EL REY COCOMALO Y SU TIRANÍA (MICRORRELATO)

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EL REY COCOMALO Y SU TIRANÍA

(Copyright Andrés Fornells)

         Hubo una vez un reino gobernado por un rey déspota, cruel y despiadado. Este rey se llamaba Cocomalo y tenía a todos sus súbditos esclavizados y atemorizados. Un día, Lengualarga, su máximo consejero le advirtió:

         —Amo mío y señor, vives demasiado confiado, y eso es peligroso para tu mandato. Yo te seguro que ya muchos de tus súbditos no te respetan ni temen.

         —Eso crees, ¿eh? Pues lo vamos a comprobar enseguida. Envía a mis soldados casa por casa y avisen a mis súbditos que mañana a las doce les quiero a todo en la Plaza Mayor, advirtiéndoles que aquel que no acuda, será sentenciado a muerte.

          Sabedores de que este malvado monarca no amenazaba en balde, al mediodía del día siguiente todos sus súbditos, incluidos paralíticos y bebés de pecho se habían reunido en la Plaza Mayor.

           Entonces el soberano, subido en lo alto de una alta tarima, desde la que todos podrían verle bien,  sonriendo maliciosamente se quitó la magnífica capa que llevaba puesta y quedo en pelota picada.

          —Todos aquellos que les guste mi lujoso traje con brocados de oro y piedras preciosas, que aplaudan —dijo.

           Los aplausos de los presentes formaron un estruendo ensordecedor. Satisfecho con el resultado de su extravagancia, el rey Cocomalo preguntó a sus espías, si alguno de los asistentes a su burla había dejado de aplaudir.

           —Ni uno solo ha dejado de hacerlo, majestad —fue la respuesta que obtuvo.

           Dejó el monarca transcurrir una semana y repitió la prueba con todos sus súbditos presentes en la Plaza Mayor, pero esta vez debajo de la capa lucía un esplendoroso traje adornado con oro y piedras preciosas y desafió:

           Todos aquellos que les guste mi desnudez integral, que aplaudan.

            Esta vez hubo bastantes menos aplausos que la ven anterior, pues su lujosa vestimenta les recordaba que podía llevarla gracias a que los arruinaba con abusivos impuestos y contribuciones.

           Sus espías le trajeron una larga lista con todos los que no le habían aplaudido.

           —Bien —decidió Cocomalo—, que los fusilen a todos.

           A partir de entonces en aquel desdichado reino la justicia, el talento y el coraje fueron ahogados por la represión, el miedo y la cobardía.

           Y así fue como este rey asesino déspota, cruel y despiadado, pudo seguir reinando durante cuarenta años hasta que la bendita muerte le llegó y pudieron enterrarlo debajo de una losa de varias toneladas de peso para que su maldito esqueleto no pudiera escapar y tiranizar y masacrar de nuevo a su victimizado pueblo.

MORALEJA: Para una terrible historia  como ésta, valdría igualmente un gobernante sin escrupulos ni conciencia.