EL PERRO DE LOS OJOS TRISTES (MICRORRELATO)

Yo acostumbraba, todas las mañanas de domingo, dar un largo paseo por el Parque Central. Este encuentro mío con los árboles, los parterres floridos,  los pájaros saltando de rama en rama, cantando o sin cantar,  contemplar el cielo sin que ningún maldito rascacielos pusiera a prueba la flexibilidad de mi cuello, y respirar aire algo menos contaminado que el del tráfico, significaba para mí una especie de cura de los otros días de la semana, de andar presuroso por las calles, lo mismo que tantos otros currantes, camino de la prisión de unas industrias u oficinas atestadas de personas tan estresadas como yo.
Uno de aquellos domingos observé a una joven que no poseía nada extraordinario en su persona, aparte de tener con ella a un perrito que, cada vez que su dueña se detenía para hablar con alguien, ya fuese por medio del teléfono móvil, o directo por tratarse de una persona conocida suya, el can permanecía sentado, paciente, esperando a que ella reanudase el paseo.
No fue hasta el domingo siguiente que reparé, porque su mirada y la mía se encontraron, que los ojos de aquel perrito mostraban una tristeza muy parecida a la mía y comprendí, con absoluta claridad, que este animal era desdichado y su dueña ni reparaba en ello ni le dedicaba palabra cariñosa alguna. Aquel cánido y yo nos miramos intensa, fija y largamente dándonos cuenta de que compartíamos el mismo pesaroso estado de ánimo. Su distraída e indiferente dueña decidió tirar de la correa conque lo mantenía atado y llevárselo, rompiendo de este modo  nuestra comunicación visual.
Pero nosotros dos, el perrito y yo, ya habíamos tenido tiempo de compenetrarnos, de comprendernos, de hermanarnos. Los dos teníamos la mirada muy triste por sucesos trágicos vividos.
La próxima vez que la propietaria de aquel can de los ojos triste se detuvo a hablar por su teléfono móvil, el animal salió corriendo hacia donde yo me encontraba y los dos escapamos juntos, veloces como presos en busca de libertad. Y juntos seguimos nosotros, desde entonces, viviendo y compartiendo nuestra hermosa melancolía. Y yo sí tengo, para él, palabras consoladoras y cariñosas, y él tiene para mí conciertos de rabo y lenguetazos amorosos.

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