ENCERRONA MORTAL (RELATO NEGRO AMERICANO)

ENCERRONA MORTAL (RELATO NEGRO AMERICANO)

Claire Fox era una joven bella y codiciosa, capaz de cometer cualquier ruindad a cambio de dinero, joyas y lujos. Cantaba en un night-club frecuentado por mafiosos faltos totalmente de escrúpulos que nadaban en ríos de dólares provenientes del tráfico de drogas, del tráfico de armas y de otros negocios igualmente ilegales.

Claire Fox poseía una abundante cabellera rubia, hermosos ojos azules y una piel blanca, satinada y tersa. No tenía una voz de calidad, pero sí un cuerpo sinuoso bien provisto de ese conjunto de curvas voluptuosas femeninas que incendian de deseo a los hombres. Ese magnífico cuerpo suyo, ella lo vendía a todo aquel que contaba con el suficiente dinero para pagar el alto precio que pedía.

La excepción de este interesado mercadeo suyo se la concedía a Jeff el Sonrisas, un joven atlético, de seductora labia y sonrisa irresistible, que desde hacía unas pocas semanas había entrado a formar parte de la banda de Víctor Lugano, al que ella se entregaba gratis y con gusto.

Este poderoso y adinerado capo mafioso, Víctor Lugano, tenía soplones por muchas partes, tipos a los que premiaba con importantes cantidades de dólares para que le avisaran de cualquier adversidad, cualquier peligro que pudiera perjudicar a alguno de sus varios fructíferos negocios delictivos.

Uno de estos soplones le avisó un día que había descubierto que Jeff el Sonrisas era un topo de la policía infiltrado en su banda con el propósito de averiguar de dónde procedía la droga que recibía Víctor Lugano, por qué medio llegaba al país y quienes eran los que la distribuían por las principales ciudades de Estados Unidos.

Con la intención de eliminar al descubierto infiltrado de la pasma, Víctor Lugano pidió a Claire lo citase en una nave industrial, adquirida recientemente por él, y que ninguno de sus hombres estaba todavía al corriente de esta adquisición suya.

Al principio, la cantante se resistió a secundar sus planes.

—Por favor, Víctor, no me metas en este asunto. Jeff se dará cuenta de que le llevo a una trampa. Es condenadamente listo.

—Preciosa, tendrás que ser más lista que él o perderás tu empleo y también las ganas de cantar.

Esta siniestra amenaza acobardó a Claire que, aunque le había cogido cierto cariño a Jeff tenía mucho mayor cariño a su vida que correría serio peligro de que alguno de los esbirros del mafioso se la quitase por orden suya.

Claire Fox había empleado principalmente su belleza para medrar, pero no carecía, por otra parte, ni de astucia ni de inteligencia. En su próximo encuentro con Jeff el Sonrisas, en la habitación de hotel donde ella vivía permanentemente, alojamiento que pagaba Víctor Lugano a cambio de compartir con ella cama cuando le venía en gana, urdió una trampa que al risueño joven le resultase creíble.

—Cariño, estoy pensando dejar el escenario y convertirme en una mujer de negocios —le dijo una noche después de dos asaltos sexuales que les habían dejado saciados—. Me pagan bastante bien por cantar; pero estoy cansada de trasnochar y de ser considerada poco menos que una puta. Quiero cambiar de vida. Quiero convertirme en una respetable mujer de negocios. ¿Qué opinas, Jeff?

Había resultado tan convincente en esta explicación que, el agente infiltrado en la banda del capo mafioso consideró muy posible estuviera ella compartiendo con él un propósito que estaba firmemente dispuesta a llevar a la práctica.

—Me parece bien. La vida que llevas no se la recomendaría a una hermana mía. ¿En qué tipo de negocio estás pensando?

—Estaba pensando en poner un par de tiendas de regalos. Ver qué posibilidades hay de comprar productos asiáticos que, por el bajo nivel de vida que en esos países tienen, me saldrían muy baratos y el beneficio a obtener por su venta, aquí, sería muy alto.

