerca y pasarás desapercibido en cuanto apagues los faros. Mira, necesito me hagas un gran favor. Haz sonar el claxon si dentro de cinco minutos no salgo de ahí. Pues significará que me han cazado. Llama a la comisaría cuyo número voy a darte ahora mismo, y dile a Gordon Growney, el comisario jefe, que he ido al número 85 de esta calle, que es una nave con vivienda cuyo dueño es Erik el Vikingo, y que no he vuelto a salir. Te pagaré la carrera hasta aquí y la espera. ¿De acuerdo?

       —Unos minutos de espera no valen nada. Joder, menuda responsabilidad acabas de echarme encima —mirándole angustiado el taxista.

       —Tranquilo. No te preocupes. Solo se muere una vez.

       —Pues acabas de conseguir que me preocupe el doble. ¿Si te escucho pedir socorro puedo intentar ayudarte? Tengo un bate de beisbol debajo del asiento —mostrando coraje y solidaridad el conductor.

        —No me escucharás pedir socorro. A los buenos policías el valor se nos supone.

        El joven agente abonó el importe de la carrera, esbozó a continuación una sonrisa de circunstancias, bajo del vehículo, metió la mano dentro del bolsillo de su gabardina, la cerró en torno a la culata de su revólver y se dirigió con decisión hacia el edificio cuya puerta metálica iluminaba un aplique con una bombilla de poco voltaje metida dentro.

       Flotaba humedad en el aire y el único sonido que se escuchaba en aquella calle vacía era el monótono rumor de los grillos proveniente de un solar vacío y el taconeó de sus sucios zapatos. Entre los varios olores que Matt percibió estaba el olor a tierra mojada. El mismo olor que le llegó del hueco excavado para enterrar el ataúd de su añorado padre.

        Con bastante dificultad el conductor profesional lo fue siguiendo con la vista. Encontrados sentimientos revoloteaban dentro de su mente. En el rato que había estado conversando con Matt le había despertado gran simpatía. Lamentó en voz baja:

        —Qué putada si lo matan. Debe tener más o menos mi edad. Mierda de oficio el que escogió. Claro que, si no hubiese policías, en este cochino mundo imperaría la ley del más fuerte y no se podría vivir en él.

Matt había llegado junto a la puerta pequeña que había al lado de la otra grande para permitir la entrada de vehículos de mucho tonelaje. No se confesó que algo de miedo sí tenía. Admitirlo le restaría arrojo e iba a necesitarlo todo. En cierta ocasión, llegado él a la pubertad, le preguntó a su padre si no pensaba que por la profesión que había escogido podían matarle. “Hijo, todos nacemos para morir. Ninguno escaparemos a la muerte. El destino de todo hombre lo lleva escrito al nacer. Yo viviré todo el tiempo que ese destino mío haya escrito”.

 Estas palabras suyas él jamás las había olvidado, y en este momento las tenía tan presentes que le pareció estarlas escuchando de viva voz.

Dando muestras de un repentino humor macabro musitó:

—Solo temo que me agujereen la gabardina. La tengo todavía casi nueva y me gusta mucho. Aparte de que es de las buenas y me costó cara.

Examinó la cerradura de la puerta. Era de alta seguridad. Reconoció no existía ninguna posibilidad con el sencillo juego de ganzúas que él llevaba encima realizar intento alguno de abrirla. Inspiró y expiró hondo un par de veces. No tenía claro si esto servía para relajarle y ayudarle a pensar con mayor rapidez y claridad. Era un ejercicio que se había acostumbrado a hacer. Quizás para su subconsciente fuera una especie de rito que favoreciera su buena suerte.  

La mayoría de las personas que se juegan la vida, caen en la superstición. Repasó mentalmente el plan B, que tenía elaborado por si le fallaba el plan A que habría sido entrar por aquella puerta y coger por sorpresa al mafioso y detenerlo.

Luchó para que no entrara en su mente el pensamiento derrotista que le rondaba como pajarraco de mal agüero: “De aquí no saldré vivo”.

Le dio rabia notar que le temblaba el dedo que acercó al timbre situada al lado izquierdo de la puerta pequeña. Trascurrieron varios minutos sin que acudiera nadie. Barajó la posibilidad de que el criminal que buscaba no estuviera allí. Pulsó de nuevo el botón del timbre. Lo escucha sonar débilmente en alguna parte del interior de la nave.

         Esta vez tardó segundos en abrirse la puerta y aparecer un hombre corpulento, iluminado por una luz proveniente del techo de la nave llena de coches de alta gama. El hombre corpulento poseía ojos amarillos y la mirada impasible, como la de un reptil. Pero lo más alarmante para el joven policía fue que en su mano llevaba una Parabellum, le estaba apuntando con ella y se trataba del despiadado Erick el Vikingo.

       —Perdone usted que le moleste, caballero. Me han dicho que aquí se aloja una señora llamada Jessica Heller y tengo gran interés en hablar con ella.

