EL ROBINSON DE ISLANADA (RELATO)

EL ROBINSON DE ISLANADA (RELATO)

EL ROBINSON DE ISLANADA

(Copyright Andrés Fornells)

Robinson Roseau estaba harto de vivir en un país superpoblado, emporcado y exasperantemente ruidoso. Y un día que escuchó en la radio que la contaminación dentro de su ciudad había alcanzado el pasado fin de semana máximos, provocando notorio empeoramiento a quienes sufrían enfermedades respiratorias, cardiovasculares y cáncer de pulmón, tomó una decisión trascendental.

—Esto empieza a ser una muerte anunciada, de la que yo pienso escapar a tiempo —dijo, rebelde, desafiante.

Y obedeciendo al instinto de supervivencia, surgido en él con fuerza irresistible, decidió escapar de la polución asesina.  Hizo las maletas, sacó del banco los pequeños ahorros que guardaba, estudio unos planos antiguos que poseía y escogió una isla llamada Islanada.

Esta pequeña porción de tierra rodeada de agua por todas partes era una de tantas islas dentro del continente americano descubierta por los conquistadores españoles, y abandonada por ellos después de comprobar sus modestas dimensiones, que estaba deshabitada y aparte de árboles frutales, pájaros, algunas serpientes y lagartos, nada había que pudiera despertar su codicia ni sus deseos de quedarse en ella.

Robinson cogió un vuelo directo trasatlántico que en nueve horas y media lo dejó en Miami. Allí alquiló una avioneta y un piloto muy experimentado. Mostró a este uno de los mapas antiguos consultados por él, y le señaló el punto exacto donde quería que le llevase. El aviador realizó un estudio sobre aquel mapa, comprobó la situación atmosférica y meteorológica que tendrían en los próximos días, cargó el combustible que podían necesitar y él y Robinson despegaron desde uno de los aeropuertos existentes en la bellísima ciudad que llamaron Mayaimi los indios tequesta que la habitaban.

Volaron durante un día entero y algunas horas más, cuando finalmente el avezado piloto localizó el lugar donde Robinson había escogido vivir el resto de su existencia, que presumía iba a ser de bastantes más años que en el infecto lugar del que venía. 

El aviador realizó desde el aire un círculo que les permitió ver la isla entera y le indicó a su maravillado pasajero:

—Oiga, es demasiado peligroso aterrizar aquí y, el doble de peligroso despegar después.

—¿Qué sugiere que hagamos? —apurado su pasajero.

George se apretó la barbilla como si tuviese encerrado allí su programa de improvisaciones, mantuvo silencio durante cinco minutos y finalmente tomo una decisión que aterró a su viajero.

—Puedo entregarle un paracaídas, si previamente me abona lo que me costó, ponérselo usted y, a continuación saltar fuera del aparato cuando le diga yo.

—Pero eso se me antoja altamente peligroso —expuso, con miedo, el hombre que deseaba huir de la contaminación y del ruido.

—Yo, que he practicado paracaidismo, puedo asegurarle que no correrá peligro alguno. Incluso suponiendo que sea usted tan torpe para en vez de caer de pie cayese de culo, no existe en todos los anales del paracaidismo caso ningún de un paracaidista que se haya roto el culo. Esto demuestra que en absoluto entra dentro de lo posible semejante peligro.

—¿De veras no existe ninguna otra posibilidad de quedarme yo en la isla que la de lanzarme en paracaídas? —aún se resistió Robinson.

—Ninguna. Si no intenta lo que le propongo podemos regresar al punto de partida. Yo no voy a arriesgar quedarme para siempre ahí abajo con mi avioneta y usted. Tengo una esposa y tres hijos esperándome en Miami. Decídase pronto o tendremos problemas con el combustible si queremos regresar.