—Me agrada mucho tu idea. Tendrás que enterarte de los impuestos aduaneros que deberías pagar por la importación de los objetos que te interesen, pues éstos varían mucho. Creo que existen algunos productos libres de aranceles. Al tabaco y al alcohol creo que se les aplica un impuesto federal. También puede tenerse que pagar una cuota de mantenimiento. En fin, tendrás que enterarte para poder saber lo que te cuesta cada objeto y el precio al que puedes venderlo para obtener ganancia ofreciéndolo más barato que la competencia.

Ella dio una muestra más de su extremada astucia.

—¿Te gustaría que fuéramos socios, Jeff? —mostrando ilusión en el ofrecimiento.

Él sonrió indulgente.

—Gracias por pensar en mí, pero no he nacido para los negocios. Comprenden obligaciones que yo no quiero asumir.

—Oye, mi oferta sigue abierta. Me gustaría que lo pensarás. Y quiero pedirte un favor muy especial. Me han entregado la llave de una nave industrial que podría servirme de almacén cuando llegase el contenedor con los objetos que escogeré on line por medio de un catálogo, y me gustaría enseñarte ese local y conocer tu opinión. Y no me argumentes que tú no entiendes de estas cosas porque para mí tiene mucho valor tu parecer. ¿Quieres ver ese sitio? Me han prestado la llave porque le dije a su dueño que quería enseñárselo a un posible socio mío. Un socio que, de momento, aprecio no quiere serlo.

Encantadora la actitud y la sonrisa que ofrecía a su interlocutor.

—Te acompañaré a verlo, aunque no creo poder serte de mucha ayuda —aceptó él.

—Eso lo veremos sobre el terreno. ¿Nos duchamos juntos?

Se ducharon a la vez y, enardeciéndole Claire, Jeff respondió como el hombre ardiente que era. En contra de lo habitual, ella tardó menos tiempo que él en vestirse.

—Voy a darme un toque de carmín en los labios y nos iremos —dijo ella entrando en el cuarto de baño y cerrando la puerta.

Claire se pasó rápido la barra de pintalabios por su boca y velozmente envió un mensaje por medio de su móvil.

Finalmente, abandonaron ambos el cuarto del hotel y, llegados a la calle, Claire sugirió que fueran en su coche. Jeff se resistió con firmeza:

—Las mujeres me ponéis, conduciendo, nervioso siempre. Soléis estar pensando en vuestras cosas y conducís fatal. Iremos en el mío y, después de ver ese sitió te traeré de regreso al hotel.

Ella decidió no insistir. En el fondo no importaba mucho el vehículo en el que fueran. Tomó asiento al lado de Jeff y sonrió con agrado cada vez que él le colocaba una mano en lo alto del muslo y se lo acariciaba. Claire evitaba que sus ojos se encontraran temiendo que los suyos pudieran delatar la traición que iba a hacerle.

Jeff, confiado, tarareaba por lo bajo una canción. Mostraba contento. Clara apoyó la cabeza en el respaldo dando con ello muestras de cansancio. Circulaban por una autopista. La cantante, que estaba todo el tiempo pendiente de las señales de tráfico, cuando llevaban algo más de media hora de recorrido le dijo a su compañero de viaje:

—Dentro de cuatro kilómetros tomaremos una desviación a la derecha.

Él quiso hacerle notar:

—Si coges la nave que te han propuesto, cada vez que necesites llevar objetos a las tiendas que quieren montar en la ciudad necesitaras emplear mucho tiempo. No me parece muy conveniente. Sería más práctico para ti un local más cerca de la ciudad.

—Verás, he estado viendo varias naves a lo largo de los últimos días, y esta nave es grande y está muy bien de precio comparándola con las otras. Mira, ahí tenemos la desviación.

Jeff siguió la indicación de Claire, y unos pocos kilómetros más lejos llegaron a una zona en la que la nave que ella señaló era la única que había.

—Un poco solitaria esté esto, ¿no? —observó Jeff.

—Bueno, las cosas se ven de manera diferente si las ves de noche que si las ves de día. Yo procuraría venir de día en el caso de que decida alquilarla.

—¿Tiene electricidad dentro? —preguntó él observando que el edificio se hallaba en total oscuridad, antes de iluminarlo él con los focos del automóvil.

