EL PELIGRO DE UNA MUJER DEMASIADO CARITATIVA (MICRORRELATO)

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EL PELIGRO DE UNA MUJER DEMASIADO CARITATIVA (MICRORRELATO)

Al principio un hombre llamado Emeterio estaba muy contento con Feliciana, la mujer que había convertido en su esposa. Feliciana era una buena esposa, una magnífica ama de casa y dueña de muy buenos sentimientos. A los pocos días de su convivencia matrimonial, Feliciana le dijo a Emeterio:
—Cariño, hay tantas personas necesitadas en este mundo, que el corazón me sangra de pena por ellos. Dentro de nuestras posibilidades, ¿te parece bien que yo intente ayudar un poquito a algunas de esas personas necesitadas?
Emeterio se sintió conmovido por la bondad que demostraba su cónyuge y manifestó, de muy buen grado:
—No hay mesa en la que no queden migajas que puedan aprovechar los más necesitados.
—Gracias, mi vida. Tienes un corazón de oro —elogió ella.
—¡Vaya, será lo único que poseo de ese valiosísimo metal! —bromeó él.
Al día siguiente, este hombre benevolente vio a su mujer en el fregadero lavando los platos a mano y quiso saber:
—¿Se te ha estropeado el lavavajillas?
—No, he prescindido de él.
—¿Cómo que has prescindido de él? —sorprendido.
—Como no nos es de la máxima necesidad, lo he vendido y con lo obtenido por su venta he podido ayudar a algunos pobres.

—Desde luego tu bondad ha quedado demostrada —Emeterio guardándose el disgusto que le había causado la decisión de ella.
Del mismo modo que el lavavajillas, desaparecieron de aquella casa maletas, herramientas, ropas que no usaban todo el tiempo y el cortacésped, pues estaban en verano y, en esta época del año, según esta mujer tan dadivosa, la hierba no crecía en su jardincito de 10 metros cuadrados perteneciente a su casita adosada.
La próxima desaparición realizada por ella fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de su esposo, el ordenador con teclado, pantalla y ratón incluidos, los vendió para favorecer con el dinero obtenido a personas necesitadas.
—¿Por qué has hecho eso? Esas cosas son imprescindibles herramientas de trabajo para mí —protesto, enfadado, Emeterio que ejercía el oficio de periodista.
—Pensé que no lo necesitabas especialmente. Me di cuenta de que llevabas dos días sin usar esas cosas. Y como escribes tan bien a mano, y tienes esa letra tan clara y bonita, pensé que esos objetos no te son imprescindibles.
Emeterio, con toda su paciencia y su comprensión agotadas le pidió a Feliciana el divorcio. Para extraordinaria sorpresa suya, Feliciana aceptó inmediatamente su propuesta acusándolo de tener muy mal carácter, ser avaro, insolidario y contrario a las acciones caritativas.

Se divorciaron consintiendo él en que fueran para ella la vivienda alquilada, la cama, las dos sillas, la mesa y la media docena de cacharros de cocina que les quedaban.

Emeterio encontró fácilmente una compañera que le alegrase la vida. Feliciana entró en una ONG de la que fue despedida cuando comenzó a vender todo cuanto había de vendible en su sede.

El final de Feliciana fue el que ella se había buscado: convertirse en uno de aquellos necesitados que ella, cuando podía, había favorecido.

(Copyright Andrés Fornells)