El pasajero se vio entre la espada y la pared. Estaba a pocos metros de su objetivo y podía verse obligado a renunciar a él, por su actitud cobarde. Se armaría de valor. Los cobardes nunca triunfaban en nada, era una de las máximas que le habían enseñado en el pacífico club de petanca al que había pertenecido durante algún tiempo.

—Bien, enséñeme a ponerme el paracaídas.

—Yo tenía la certeza de que es usted un hombre valiente —elogió el aviador, le indicó donde tenía dos de aquellos artilugios y le aconsejó—: Póngase el más viejo, que ha demostrado que funciona porque lo he probado yo. El otro, a saber qué haría, pues está por estrenar.

A continuación, siguiendo sus indicaciones, Robinson colocó en su cuerpo aquel artilugio que se inventó para salvar vidas y con el que, con el tiempo, se han realizado increíbles, espectaculares exhibiciones.

—¿De veras me lo he puesto bien? —albergando todo el tiempo temores Robinson.

—Perfecto. Yo no me lo habría puesto mejor.

—¿Y me garantiza que funciona el dispositivo de apertura automática?

—Se lo garantizo. Nadie es tan tonto como para descuidar un artilugio que puede salvarle la vida, en caso de desmayo o cualquier otro accidente imprevisto. Escuche, no podemos perder más tiempo. Abra ahora la puerta tal como yo le he indicado, y cuando yo le diga salte, lo haga usted. Es muy importante que obedezca inmediatamente mi orden, pues ni usted ni yo queremos que vaya usted a parar a la mar en vez de a la playa, ¿no es cierto?

—Cierto por completo —Robinson acercándose a la puerta, muerto de miedo, temblando todo él y con unas enormes ganas de orinar—. En cuanto yo llegué a tierra me tira usted las tres maletas descendiendo el máximo posible para que no se estropee su contenido al caer sobre la arena.

—Así lo haré. Descuide. Vamos, prepárese. Tendrá que saltar dentro de un instante. Vamos. ¡Ahora!

Robinson obedeció y se lo hizo encima, yendo ya por el aire, pues le fue imposible alargar más su incontinencia. Aterrado comenzó a rezar trabucándose más que un tartaja. Para alivio suyo el paracaídas se abrió y la vertiginosa velocidad de la caída se frenó considerablemente. Se agarró fuertemente con ambas manos a las cuerdas. Miró hacia abajo. Se estaba acercando a la blanca arena de la playa. Pensó que, aunque tuviese la torpeza de aterrizar de culo, no podría rompérselo contra una superficie tan blanda.

Siguió tan bien información recibida que cayó de pies. Recogió la tela que apenas le ofrecía resistencia pues solo soplaba una suave brisa. Se desprendió por completo del paracaídas y buscó con la vista al aeroplano descubriendo que se estaba alejando. Pensó que giraría en cualquier momento, pero no sucedió esto, sino que termino convertido en un punto en el cielo y luego desapareció.

Durante unos instantes Robinson permaneció totalmente desconcertado. Miró a su alrededor por si el piloto había tirado las maletas sin que él se hubiese dado cuenta, pero no las vio por parte alguna. No quiso dar crédito a lo que estaba temiendo. No podía ser tan cabrón el aviador de dejarle allí sin nada.

Posiblemente, se había quedado con el combustible mínimo, había ido a repostar y regresaría dentro de un par de días. ¿Pero por qué no había librado al aparato de las maletas? Sin aquel peso habría volado más rápido. Alguna razón debía tener para haber obrado de aquel modo. Debía confiar en él. Era un piloto experto como había demostrado encontrando aquella isla solitaria teniendo como referencia solo un mapa antiguo.

Debía dedicarse lo primero a recorrer la isla y ver que encontraba para comer, pues sentía hambre. Aprisionó el paracaídas con unas pesadas piedras para si se levantaba viento no pudiera llevárselo volando. Si tenía que pasar la noche allí, que se barruntaba que así sería, a su cuerpo le serviría de abrigo.