—Sí. Dentro hay una buena iluminación —afirmó Claire sin controlar del todo el nerviosismo que se estaba adueñando de ella, motivado por el temor a que su ardid se malograse en cualquier momento.

Jeff aparcó cerca de la gran puerta metálica. Descendieron del vehículo. Claire sacó una llave de su bolso. Su mano temblaba tan ostensiblemente, que tuvo que emplear también la otra mano para ser capaz de meterla en la cerradura.

—¿De qué tienes miedo, Claire? —observó Jeff extrañado.

—De la oscuridad. La oscuridad me asusta. Cuando era niña dormía siempre con una luz encendida —explicó, taimada, cuando por fin pudo girar dos veces la llave—. Por favor, entra tú primero. El interruptor de la luz está a la izquierda de la puerta, nada más se entra. Y cuando esté encendida la luz entraré yo.

Jeff creyó su explicación de que le asustaba la oscuridad. Había escuchado de otras personas que les ocurría lo mismo. Cruzó el dintel e inmediatamente Claire, que había mantenido la llave metida en la cerradura, cerró rápido la puerta dejándole dentro de la nave totalmente a oscuras. Fue al escuchar el ruido que hizo ella al cerrar, que Jeff se dio cuenta de que acababa de caer en una trampa.

No perdió el tiempo en muestras de indignación. Tampoco buscó el interruptor de la luz sino que, a ciegas, tocando con los dedos primera la gran puerta metálica y después la pared se fue alejando del lugar donde había entrado. Estuvo muy acertado en esta maniobra pues, cuando de pronto se encendieron dos neones al final de la nave reaccionó con la velocidad del rayo y se lanzó, como si realizase una zambullida en una piscina detrás de una gran pila de balas de algodón. Mientras volaba apreció que a pocos metros de donde él había aterrizado le quedaban enfrente dos tráileres. No pudo, de momento, averiguar cuantos eran los que disparaban sus armas contra el parapeto que había él tenido el acierto de escoger. Las balas silbaban y se estrellaban en la pared situada detrás de él.

Ahora sí que maldijo a la astuta y traidora cabaretera que, con arteros engaños lo había traído a este lugar donde tenía muchas posibilidades de dejar su pellejo. Menos mal que llevaba su arma en la funda sobaquera y esto le permitiría vender cara su vida. No tenía más balas que las del cargador puesto en su Beretta, lo cual le obligaba a ahorrar municiones al máximo. En cuanto a los que tras el primer ataque habían abierto una pausa, no podían ser otros que los esbirros de Víctor Lugano, pasados de compañeros suyos a enemigos. ¿Motivos para querer de pronto matarle? Solo se le ocurría uno: que habían descubierto su auténtica identidad.

De pronto recordó un detalle en el que no había reparado en un primer momento. Los disparos no buscaron los fardos de algodón tras los cuales se había escondido él. “Esos cabrones quieren cogerme vivo, someterme a tortura y conocer por mí cuanto sabemos, en el cuerpo, sobre sus actividades delictivas”.

El repentino silencio establecido tras la primera rociada de proyectiles le hizo temer que pudieran estarle rodeando para caer sobre él y hacerle preso. Se asomó por encima de parapeto y no le dispararon. Tampoco pudo ver a nadie por lo bien que se habían escondido tras los pesados vehículos. Para que no fueran a figurarse que estaba desarmado realizó un disparo contra una de las ruedas del tráiler que le quedaba más cerca. Escuchó inmediatamente el ruido que hacía el neumático deshinchándose, y un par de furiosas maldiciones.

En el exterior, Claire Fox se había metido en el coche de Jeff a esperar el resultado de su despreciable acción y también una recompensa por parte de Víctor Lugano. Desde allí había escuchado los disparos. ¿Habrían matado ya a Jeff el Sonrisas y no podría sonreír más? Sentía algo de lástima por él. Era un buen amante y, además muy divertido en ocasiones. Pero hombres tenía ella muchos más de los que quería. Que la amara de verdad todavía no había conocido a ninguno. La usaban siempre como objeto de placer. Era justo, por lo tanto, que ella los usaba a ellos según su conveniencia.