       —¿De qué quieres hablar con ella? —con sorna su interlocutor.

       —De un posible contrato. Soy representante de artistas. En especial de cantantes de blues como es Jessica Heller.

       Matt leyó en sus escalofriantes ojos que aquel tipo que no le creía. Su voz se endureció al ordenarle, tajante:

       —Levanta tus brazos y pasa.

       —¿Es necesario que me apunte con su arma? Soy un ciudadano pacífico.

El agente empleó un truco, sin saber si podría valerle de algo o no. Nada más cruzar la puerta, la dejó solo ajustada al tiempo que daba un puntapié en el dintel que sonó como si la hubiese cerrado. Funcionó su treta. El individuo corpulento le clavó en los riñones el cañón de su arma y le ordenó en tono amenazador:

—Echa a andar, imbécil. Y procura no cometer ninguna tontería si no quieres que te ase a tiros antes de tiempo.

—Oiga, usted, sin duda, me confunde con alguien. Yo soy un simple representante artístico.

—¡Calla, no me gusta tu voz! —le cortó el otro, seco. Entraron en un pequeño salón solo alumbrado por una lámpara de pie situada en un rincón de la estancia—. Siéntate ahí en ese sillón y coloca tus manos encima de la mesa donde pueda verlas bien.

      —¿Puedo hablar con Jessica Heller? Estoy aquí por eso —Matt obedeciendo de nuevo.

      —¡Estúpido de mierda! Sé muy bien quién eres. Empleé a una amiga para hacerte acudir aquí.

      —Comprendo. Fuiste tú el que tres días atrás mataste a un compañero mío, ¿verdad?

      —Sí, y ahora te voy a matar a ti.

      —¿Por qué? Yo no te he hecho nada.

      —¿No me reconoces? ¿De verdad no me reconoces? —inquisidora su actitud.

      —Bueno, tu cara parece quererle decir a mi memoria que la he visto antes —Matt pretendiendo ganar tiempo.

      —Yo te refrescaré esa memoria. Por culpa tuya y de ese cabrón de amigo tuyo me he tirado yo cinco años en el trullo. A él ya me lo cargué. Ahora te toca a ti.

      En aquel momento sonó un claxon.

      —¿Qué ha sido eso?

      —Mira por la ventana y verás que una docena de policías están apostados delante de esta vivienda —mintió con aplomo el detective.

       El asesino volvió un momento la cabeza. Fueron un par de segundos que le bastaron a Matt para ponerse de pie, cerrar su mano en torno a su revólver y disparar a través del bolsillo de su gabardina. Jack el Vikingo soltó un alarido de dolor seguido de gemidos de agonía por otras cinco balas que el enfurecido policía le metió en su cuerpo.

     Matt liberó un suspiro. El olor a pólvora llenó la habitación. Abrió la puerta y vio al taxista que venía con un bate de beisbol en sus manos. Dirigió al recién llegado una mirada de admiración y reconocimiento. Cada vez quedaba menos gente con agallas y sentido de la solidaridad.

        —Gracias por la ayuda que querías prestarme. He solucionado satisfactoriamente el problema que tenía. Voy a llamar a la comisaría. Hace una bonita noche afuera, ¿no es cierto? No tendrán que venir con paraguas —marcándose un comentario irónico.

        —Sí hace buena noche. Tienes la gabardina agujereada —observó fijándose en el redondel oscuro y chamuscado del bolsillo a través del que había disparado.

        —Me he dado cuenta. Ha sido una pena. Esta prenda podía haberme durado todavía un par de años más. Mi madre dice siempre de mí que soy un desastrado.

—La mía dice lo mismo de mí.

         Los dos hombres se rieron. Y soltaron de nuevo la carcajada al averiguar que sus madres llevaban el mismo nombre:  Amelia. Cambiaron sus números de teléfono para tomar una cerveza juntos cualquier día y ver un partido de los New York Red Bulls.

Al quedarse solo, Matt encendió un cigarrillo y mirando el cuerpo inerte del asesino de su compañero dijo como si creyera que el compañero muerto podía oírlo:

—Amigo Thomas, cumplí mi promesa de que te vengaría. Descansa en paz.

Iba por el segundo pitillo cuando llegaron, a la vez: la ambulancia, el juez, el comisario y dos compañeros más. Su jefe, que disfrutaba representando el papel de gracioso le dijo:

—No te acostumbres a darle al gatillo si no quieres que te salga un callo en ese dedo.

—No se preocupe, jefe, en el próximo enfrentamiento a tiros, que tenga, me dejaré matar.

—No me gustan ese tipo de bromas, así que procura seguir vivo a toda costa. Es una orden.

Lo dijo tan serio, que se borraron las sonrisas en quienes lo rodeaban. Con la parca pocas bromas, que tiene muy malas pulgas.

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