HOMENAJE A UNA GENIAL BAILAORA GITANA (MICRORRELATO)

(Pintura de Mariano Cobo)
(Copyright Andrés Fornells)
A Graciela Corona tuve el privilegio de conocerla por ser ella abuela de mi cuñada Asunción. Graciela Corona era ya muy vieja entonces, pero todavía fascinaba verla elevar sus brazos como aspas de esos molinos que combatía el Quijote durante sus locas aventuras, y convertir en acrobáticas palomas sus manos morenas, de oscuras venas salidas, en las que cada dedo poseía vida propia y dibujaba en el aire arabescos de su arte inmortal.
Alardeaba de ser hija del sol, de la luna y de los caminos. Del sol por el rojo de su corazón y, de la luna por el aceitunado color de su piel, y de los caminos porque su arte no conocía fronteras.
De joven, había dejado en escenarios del mundo entero, para deleite de millares de espectadores y admiradores, jirones del alma en su baile ancestral, brujo, misterioso, mágico. Un arte el suyo, tan antiguo como el mundo, privilegio de su raza telúrica, ancestral, descendiente directa de los más remotos dioses hindúes.
Aquí le dejo yo un pequeño homenaje, Gabriela Corona. Pequeño homenaje porque pequeño es mi talento al intentar describir la inconmensurable grandeza de su irrepetible, inmortal persona.