Desde niña, debido a su belleza, los hombres se habían aprovechado de ella. Luego, espabiló, tuvo conciencia de su poder como mujer, decidió jugar el mismo juego y también se aprovechó de ellos igualando así la balanza de intereses. Seguramente la impresionaría ver como sacaban el cadáver de Jeff metido en una bolsa negra. Pero era la ley de la supervivencia: morir joven o morir viejo.

Aunque no era nada bueno para la profesión que ejercía, se lio un porro de mariguana y, manteniendo la ventanilla abierta se lo fue fumando pausadamente, con fruición.

Dentro del gran local, el hombre que ella había vilmente traicionado escuchó una voz que le pedía amistosamente:

—¡Levanta las manos y entrégate, Jeff! ¡Quiero hablar contigo, no matarte! Eres uno de los nuestros.

El joven policía reconoció aquella voz rasposa, en aquel momento agradable al oído. Pertenecía a Víctor Lugano. El capo, por primera vez desde que le conocía, tomaba parte directa en una acción violenta, pues habitualmente enviaba a sus esbirros a ensuciarse las manos. Debía haberle enfurecido muy de veras descubrir que él era un policía infiltrado en su banda.

—Habla desde ahí donde estás —le advirtió Jeff—. Al primero que intente acercarse a donde estoy yo le meteré un balazo que no podrá digerir —advirtió para intimidar a sus oponentes, que desconocía aún cuantos eran.

Escuchó un cuchicheo proveniente del tráiler al que había inutilizado una de sus ruedas. Volvió a acordarse de Claire y masculló encorajinado:

—La muy zorra me trajo engañado al matadero. Debí seguir ese sabio consejo que desde mi llegada a la pubertad me daba mi madre: no fiarme de ninguna mujer que no fuera ella, pues todas las demás buscarían sacar provecho de mí. Esta traidora seguro que ha sacado un buen provecho traicionándome

Realizando un gran esfuerzo con ambas manos consiguió realizar una pequeña separación entre las dos embaladas pacas de algodón superiores, que le permitió mirar sin ser visto ahorrándole tener que asomar la cabeza por arriba y correr el peligro de que se la volasen, cosa que intentarían hacer cuando viesen imposible cazarlo vivo. Repitió en su mente lo anterior, respecto a intentar disparar sobre seguro pues solo contaba con las doce balas que le quedaban a su Beretta. Malgastarlas le significaría quedar a merced de los que habían pasado, de ser sus compañeros, a enemigos despiadados.

Mantuvo sus oídos agudizados al máximo. Su vida dependía de que le avisaran de lo cerca que tenía a sus enemigos. Aquellos camiones significaban una enorme dificultad vigilarlos.

Lo peor para él comenzó a partir del momento en que apagaron, supuso que desde el cuatro eléctrico todas las luces menos las dos que iluminaban la parte donde se hallaba él, y otras dos prendidas al final de la nave. De pronto comenzaron a llover proyectiles sobre el parapeto que le protegía. Ahora sí tiraban a dar. Por la cantidad de los mismos consideró muy posible que Víctor Lugano estuviera acompañado de todos sus secuaces. Le urgía apagar las luces que le tenían en absoluta desventaja. Gastar valiosísimas balas. Pero lo consideró primordial.

Cuando cesó una nutrida segunda avalancha de balas, y que al amparo de mismas sus rivales podían haber avanzado hacia donde se encontraba él, para cazarle como si fuera un conejo de granja, Jeff no se lo pensó más.

Los cuatro disparos que realizó dieron en el blanco, demostrando que, a las continuadas prácticas de tiro realizadas a lo largo de dos años les había sacado un excelente provecho. La lluvia de cristales de las luces rotas por sus proyectiles mereció una sarta de improperios por parte de sus atacantes.

La única y muy leve claridad que le que quedaba ahora al local, era la proveniente de una claraboya situada en el centro de la alargada estancia, a unos ocho metros de donde el agente camuflado se hallaba. Temiendo que alguien se hubiese arrastrado con la intención de cogerle por un flanco, Jeff inició el avance a rastras hacía uno de ellos, el más cercano a los camiones que era la parte por la que podría llegarle el mayor peligro.