La avioneta que había traído a Robinson hasta Islanada, cerca del anochecer se le incendió uno de los motores, el piloto se colocó el paracaídas nuevo, éste le funcionó de maravilla y cayó sobre el agua sin sufrir daño alguno. Se libró entonces del paracaídas y tuvo tiempo de presenciar como el aparato en llamas se estrellaba en el mar. Lamentó la pérdida de las maletas del gringo por cuyo contenido habría sacado un buen dinero. No le preocupó la suerte que había corrido la avioneta, pues la tenía asegurada. Nadaría en la dirección donde había caído, esperando encontrar algún resto de ella que le permitiese mantenerse a flote hasta que lo encontrasen.

Tuvo mala suerte, un grupo de tiburones hambrientos lo escogieron para cenar, truncando con ello todos sus planes.

*     *     *

Robinson empleó los tres primeros días que siguieron a su llegada, recorriendo la isla. Comió fruta, y durmió dentro del improvisado saco de dormir que se había hecho con la tela del paracaídas. No encontró ningún animal salvaje y las aves eran tan tontas y confiadas que dejaban las cogiese con sus manos.  Le gustaron mucho menos las serpientes, abundantes, aunque tan tímidas que huían rápidamente de él, y del mismo modo reaccionaban los lagartos y camaleones, todavía más fáciles de atrapar.

—Pasaré asco, pero no hambre, aquí. El asco, la necesidad hará que lo supere.

Transcurrida una semana dejo de pensar en que el sinvergüenza del piloto regresaría a por él. Se había quedado con su buena ropa y las buenas herramientas que tanto le habrían favorecido en las circunstancias actuales suyas. Tenía en su poder la cartera con el dinero que le había sobrado, no mucho, una tarjeta de crédito de la cuenta dejada vacía, y la maravilla que significa, en sus circunstancias, contar con un encendedor.  

Con él encendió la primera fogata, asó a un ave que se dejó retorcer el pescuezo sin ofrecer resistencia ninguna, y se la comió. También los peces eran fáciles de ensartar con una especie de lanza de su creación. Reconociendo lo imprescindible que era el fuego y que su encendedor tenía limitada su duración, fue alimentando todo el tiempo la hoguera para que no se apagase nunca. Construyó algunas rústicas herramientas con palos, lianas y piedras sílex.

Con una prontitud que le sorprendió, se fue acostumbrando a la vida primitiva que se veía obligado a llevar. Y empezó a disfrutar plenamente del aire limpio, del silencio solo interrumpido por las voces de la naturaleza y de las aves, y comenzó a darse cuenta de que nunca, en toda su vida anterior, se había sentido más libre y feliz que ahora.

Las mujeres, tenía momentos en que las echaba de menos, pero se curaba de una añoranza y posible amargura, recordando que un par de ellas le habían amargado la existencia y hubo una que le contagió una enfermedad venérea tan mala que le costó mucho sufrimiento y dinero curarla.  

Con hierba seca y arcilla construyó ladrillos que coció arrimándolos a la fogata. Con ellos y usando arcilla empapada como si fuese cemento, levantó cuatro paredes dejando una pequeña apertura de entrada. Después fabricó una puerta con ramas y un tejado con más ramas y hojas de palmera. Cuando terminó la construcción de esta rústica vivienda celebró, hablando solo, pues no tenía a nadie con el que poder conversar:

—Queda hoy inaugurado mi palacio dentro de un paraíso donde nada ni nada podrá molestarme. 

En el mundo dejado atrás, algunos familiares comentaron con gente conocida la determinación que había tomado Robinson y que seguramente había conseguido realizar, pues les había enviado una foto desde Miami de la avioneta y el piloto que iba a llevarle a la isla donde pensaba pasar el resto de su vida.