Otra nueva ráfaga de disparos de dos metralletas a la vez le convencieron de que había supuesto bien sobre que la intención de los mafiosos no era más la de apresarle sino la de liquidarlo. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, era una de las frases favoritas de su jefe, el comisario Johnson, al que no podía llamar pidiendo ayuda porque donde se encontraba no tenía cobertura, situación que ya había comprobado en el primer momento que comenzaron a dispararle. Esta imposibilidad de contactar con sus compañeros de la brigada convertía su situación en totalmente desesperada.

Llegado al final de la barrera que formaban las grandes balas de algodón asomó, con mucho cuidado, poco a poco la cabeza. La pobre claridad que llegaba del tragaluz le permitió descubrir, avanzando a gatas, a Lawrence el Tresdedos. Siempre había habido desconfianza y antagonismo por parte suya hacia él. Sus miradas se encontraron al mismo tiempo. Jeff fue más rápido. Su disparó alcanzó el cuerpo de su excompañero, quien lanzando un alarido de agonía saltaba por el aire, para a continuación caer pesadamente de espaldas al suelo.

Un diluvio de insultos mezclados con nuevos proyectiles le dedicaron los que se le estaban enfrentando.

Cesado el fuego, un par de minutos más tarde, el propio Víctor Lugano, con falsa, meliflua, engañosa voz le instó a entregarse:

—Vamos, Jeff. Somos tus amigos. Tus colegas. Es una gran estupidez matarnos entre nosotros. Sal con los brazos en alto y no te haremos nada. Hablaremos. Ha habido un malentendido entre nosotros. Siempre te he demostrado aprecio. Representas para mí el hijo que la naturaleza nunca quiso darme. Escucha: si no te fías de nosotros, en cuanto tú pongas tu arma en un lugar visible, nosotros haremos lo mismo con las armas nuestras. Por favor, que no haya más muertes entre compañeros. Es de locos este enfrentamiento.

—Joder, Víctor —el policía acorralado acompañándose de una carcajada hiriente—. No me ofendas creyendo que soy tan imbécil como para creerme una sola palabra de las que has dicho. Si yo soltara un instante mi pistola me dejaríais hecho un puto colador. Arrojad vosotros las armas en un sitio bien visible para mí y me largaré. Es lo único que quiero.

Su sarcástica propuesta enfureció a Víctor y a sus matones que respondieron lanzándole otra ensalada de balas. Jeff se arrastró rápido, empleando codos y rodillas, como le habían enseñado cuando sirvió en los marines, hacia el otro extremo de su parapeto. Vio entonces a Peter Calzones avanzando a gatas. En su mano izquierda llevaba una pistola. Peter Calzones era zurdo. Ganaba terreno sigilosamente. Tenía merecida fama de ser muy rápido con el gatillo. Jeff no lo era menos, y tenía de su parte una puntería superior.

La bala disparada por Peter Calzones, el joven policía la oyó silbar a escasos centímetros de su cabeza, mientras que el proyectil suyo se alojaba en mitad de la frente del pistolero zocato dejándole sin vida. Su breve grito de dolor encontró una cadena de escalofriantes ecos que fueron rebotando por todas las paredes del vasto local hasta terminar en un silencio sepulcral, que rompieron sus adversarios para maldecirle y dispararle furiosamente.

Jeff esperó a que se cansaran, para malgastar dos nuevas balas que les advirtiera de que seguía vivo y con municiones. Aquella situación suya no podría prolongarse indefinidamente. Sus contrarios tenían más armas y municiones que él, sería cuestión de tiempo que lo liquidaran. La única posibilidad de salvar el pellejo la tenía escapando. ¿Pero cómo lograrlo sin que lo mataran en el intento?

Se había hecho un silencio total. ¿Qué estarían tramando los tres enemigos que, según sus cálculos, quedaban? Se asomó con la máxima cautela por el mismo lado donde él se había cargado a Lawrence el Tresdedos, tumbado de bruces a menos de cuatro metros de él. Inmediatamente le dispararon. Respondió con dos disparos. Tuvo el convencimiento de no haber alcanzado a nadie con ellos. Demasiado rápida su respuesta y guiándose únicamente por los fogonazos de ellos.

De pronto llegó hasta sus oídos un cuchicheo emitido por varias voces. Creyó distinguir que eran tres voces diferentes. Su cálculo podía ser exacto. Se arrastró rápidamente hacia el otro lado de la barrera que lo protegía. Vio y fue visto. Su pistola trono de nuevo. Hizo blanco en alguien que se hallaba parapetado detrás del capó del primer tráiler. Creyó que se trataba de Barry el Pecas. Lo escuchó gemir de dolor. Los improperios y las armas distintas que creyó distinguir por sus sonidos: fueron dos, justo las balas que a él le quedaban en la recámara. No podría desaprovechar ninguna. Y si estaba equivocado y sus enemigos eran tres no tendría posibilidad ninguna de salir vivo.

Reflexionó sobre su desesperada situación. Si le cogían con vida, iban a someterle a torturas tan terribles que más le valdría morir antes. Escapar de esa tortura podía lograrlo alojando en su sien una bala. Lo rechazó. Antes que hacer esto se arriesgaría saliendo a matar muriendo.

Considerando la suerte que habían corrido los dos que habían intentado cazarle, entendió poco probable que lo intentasen los dos que creía él aún podían hacerlo, Víctor Lugano y Jimmy el Halcón cuya mirada despiadada le había impresionado nada más conocerlo y al que había visto matar con escalofriante crueldad a un taxista que se había negado a pagarle a su jefe un dinero que le debía.

Refugiándose de nuevo detrás del parapeto, por el hueco que había formado en las dos pacas de algodón permaneció vigilante todo el tiempo. Sus ojos acostumbrados a la penumbra reinante disfrutaban del suficiente poder de visión para ver a cualquiera que abandonase la protección que le ofrecían los vehículos.

Se estableció a continuación un silencio largo, angustiante. Fueron transcurriendo los minutos, actuando sobre los nervios de los que esperaban el inevitable desenlace que consistiría en matar o morir.

El ruido que captaron los oídos de Jeff fue levísimo, pero le sirvió para salvar la vida. Desde lo alto de la cubierta del camión más cercano, con posibilidad de ametrallarlo se encontraba Jimmy el Halcón. Jeff no le dio tiempo a apretar el gatillo, le disparó una bala que le dio en alguna parte del pecho, tumbándole de espaldas y entre gritos de dolor rodar al otro lado del tráiler donde quedó silencioso, ya fuera por una herida que le había causado la bala recibida o por haberse golpeado la cabeza al caer contra el suelo.

Ya solo le quedaba un enemigo al que vencer: Víctor Lugano que enrabietado dirigió al parapeto suyo una larga rociada de balas.

Jeff decidió iniciar una estrategia que podría darle buen resultado si sus nervios no le traicionaban y ejercitaba su mayor capacidad de paciencia.

—¡Ahuuuuu…! —gritó como si hubiera sido alcanzado por alguna de las balas que le había disparado su ex jefe, dio un zapatazo en el suelo queriendo imitar el ruido que podía hacer un cuerpo al caer contra él.

A continuación se arrastró hacia su derecha y quedó tumbado de bruces con su pistola, lista para disparar si el capo mafioso abandonaba la protección que le ofrecía el camión.

El tiempo comenzó a desgranar minutos. Dentro de la nave no se escuchaba nada. Jeff sudaba a mares debido a la enorme tensión que estaba manteniendo. Confiaba en que más pronto o más tarde Víctor Lugano querría cerciorarse de que él estaba muerto, para marcharse a su lujosa villa, donde poder disfrutar de un whisky y de un baño relajante en su piscina cubierta.