Uno de estas familiares era su primo Pablo, albañil de profesión y envidioso por naturaleza, que cuando hablaba de Robinson solía decir:

—Ese listillo de mierda habrá conseguido realizar el sueño maravilloso que todos tenemos y no logramos ver realizado: el de vivir sin trabajar y sin pagar impuestos.

Cierta mañana un periodista lo entrevistó. Sintiéndose importante por este hecho, Pablo consintió que el otro fotografiase la foto que desde Miami le había enviado Robinson.

—¿Saldré en primera plana? —quiso saber, ambicioso.

—Aparecerá en nuestra revista semanal, en la sección de curiosidades.

—¿Me enviará un ejemplar gratis, en muestra de agradecimiento por no haberle yo cobrado nada por la entrevista?

Condescendiente el chico de la prensa, se comprometió a enviárselo.

Robinson llevaba dos meses en su isla. Había demostrado una extraordinaria destrezas, pues además de su casa había creado al lado de ella una huerta en la que había plantado algunas verduras que había descubierto eran comestibles y de sabor bastante agradable. Entre una cosa y otra estaba llevando una dieta equilibrada que lo mantenía en forma y libre de las frecuentes diarreas que sufría los primeros días de su llegada a Islanada.

Una mañana se llevó una enorme sorpresa al escuchar el ruido de un motor. Miró hacia donde provenía el mismo y descubrió lo provocaba una avioneta acercándose a su isla. Se guardó mucho de hacer seña alguna, pues su deseo era que pasase de largo. Pero el aparato realizó un par de círculos y consiguió lo que el piloto que había traído a Robinson hasta allí consideró sumamente peligroso: aterrizar en la playa. Su perplejidad fue en aumento cuando se bajaron del aeroplano una joven acompañada de dos hombres con cámaras digitales de televisión que pusieron a funcionar enseguida.

—Soy Mercedes Solimás, de la cadena televisa Tragales y hemos venido a entrevistarle —anunció ella con el falso entusiasmo que utilizan los reporteros sensacionalistas—. Si no me equivoco usted es Robinson Canutillo, vecino de Málaga, que huido de la civilización, el trabajo y los impuestos abusivos, se ha venido a vivir a esta isla solitaria, librándose de todos esos abusos.

No esperó a que su entrevistado diera su consentimiento y lo acribillo a preguntas. Preguntas que mostrándose remiso el isleño a responder, ella contestaba por él:

—Claro, hastiado del trasiego de la superpoblada y estresante ciudad usted se vino aquí a disfrutar del aire limpio, de la ausencia de ruidos, de la vida estresante y laboral. Ciertamente, aquí disfruta usted de paz y felicidad. Veo que hasta se ha organizado una huerta y construido una vivienda. Es usted un hombre mañoso. Veo además que se ha construido también herramientas primitivas. Ha querido regresar al pasado. Pasar de hombre moderno a hombre prehistórico. Le felicito. Todo lo que veo apunta a que lo ha conseguido.

Esta mujer y sus ayudantes llevaron a Robinson al borde de la desesperación con su osadía, irrespetuosidad y desvergüenza. Finalmente escapó de ellos corriendo a ocultarse en el bosque que tenía cerca.

Los insolentes empleados de la televisión lo buscaron, afanosos, ansiosos por sacarle fotos empleando sus toscas herramientas y acribillándole con más preguntas, no consiguieron dar con él.

El piloto de la avioneta les reclamó, gritando, que regresaran, pues si se hacía de noche no podría despegar la avioneta por considerarlo extremadamente peligroso. Y media hora antes de que anocheciera, el desesperado Robinson se vio libre de aquella pesadilla vivida durante horas.

Y mientras se comía un pargo junto a la hoguera, se preguntaba cómo habían podido localizarle, hasta que cayó en la cuenta de que la avioneta llevaba pintado en sus alas el mismo distintivo que el otro aparato que le había traído a él, y dedujo:

—Ese sinvergüenza no ha venido para que no le echase yo en cara el robo que me hizo, pero ha enviado a un colega suyo. Maldito sea mil veces. Espero que no traiga a nadie más. A saber, lo que le habrá pagado la compañía de televisión para que me sacaran ese reportaje que han hecho sobre mí y mi isla.