Transcurrieron veinte minutos que, a los dos hombres enfrentados les parecieron una eternidad. Fue tan silencioso el capo mafioso en sus movimientos que sorprendió a Jeff cuando él apreció de repente con la metralleta en su mano. El joven policía tenía la ventaja de su posición y la aprovechó. Cuando Víctor lo descubrió no tuvo tiempo de apretar el gatillo antes de que la última bala de la pistola de Jeff se alojara en su corazón. Cayéndose de espaldas al suelo logró disparar su arma, que incrustó varias balas en el techo al tiempo que saltaban del enfoscado pequeños pedazos de escayola.

Jeff se puso de pie. Caminó despacio hacia el capo que agonizaba. Quiso él decirle algo, pero lo único que consiguió fue soltar una gran bocanada de sangre. Sus ojos comenzaron a velarse. De la boca de su vencedor salió el odio que le había cogido, resumido en la frase siguiente:

—De nada te valdrán ahora, asesino, todas las riquezas que conseguiste acumular a costa de la salud y la muerte de muchas personas. Si existe el infierno, allí vas a ir tú, de cabeza.

Intentó llamar de nuevo a la comisaría. Esfuerzo inútil. Seguía sin tener cubertura. Dejó escapar un suspiro de cansancio. Tuvo la sensación de que el agotamiento y la tensión sostenida durante tanto tiempo le pasaba factura ahora, de golpe.

Pensó de nuevo en la traición de la cabaretera. No iba a perdonarla. Pondría su máximo empeño en que recibiera el castigo que merecía por haberle llevado, con engaños, al matadero.

Antes de dirigirse a la salida quiso cerciorarse de que todos sus enemigos estaban muertos. Cometió un fatídico error, y que fue no coger el arma que había quedado junto al cadáver del capo mafioso. Cuando miró al otro lado del camión con toldo se encontró a Larry el Halcón que, aunque gravemente herido, conservaba las fuerzas suficientes para dispararle.

Jeff sintió en su cuerpo la quemazón de la bala, al tiempo que lanzaba su arma contra el rostro del esbirro que acababa de herirle. Larry el Halcón que, había gastado sus últimas fuerzas en dispararle, había muerto.

Jeff se incorporó con dificultad. En su chaquetilla se mezclaban la sangre suya y la de Larry el Halcón sobre cuyo ensangrentado cuerpo él había caído. Se esforzó en generar pensamientos positivos. <<La herida que me ha causado este cabrón, seguro que no es mortal. Saldré de esta>>.

Le costó muchísimo incorporarse hasta quedar de pie. Con pasos tambaleantes se dirigió a la puerta de salida. Rabió de dolor debido al esfuerzo que le significó abrirla. Apretó con fuerza, contra su tórax, la agujereada y manchada chaquetilla de cuero intentando de este modo taponar la herida por la que se le estaba escapando la vida.

En aquel momento dos faros lo cegaron. Tuvo un momento de esperanza de que significara que alguien podía ayudarle, pero cuando el coche maniobró para dar la vuelta, y vio la matrícula del vehículo apreció que era la de su utilitario. Le flaquearon las piernas. La maldita Claire en vez de intentar socorrerle había emprendido la huida.

Jeff marcó de nuevo, con su móvil, el número de la comisaria, comprobando que tenía cobertura. Esta vez le respondió Alfred Norris, un agente que hacía el turno de noche. Le comunicó, entrecortadamente, donde se encontraba en aquel momento y que le enviase con la máxima urgencia una ambulancia, pues le habían herido y se estaba desangrándose.

Realizado esto tomó asiento en el suelo y apoyando la espalda contra la pared continuó intentando taponar la herida. Perdió el conocimiento, que recuperó cuando los camilleros lo estaban metiendo dentro de la ambulancia. Uno de ellos que había empezado la cura de su herida pretendió tranquilizarle al ver que abría los ojos:

—Vivirá. Nosotros le ayudaremos a conseguirlo.

Jeff intento hacer honor a su apodo. No pasó de intento, la mueca de dolor que apareció en su boca estaba muy lejos de ser una de sus alegres sonrisas.

Si te ha gustado este relato tal ve te gustará leer mi e-book SELECCIÓN DE RELATOS AMERICANOS (I) Disponible en AMAZON pulsando este enlace: https://www.amazon.com/dp/B01MPYVBPK

(Copyright Andrés Fornells)

Read more