Transcurrieron dos semanas. Robinson había recobrado la calma y reanudado su vida habitual. Amaneceres y ocasos eran el extraordinario espectáculo que disfrutaba todos los días. Se quedó sin ellos tres días seguidos que tuvo de lluvia. Una pequeña alberca que tenía construida se llenó una tercera parte de agua caída del cielo. Y el tejado solo sufrió dos goteras una parte de él. Cuando las nubes se alejaron, reparó aquella parte del tejado que había dejado filtrar el agua de la lluvia.

Comenzó a vivir de nuevo días soleados. Robinson era dichoso llevando la clase de existencia que había soñado. Hasta que una mañana, para gran perplejidad suya, apareció un enorme crucero. Esta colosal embarcación ancló a pocos metros de la playa y por medio de las barcas que llevaba a bordo, invadió Islanada una multitud de cruceristas que sacaron fotos de él, cubierto con un simple taparrabos, sin pedirle permiso ninguno, lo abrumaron con sus preguntas, se dedicaron a recoger conchas, piedras pulidas, flores, y todo lo que les perecía merecedor de su interés. Dejaron papeles, plásticos y suciedad por todas partes. Cuando finalmente se marcharon, el isleño se sentía exhausto y exasperado. ¡Ni siquiera allí lo dejaban vivir en paz!

Robinson tardó varios días en limpiar todo lo que habían ensuciado los turistas. Lo enterró todo en un lugar alejado de la playa, de la marea, y lo bastante profundo para que el agua de la lluvia bajando desde las faldas de los montes no pudieran desenterrarlo. 

Considerando la posibilidad de nuevas lluvias, cuando comenzaron a aparecer nubes alrededor de la isla, Robinson ahumó aves y peces, para no pasar hambre en el caso de que durasen varios días.

Fue muy acertada su previsión pues llovió, ininterrumpidamente, durante cinco días. Su arreglo del tejado había sido perfecto pues ni una sola gota lo atravesó. Fumador empedernido Robinson se había fabricado una pipa. La cazoleta hecha de barro cocido y la boquilla un trozo de caña y con hojas secas que no apestaban demasiado pudo fumar su pipa las largas horas permanecidas allí encerrado. Y con flores exprimidas había creado una especie de tinta y con la punta de una caña escribía de un modo esquemático en pieles de conejo secadas al sol los hechos más relevantes del día.

Paró de llover, las nubes desaparecieron, el sol hizo de nuevo acto de presencia y la isla volvió a ser el paraíso de luz y paz que tanto amaba el isleño. Robinson pensó que era bueno lo de la moda. Surgía de repente, y tras breve duración desaparecía. Ya nadie se acordaba de su isla. Los cruceros no venían más ni tampoco la avioneta con reporteros de la televisión.

Empleó casi una jornada entera limpiando el trozo de playa situada delante de su vivienda, de las algas, ramas y troncos, dejándola finalmente de nuevo como a él le gustaba con la blanca y fina arena únicamente. Y a continuación gozó de la tranquilidad y la belleza de su isla. Por las mañanas, antes de que apretara el calor daba largos paseos por la arboleda disfrutando la fragancia que le regalaba la resina de los árboles y las florecillas silvestres, escuchando los bellos cantos de los pájaros, algunos de ellos habiéndose familiarizado con él se posaban, con toda confianza en su hombro, en su mano y brazo extendido como si de una rama de árbol se tratara.

Y él se sentía en su edén como Adán, aquel personaje bíblico, debía sentirse antes de que Dios le hiciese la putada de echarlo de allí por medio de un ángel al que se le había incendiado la espada.

Pero una mañana apareció otro crucero, este con cuatro mil pasajeros a bordo. Estos cruceristas invadieron la isla igual que un ejercido de vándalos y alteraron con su masiva presencia y sus voces la paz reinante y la sembraron de porquería. A Robinson, varios turistas se le echaron encima para hacerse fotos con él, y también le exigió un selfi el capitán, de aquella horda bárbara.  Finalmente, este personaje engordado por buenos manjares y su auto importancia, con un altavoz de mano anuncio era hora de regresar a bordo.

Antes de despedirse de Robinson, este oficial de marina le entregó un sobre con una cantidad de dinero que los cruceristas le habían entregado para el pobre naufrago de la isla, título que le habían dado, pudiese comprarse unos pantalones y una camisa y no viviese semidesnudo como un salvaje, cuando el folleto recibido por ellos a bordo ponía que, en su época escolar, este hombre solitario había aprobado el bachillerato.

 —Todos se van encantados de la visita a esta isla y se llevan muchos de ellos el souvenir de alguno de sus bonitos pájaros o plantas con florecillas de vivos colores, que según un botánico no se encuentran en ninguna otra parte del mundo, o sea que son raras y únicas y conchas de las muchas que existen en esta playa. Y voy a darle una noticia que le hará muy feliz porque va a sentirse menos solo. La muy importante compañía para la que trabajo ha programado una visita a esta isla todas las semanas. Y piensa construir un lujoso hotel junto a la playa donde nuestros clientes podrán pernoctar, en principio dos días con sus noches, recorrer la isla en excursiones que les organizaremos y disfrutar en este lujoso establecimiento de todos los adelantos y conforts a los que están acostumbrados y de los animales salvajes que se traerán, pues aquí no existe ninguno. También construirán piscinas, pistas de tenis, un campo de golf, y muchas más cosas.

Se marcharon los cruceristas. Robinson quedó aterrado por los planes que la compañía naviera planeaba realizar en su isla. 

Dos días después de haberse marchado el trasatlántico, llegó a la isla un pequeño buque en el que venía un equipo de arquitectos y medio centenar de obreros.

Al jefe de los arquitectos, Robinson se le enfrentó indignado:

—No tienen derecho a estar aquí. Deben marcharse. Esta isla es mía.

El interpelado dirigiéndole una mirada en la que se mezclaban la lástima y el desdén le informó:

—Mire, esta isla no es suya. Es de la compañía para la que yo trabajo, pues la ha comprado.

—¿Cómo que la ha comprado? Esta isla está perdida en el atlántico y es mía porque la he descubierto yo.

—De eso nada. En mapas antiguos perteneció al reino de España. Figura en mapas con el nombre de Garbancito del Rey.

—Aquí yo no he visto huellas de nadie. Yo soy el primero que ha llegado aquí —se defendió Robinson.

 —Todo lo que usted dice, ante las leyes internacionales no vale un pimiento. Los dueños de la multinacional que represento ha conseguido títulos de propiedad que le ha concedido el estado de Florida que, por derecho de cercanía se ha proclamado propietario de ella y con todo el derecho del mundo de venderla.

—Pero si el estado de Florida está a miles de millas de aquí —protestó Robinson. 

—Como si estuviese en otro planeta. Se ha declarado a Florida propietaria de esta isla, al gobierno de Florida la empresa para la que trabajo se la ha comprado y ahora es suya. Todo legal, se ponga usted donde se ponga. Y sepa que estamos estudiando cobrarle un alquiler por el tiempo que lleva usted viviendo aquí sin permiso y sin pagar un céntimo. Y en el caso de que se niegue a pagar lo que se considere justo, puede usted acabar con sus huesos en la cárcel. 

Robinson comprendió que la única salida que le habían dejado era la de huir antes de que le metieran en prisión. Esperó la llegada del próximo crucero y escapó en él, de polizón.

 

 

 

Read more